Segunda parte del testimonio de un expresidiario que llamaremos Alberto, que permaneció 5 años en la cárcel de Bellavista, en Bello (Antioquia), una de las más peligrosas en las de por sí peligrosas e inhumanas prisiones colombianas. Ver primera parte aquí.

 

Por: Norvey Echeverry Orozco

En Bellavista hay varios términos que se deberían tener en cuenta. Por ejemplo, “le cogieron la curva” es un preso al que visitaron por un tiempo y después dejaron abandonado, “piratas” son aquellos que no reciben visitas –como Alberto–; “bongo” es el lugar donde se reparten los alimentos; “parlantes” son los presidiarios que se dedican a ser comunicadores sociales: gritan las visitas, gritan los documentos y gritan las libertades; “taxistas” son las prostitutas, estas últimas ingresan los días de visitas conyugales; “caciques” son los encargados de imponer la ley al interior de un patio.

La última carta. Fotografía / Inpec

Además de los términos que se utilizan dentro de esta prisión, existen varios casos de fuga que han ocurrido a lo largo de su historia. El que más llama la atención sucedió el 2 de agosto de 1988, cuando un helicóptero aterrizó en una de las terrazas del penal y, en un cruce de disparos en el que salió herido el piloto, se fugaron varios internos. Otro de esos casos que también llaman la atención, pero más reciente, sucedió en abril de 2018, cuando un interno, conocido como Muñoz, le dejó una carta a los guardias: “Me viene un proceso encima de más de veinte años, así que lo siento mucho. Gracias por todo, señores dragoneantes. Les suplico me perdonen. Fueron buenos conmigo. De nuevo, gracias. Atentamente, Muñoz” –la carta tenía dos errores ortográficos: encima fue escrita con ese y se había utilizado una equis en vez de por.

El último de los casos difundido por los medios nacionales ocurrió en febrero de 2019: eran las 9:20 a.m. Una de las cámaras de seguridad del penal grababa una avenida congestionada por la que transitaban cuatro buses del sistema de transporte público de Medellín, cinco carros particulares, una volqueta y tres motos.

Primero salió un hombre con una pantaloneta y un buzo negro, detrás de él otro con una pantaloneta negra y un buzo blanco y luego uno más, vestido con un jean y una camisa café: todos corrieron en contravía por una vía que lleva al barrio La Gabriela del municipio de Bello. Varias horas después del suceso fueron recapturados.

Una fuga frustrada. Fotografía / Inpec

Se puede entender que Bellavista es un pueblo de dieciséis patios que hacen las veces de parques o plazas de mercado en las que se pueden conseguir radios por veinte, treinta, cincuenta o cien mil pesos; televisores por un millón (cuando es un plasma pequeño) y por cuatrocientos mil cuando es uno de los viejos; botellas de chirrinchi –bebida fermentada proveniente del guarapo– por veinte o treinta mil; minutos de llamada por mil pesos; cigarrillos de marihuana en mil; dosis de perico por cinco o diez mil; relojes en veinte mil; navajas y cuchillos desde mil y dos mil; cigarrillos –en tiempos de escasez– desde cinco mil.

“Usted consigue de todo, hasta veneno para envenenar gatos”, cuenta Alberto. En prisión todo tiene valor: cuesta dormir, cuestan las comidas, el papel higiénico, el jabón de baño, una colchoneta, una cobija, una almohada, una toalla, una motilada, una cortada de uñas, cuesta matar, cuesta bañarse, cuesta una celda: dormir en dos baldosas por ocho, vale quince mil pesos semanales, la ducha cinco mil; las celdas, dependiendo de las medidas, comodidades y patios, desde un millón hasta doce: uno en el ocho y doce en el dos, un patio que es considerado como de élite.

El patio once está destinado a los empleados del gobierno que fueron encarcelados por corrupción, soborno, peculado o celebración indebida de contratos; el diez y el nueve es el de los hombres mayores de sesenta años, en él es común escuchar cómo caen los dados en un tablero de vidrio, las fichas de dominó o los radios encendidos con rancheras y guasca; en el trece, conocido como “el rancho”, se preparan los alimentos, por eso es común encontrar hombres vestidos con botas y delantales blancos; en el ocho hay muchos jóvenes, por eso se escuchan frecuentemente peleas, desmanes y susurros de pasillo que mencionan apuñalados y muertos.

 

***

 

A Alberto, durante los cinco años que estuvo en Bellavista, no le pasó nada, pero sí vio cómo les pasaban cosas a otros internos conocidos: al primero le asestaron una puñalada en la espalda porque no había cancelado mil pesos de un bareto; al segundo lo chuzaron porque se puso a detallar mucho los atributos físicos de una mujer el día de visita; al tercero, como al primero, lo chuzaron por tener deudas de droga; al cuarto lo chuzaron por deber plata en llamadas. Seguramente, como dice él, lo salvaron los tantos versos que le dedicó a Dios estando en prisión: “Aunque caigan mil a tu izquierda y diez mil a tu derecha, tú no serás alcanzado: su brazo es escudo y coraza”.

Después, a los minutos o a las horas, lo llamaban los guardias.

–¿Usted qué vio?

–No, yo no vi nada.

Pero sus ojos sí lo habían visto todo: estaba de pie al lado de su compañero cuando, por detrás, apareció un hombre y le asestó tres puñaladas. Vio cómo se desangró delante de él. Horas más tarde se enteró de que su compañero había quedado inválido y que al otro interno le habían dado más años de prisión.

Días después, su conciencia no lo dejaba tranquilo, pensaba, incluso, que se iba a enloquecer: ¿ese man por qué le hizo eso al amigo mío? –se preguntaba constantemente. No se demoró mucho para comprender por qué le había pasado eso a su amigo, hasta que, por poco, a él también le pasa lo mismo por una pendejada, porque en la cárcel se encuentra un problema muy fácil. Se sentó en unas escaleras. Un hombre joven, que estaba al frente, no le quitaba la mirada de encima. Parecía que estaba enamorado de él. Alberto lo miró, fue en parte por curiosidad, pensando que era un conocido. El jovencito se puso de pie.

–Oíste, ¿cuál es la miradera tuya pues? ¿Te caí bien o es que te gusto, hijueputa?

–Qué pena, señor, pero es que yo a usted no lo estaba mirando, yo estaba mirando era al compañero suyo. ¿Por qué, o es que no se puede mirar aquí a nadie?

Por las escaleras bajaba un niche. El negro vio el rostro de Alberto pálido.

–Viejo, ¿qué le pasó? –le preguntó.

–Este… Que estaba mirando a aquel señor y vino a ponerme problema que porque lo estaba mirando a él.

Desenfundó una mano tan grande y temerosa como la de Antonio Cervantes, “Kid Pambelé”, y se la puso en la boca.

–Usted me toca a ese viejo… Y sépalo y entiéndalo que mañana está muerto.

–¿Cómo así? ¡No, no, no! ¡Tampoco hasta por allá! –comentó Alberto angustiado.

–Es que así es conmigo. ¿Usted qué le estaba haciendo? –preguntó el niche.

–Nada.

–Entonces que respete ese hijueputa.

Desde aquel día no volvió a mirar a un interno a los ojos. Fotografía / Cortesía.

Desde aquel día no volvió a mirar a un interno a los ojos, siempre llevaba la mirada perdida en las baldosas o en las paredes descascaradas. Se dedicó, para no enloquecer, a jugar parqués, dominó, cartas y a escuchar música en un radio gris, seguramente robado a otro interno, que compró por cinco mil pesos. En los tiempos libres se dedicó a dirigir un grupo de oración al que asistían treinta o cuarenta presos para rezar el rosario a la Virgen María Auxiliadora.

En la cárcel había tres curas, todos ellos condenados por violación. Una de las historias que más se escuchaban en los pasillos, era que uno de ellos se enamoró perdidamente de uno de sus monaguillos. Decían, como escuchó Alberto, que había abusado sexualmente de él durante cuatro años, hasta que el niño se cansó y les contó lo que pasaba a sus papás. “Esos curas no. Cuando salen con esas cosas…”, comenta.

–Usted es muy creyente, ¿no lo desmotivaba mucho saber que había tres curas, de la religión que usted cree, presos por abusos sexuales a menores de edad? –pregunta el reportero.

–Él con sus cosas y yo con las mías. Creo que hay un Dios verdadero. Ellos como que, simplemente, se enseñan en lo material. Con él ni con los otros dos rezábamos.

Se acostumbró que el desayuno era de 5 a.m. a 7:30 a.m., el almuerzo de 8:30 a.m. a 10:30 a.m., la comida de 1:30 p.m. a 4:00 p.m. Que ya no era chocolate hirviendo con calentado ni sancochos con presas de pollo ni arroz con ensaladas, sino avena, una arepa fría y un pedazo pequeño de salchichón crudo, o chocolate frío con un pan redondo; granos de arroz contados, sopa y un pedazo de carne de caballo (dura y roja); la comida era lo mismo del almuerzo, con una excepción: en vez de sopa echaban frijoles, pero solamente el caldo, porque los frijoles, frijoles, se los mandaban a la gente con más poder, la de arriba.

Su madre se murió mientras estaba en prisión. Siempre le decía que andaba haciendo unas vueltas en Rionegro, que pronto se volverían a ver. A los vecinos, cuando preguntaban por él, les decían que estaba paseando. La última vez que hablaron, pagando cada minuto de llamada a mil pesos, le contó que estaba muy mal.

–Ahhh, ¿pero es que usted no va a volver, o qué es lo que piensa?

–No, mami, espere y verá que yo ya estoy allá.

–¡Ay, mijo bendito! Récele al señor a ver si me muero que yo estoy muy grave, yo estoy muy enferma.

–¿Sabe qué, madre? La cosa es muy sencilla: el sábado dieciséis de julio usted se muere. No se preocupe, que dentro de ocho días descansa, porque la Virgen del Carmen va a venir por usted.

Su madre no se murió exactamente el dieciséis, pero sí a los pocos días. Su hija lo llamó. Escuchó los sollozos detrás de la línea.

–¡Ah!, ya sé, se murió mamá.

Puso los sentimientos tan fuertes como el hierro. Se fue a un rincón y lloró, preocupado de que lo vieran, pues de inmediato le podrían gritar que por qué estaba llorando el mariquita.

Incendio del patio 2 de Bellavista. Fotografía / El Colombiano.

***

Es viernes. Suena una canción de Andrés Calamaro en un celular. Creo que todos buscamos lo mismo, no sabemos muy bien qué es ni dónde está. Oímos hablar de la hermana más hermosa que se busca y no se puede encontrar. La conocen los que la perdieron, los que la vieron de cerca irse muy lejos. Y los que la volvieron a encontrar, la conocen los presos, la libertad.

Alberto elogia la letra, dice que cuando se pierde la libertad se pierde todo: la vida, la salud, los amigos y la familia. ¡Todo! Se pierde la autoestima, porque es encerrarse en un mundo donde solo se escuchan drogas y peleas. Asegura que muchos cuentan cómo cometieron un crimen, un atraco o una masacre.

“Usted recupera la libertad y vuelve a sonreír y a hacer amigos. Se vuelve a ser lo que se era antes, aunque con más años”, asegura, riéndose a carcajadas por una ocurrencia mientras calienta en una olla el agua para tres cafés. Después de pasar por prisión Alberto ha vuelto a nacer, pero con sesenta años. Pide que, por medio del audio, una persona le brinde un trabajo, ya que necesita vivir de algo el resto de la vida.

*Nombre cambiado por petición de la fuente.

La Ceja, septiembre de 2019.