“El Estado paga un millón de pesos mensuales por preso. La comida cuesta 20 mil pesos diarios, los tres golpes. Pero la calidad del plato que ofrecen es lamentable, es un robo”, sostiene Aníbal.
Por: Wilmar Vera Zapata
La imagen es paradójica, casi cómica, pero muy común: tres hombres yacen durmiendo o tratando de dormirse; seis más están reunidos alrededor de un parqués mientras el tintineo de los dados lo acompañan con improperios e invocaciones; dos más miran al fondo del patio, sentados, concentrados en la nada. Sobre sus cabezas, con pintura rojiza y descascarado, un letrero les recuerda a los reclusos: “La ociosidad es la madre de todos los vicios”… y la cárcel su alcahueta.
En los centros penitenciarios colombianos lo que más abunda es la pérdida de tiempo. Es un completo desperdicio las horas vanas que pasan sin dejar algo productivo, más que pensar o repensar o caer en vicios. Hacer algo productivo y que sirva para descontar pena no siempre es fácil, ya que los cupos de estudio o el ingreso a talleres son limitados. El parqués, el póker, el fútbol a ciertas horas o mirar hasta gastar los ojos es lo que más abunda.
Día a día
La “vida” en una cárcel es un transcurrir monótono de horas y una lucha permanente por no enloquecer. Si fuera verbo, la conjugación más usada sería “esperanciar”: esperanciar que el fiscal caiga en cuenta de su error, esperanciar que el juez no sea subjetivo y cumpla como es su deber, esperanciar que la condena no raye con la sevicia, esperanciar que todos los elementos aportados por la defensa sean tenidos en cuenta, esperanciar que vengan beneficios a las condenas, esperanciar que el Santo Padre venga a Colombia y decreten 50 por ciento de rebaja, esperanciar… esperanciar.
A las 4:30 de la mañana empieza la actividad en la cárcel. Voces se cuelan, junto con el frío, por los barrotes, trayendo risas, alegatos o las novedades de Escobar, el patrón del mal o de Protagonistas de novela. El baño es ley y de acuerdo con cada celda se organiza el ingreso a la ducha. En unas, el preso más antiguo va primero y así hasta el más nuevo, que apaga y cierra la celda. En otras, el orden lo imponen simplemente quienes se vaya levantando, sin más norma que el deseo de dormir. Eso sí, a las 6:00 de la mañana, con tres pitazos de la guardia, el personal, en fila de tres al fondo, es contado antes del desayuno. Todos los días.
Aunque una cárcel es un cementerio de personas vivas, es importante el orden y el control. A las 6:20 de la mañana los rancheros traen el desayuno y sin perder la tradición colombiana hay que hacer fila para recibir un trozo de fruta (banano o mandarina o naranja o papaya), un pan o una arepa fría, un trocito de queso, mortadela o salchichón frito, todo lo cual hace parte del amplio menú de alternativas en la semana. Eso sí, siempre acompañado por un líquido que parece café con leche o aguapanela con leche. El chocolate es un lujo impensable.
Los rancheros son reos que descuentan pena por el servicio que prestan y hasta reciben un salario mínimo de pago. Su trabajo comienza a las 5:00 a.m. y puede ir hasta las 5:30 p.m.
“Es una jornada dura. Yo me cansé porque el ambiente es muy pesado y el horario muy duro. A veces se presentaban problemas con la gente en la cocina y uno con un cuchillo en la mano no sabe qué puede llegar a hacer”, dice Raúl, quien alcanzó a descontar 4 meses de su pena de 3 años debido a esta labor.
El horario de las comidas es una de las cosas que un interno debe reacomodar. El desayuno se sirve a las 6:20 a.m.; el almuerzo a las 10:30 a.m. y la comida a las 3:15 p.m. A las cuatro en punto, de nuevo con pitazos, se cierran las celdas y empieza la larga noche del preso, que se haría tolerable si se tuviera buena programación de televisión, pero con la señal pública abierta las alternativas no son muchas.
Discusiones por la vida carcelaria
En las últimas semanas en el Congreso se ha discutido sobre el hacinamiento y las condiciones infra e inhumanas presentes en algunos centros penitenciarios, pero poco se habla sobre la calidad de los alimentos.
“El Estado paga un millón de pesos mensuales por preso. La comida cuesta 20 mil pesos diarios, los tres golpes. Pero la calidad del plato que ofrecen es lamentable, es un robo”, sostiene Aníbal, detenido por fraude. Por ese precio diario, y en la calle, sería de buena calidad y en cantidad, incluso con derecho a postre, asegura otro detenido. Aquí el recuerdo de la comida callejera o familiar le da un sabor de nostalgia a la reclusión.
La comida se sirve, de acuerdo con la cárcel y la región, en unos platos que se llaman “bongos”: especie de recipiente achatado, de plástico, dividido en tres compartimentos y con tapa, que por lo general contiene arroz (siempre arroz -suelto, quemado, pegado o masatudo-), un plátano (frito, sudado), sopa (fríjoles, lentejas, avena, guineo, frijoles otra vez) y la carne: minúscula porción de pescado refrito, chorizo grasiento o un trozo que, como al chicle, hay que sacarle el jugo pues no vale la pena perder dientes y cansar la mandíbula despedazando un caucho. “Es de caballo, cuando la carne está así de dura es porque es de caballo”, indicó Felipe, amigo de carniceros y quien dice tener conocimientos en la materia.
“No es culpa de nosotros que vengan papas podridas o productos malos. Eso es lo que nos traen y con eso debemos trabajar”, añadió el antiguo ranchero.
Además de la libertad, la pérdida de la sazón casera es otro motivo de dolor y tristeza.
“Callejero”
Hay, sin embargo, dos días esperados con ansias. El fin de semana de visitas (sábados –hombres-, domingos –mujeres-) le permite a los reos cambiar de plato y ponerle sabor a la insípida vida carcelaria.
La comida traída de la casa o comprada por fuera es el acompañante ideal para conversar con la visita, actualizar los procesos, conocer los chismes de la familia o amigos y hasta sentirse de nuevo en casa haciendo una reparadora siesta.
Además de comer hasta la saciedad, está la posibilidad de compartir en el patio o la celda el anhelado “callejero” traído: frijoles calados con trompa, lasaña, arroz con verduras, costillitas fritas, arroz chino, menudencias, tamales, sancocho de gallina, tortas de pescado, fideos o pastas, pollo apanado, carne sudada, pescado frito, arroz con leche, jugo de mora en leche, jugo de guayaba, lulo o avena.
“Este es el mejor día, cuando cambiamos la comida mala por la que nos trae la familia. Es recordar un poco los platos que hasta uno despreciaba en la casa y aquí aprende uno a valorarlos”, comenta Asdrúbal, al tiempo que le metía el diente a un oscuro y flaco muslo de gallineta criada en la finca de su hermana en Caquetá.
A las personas que no les llegan visita les toca contentarse con el bongo de fin de semana. Los rancheros rebajan a una tercera parte la cantidad de recipientes elaborados, pues saben que el recluso lo desprecia ese día. Sin embargo, la sazón mejora y hasta algunos se comen el callejero y el que se da en la cárcel.
A la comida a la que no se tiene acceso se le llama “pinche”. Caben en ese selecto menú el ají, la empanada, arepa casera o hasta el postre, lujos que nunca se conocen en prisión.
La hartura gastronómica dura hasta el lunes, cuando de las celdas se baja la comida sobrante ya vinagre o pasada, debido al calor o a la falta de refrigeración. Las canecas de basura terminan llenas de callejeros que no alcanzaron a saciar la gula del fin de semana.
Luego vuelve la monotonía: jugar parqués o póker, tratar de dormir bajo la canícula o ver a las horas que pasan arrastrándose o las nubes que como gusanos de paso lento roen las horas y carcomen los días. Y el letrero de la ociosidad como madre de todos los vicios ya no parece una advertencia si no una cruda sentencia que acompaña a los 130 mil reclusos que tiene Colombia. Yo, uno más.
*Los nombres fueron cambiados por solicitud de las fuentes






