Estuve dándole vueltas al asunto y pensé que yo mismo me pongo muchas veces en guardia para defenderme de situaciones irreales. Basta que algo evoque un asunto doloroso para que reaccione como si la situación aquella volviera a repetirse.

 

Por: Camilo Villegas

Pasaba casi todos los días con mi perro por delante de una casa con jardín donde en tiempos antiguos vivía otro perro que nos ladraba. Se llamaba Rocky. A Nietzsche, así se llamaba mi perro, se le erizaban los pelos unos metros antes de llegar a la verja tras cuyos barrotes aparecía el rostro oscuro de su adversario. Una vez cara a cara, se enseñaban los dientes y hacían rudas manifestaciones de odio mientras yo sujetaba al mío de la correa. Se trataba de un rito más o menos inocente al que todos estábamos acostumbrados.

Un día, Rocky no apareció tras la verja. Casualmente, esa misma tarde me encontré en la calle con su dueño, que me dijo que había muerto. De eso hace ya mucho tiempo. Sin embargo, cada vez que pasábamos por delante de la casa del rottweiler, el mío se erizaba como la primera vez y lanzaba hacia el interior del jardín tres o cuatro ladridos de advertencia. A mí me hacía gracia, pues le decía varias veces y en su propio idioma que su enemigo estaba muerto.

El viernes, sin embargo, fui a parar a ese barrio en donde alguna vez viví, y casualmente pasé por la casa con jardín donde vivía rocky. Un gozo inexplicable me inundó el alma, se me ocurrió de súbito la posibilidad de que el fantasma de Nietzsche ladrara al fantasma de su adversario. Es obvio que ellos no están, pero cómo asegurar que no se han quedado sus fantasmas. Se lo comenté a una amiga con la que suelo beber cervezas en El Greco, aficionada a asuntos esotéricos, y no le pareció descabellado. Cami, el mundo –dijo– está lleno de espíritus que los seres humanos no percibimos porque hemos perdido esa capacidad si es que algún día la tuvimos. Mi gato, –añadió– juega todos los días en el jardín con el fantasma de otro animal cuya naturaleza no he logrado averiguar. Fantasmas, dije. Puede ser, dijo.

Estuve dándole vueltas al asunto y pensé que yo mismo me pongo muchas veces en guardia para defenderme de situaciones irreales. Basta que algo evoque un asunto doloroso para que reaccione como si la situación aquella volviera a repetirse. A veces soy yo, sin darme cuenta, quien provoca su repetición para justificar mi agresividad, no hay duda.

El mundo está, en efecto, lleno de fantasmas. La pregunta es si se encuentran dentro o fuera de nuestra cabeza.