“En Banderas queremos reivindicar los derechos de los pueblos. No más de los grupos que están aprovechando el espacio para meternos marihuana contaminada de sangre, Urabeños y Rastrojos detrás del espacio de Banderas. Esto está en peligro y lo ponemos de alerta…”.

En Banderas no hay ninguna bandera. Allí sólo está el recuerdo de los Juegos Panamericanos de 197 pues aquí arribarían los deportistas de los 32 países invitados en donde cada asta evoca cada uno de esos estados.

En Banderas no hay ninguna bandera. Allí sólo está el recuerdo de los Juegos Panamericanos de 197 pues aquí arribarían los deportistas de los 32 países invitados en donde cada asta evoca cada uno de esos estados.

Por: María Fernanda Lizcano

“Nadie podrá llevar por encima de su corazón a nadie,
Ni hacerle mal en su persona, aunque piense y diga diferente”.
Artículo 12 de la Constitución Política, traducido por los indígenas Wayuu

 

Caminan ansiosos. Mientras más se acercan sus cuerpos más se desesperan. Las represoras prendas de cada uno están a punto de desgarrarse para iniciar aquel viaje a la libertad. Ahí va el negro, el blanco, el mulato, el alto, el bajo, el rollizo, el enjuto. Todos caben en el mismo lugar, en la misma plazoleta, en el mismo “aeropuerto”.

Sí, un aeropuerto. Uno no muy convencional, pero así lo llaman. El nombre real es la Plazoleta de Banderas o Plazoleta de los Estudiantes de la Universidad del Valle, pero es conocido así, porque aquí muchos aterrizan buscando algo: un viaje a la libertad. Sin maletas, despedidas, horarios. Sin nada. 

Es viernes, son las 6:30 de la tarde. Cada vez entra más gente a la Universidad del Valle. La romería va llegando a la cafetería central. Justo ahí, el atardecer teñido de un intenso arrebol se transforma en noche. Unos pasos más allá está Banderas. No hay luces prendidas. Sólo unas cuantas velas guían el camino mientras cientos de personas  se encargan de avivar el lugar.

En este aeropuerto huele a marihuana, cerveza, comida, pero sobre todo, huele a naturaleza. Aquí todos los oídos están sintonizados con lo que dice Alika y Nueva Alianza:

No somos rebeldes, somos revolucionarios… No sirven los políticos, nunca nos representaron… Ejercito despierta, ¡Alerta!.. Una fuente de poder contra el tirano se manifiesta”.

Las melodías exclusivas del reggae, logran el vaivén de cada cabeza abriendo las autopistas donde transitan los más complejos, soñadores y hasta testarudos pensamientos.

Eddie y sus compañeros recogen fondos para reforzar el colectivo de Comunicación Popular. Intentan, a través de la comunicación, fortalecer la visión de comunidades, la madre tierra y nuestros ancestros.

Eddie y sus compañeros recogen fondos para reforzar el colectivo de Comunicación Popular. Intentan, a través de la comunicación, fortalecer la visión de comunidades, la madre tierra y nuestros ancestros.

¿Necesita algo? ¡Se le tiene! 

Banderas es un espacio para trabajar. Se venden dulces, minutos, brownies (con y sin marihuana), cerveza, ron, viche, chicha, fritanga, mecato, gaseosa, marihuana, helados, pasteles y más.

Allí se encuentra Eddie. Su tez  es blanca, cabello claro y ondulado que llega hasta su cintura. Viste de jean azul y camiseta blanca, mientras sus manos están adornadas por pulseras de diversos colores, texturas, tamaños. Su rostro, con diminutos orificios, se ve gozoso. Eddie vende chicha, la tradicional bebida de pueblos ancestrales del continente americano en “La Chichería”.

Mientras comparte un poco, es evidente que el sabor no es sólo de arracacha, pues de eso está hecha. Mientras los paladares se bañan suavemente, cada pizca se transforma en un sueño, una ideología. Ya no es sólo una chicha. Es la oportunidad para que este estudiante de Licenciatura, junto a cuatro amigos más, pueda mirar hacia el frente y sin reversa, el “Kolectivo El Andarín”.

La música continúa. Hay un sin número de personas. Aunque aquí hay gente de todos los días, el viernes el día anhelado. Es día de audiciones. La audición es un espacio generado por estudiantes. Aquí ponen música, presentan grupos y venden cosas con el objetivo de, en la mayoría de los casos, recoger fondos para actividades, como “La Chichería”. Cada venta, cada negocio, cada papa, cada empanada, cada cerveza, traen implícito un objetivo de lucha, sueño o simplemente, las ganas de unos cuantos pesitos.

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3, 2, 1… ¡Despegue! 

Está él, muy normalito, sentado en un muro de la plazoleta. Come una galleta festival de limón. La abre en dos. Les quita la crema. Mientras tanto, las matas de marihuana que tiene son cada vez más pequeñas. Las desmenuza. Sigue comiendo la galleta. Cada diminuto pedazo de cannabis va cayendo sobre el cuaderno cuadriculado que tiene en sus piernas. Él está concentrado así como otros tantos artesanos.

Por fin su labor está cumplida. Ha ordenado la mata sobre un papel blanco. Lo enrolla y se va tornando como un cigarro. Después de organizarlo, remata con un lápiz con el que acomoda los dos extremos del bareto. ¡Eureka!, el pasajero está listo para iniciar el viaje.

Los distraídos oídos se aguzan, pues la música se detiene. Una voz toma el mando. Es un hombre. Tiene un tono y un volumen bastante fuerte. Él expresa que Banderas es un lugar donde están un 70 por ciento de otras universidades y un 30 por ciento de la Universidad del Valle. Recalca, de manera insistente, que “en Banderas queremos reivindicar los derechos de los pueblos. No más de los grupos que están aprovechando el espacio para meternos marihuana contaminada de sangre, Urabeños y Rastrojos detrás del espacio de Banderas. Esto está en peligro y lo ponemos de alerta. Pa’ la puta mierda con esa gente. Pa’ fuera los Urabeños y Rastrojos. Pa’ fuera! No hay cama pa’ tanta gente, como dice el tema del Gran Combo de Puerto Rico”.

Todo vuelve a la normalidad. Sigue la música. Los sentidos vuelven a pasar de aguzados a distraídos, mientras la venta de marihuana es evidente. Un bareto cuesta mil pesos. También es vendido en onzas a cinco mil. Esta puede alcanzar hasta para ocho pasajes, pero requiere de la labor del artesano.

Claramente existe un movimiento de drogas. La policía no entra. Aquí hay varias cosas que confunden pero es un tema que, para muchos, es mejor dejar quieto. Nadie se mete, nadie opina. Lo único claro es que los mismos estudiantes están inconformes con eso. Las palabras del locutor retumban y rebotan una, dos, tres veces:

“Pa’ fuera Urabeños y Rastrojos, no hay cama pa’ tanta gente”.

Mientras tanto Juan, un joven que está en la plazoleta, intenta justificar lo que es evidente en el lugar. “¿Qué hacer en una sociedad donde la dosis personal está aprobada, pero la venta es ilegal? De ahí parte todo”. De ahí parte todo.

 

La casa del amigo

Moreno, con rastas y de estatura promedio, así se ve Jairo. Escucha reggae, salsa, hip hop, rap. Para él, Banderas es como la casa de ese amigo de la familia donde todo el mundo llega. Donde se puede ser libre, donde se tiene confianza.

Se está fumando un cigarrillo. Coincidimos en que venir por primera vez a Banderas es sentirse un total extranjero. Sentirse inadaptado. Pues  aquí y en las universidades públicas, se muestra un ejemplo de lo que debería ser el país. Que a pesar de las diferencias, nos deberíamos respetar. Que aunque no pensemos lo mismo, podemos convivir. Es por eso que hay música para todos los gustos, desde la salsa cubana hasta el metal, pasando por el rock, aproximándonos al punk, y terminando con un reggae. Todas cargan con mensajes alternativos que muestran la inconformidad que mantienen ante el sistema. “En Banderas cada persona tiene su ambiente, decide en cual estar”, concluye Jairo.

Bryan es blanco, acuerpado, con gafas y cabello castaño. Comparte lo que dice Jairo, aún sin conocerlo. Para él, en la plazoleta no hay discriminación. Este estudiante de Ingeniería piensa que en Banderas hay frescura, naturaleza. Se presta para fumar, charlar, tomar. Es un espacio libre. Es diferente de cualquier otro espacio en la ciudad, pues acá, según él, se está seguro.

Bryan afirma que, incluso, hay madres que consideran que “este es el mejor espacio para que un hijo pueda desarrollar su autonomía, porque aquí no hay tapujos, no se piensa en que hay que esconder tales cosas”. Bryan y Jairo, tan diferentes y distantes, pero a su vez, tan iguales. Los dos quieren ser ellos mismos sin sentirse señalados ni juzgados. Ambos anhelan sentirse libres.

Toda la plazoleta está rodeada por árboles. Hay uno muy grande que se encarga de cubrirla casi en su totalidad. Cada vez que se levanta la mirada, el cielo es fraccionado por cada rama, cada hoja. Parece magia. En Banderas se ve de todo. Banderas es amante, confidente, cómplice, musa de escritores y lugar de debate. Es un espacio de reacciones. A muchos les gusta, a otros no.

Banderas cada día se esfuerza por recuperar su rostro. Por no ser el aeropuerto donde supuestamente todos despegan, sino por ser el lugar que se convierta en punto de aterrizaje donde se llega buscando un viaje a la libertad. Sin maletas, despedidas, horarios. Sin nada.

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