Allí, en el patio, expuestas a la mirada de las visitas, están docenas de artesanías nacidas de la recursividad y la necesidad de ganar algo para sostener a la familia que ha quedado sola allí afuera.

Crónica tras las rejas (VII): Una feliz (?) Navidad canera

Pero el 24 de diciembre en una cárcel colombiana es la perfecta activación del engaño, la representación de una obra triste, travestida de una sonrisa mueca que pretende a todos hacernos creer que no vivimos, en realidad, una In-feliz Navidad.

Allí, en el patio, expuestas a la mirada de las visitas, están docenas de artesanías nacidas de la recursividad y la necesidad de ganar algo para sostener a la familia que ha quedado sola allí afuera.
Allí, en el patio, expuestas a la mirada de las visitas, están docenas de artesanías nacidas de la recursividad y la necesidad de ganar algo para sostener a la familia que ha quedado sola allí afuera.

 

Por: Wilmar Vera

En la entrada hay un enorme árbol de Navidad con lucecitas verdes y rojas intermitentes que parece decorado con decenas de semáforos diminutos. Otra instalación parpadea en la entrada dando la bienvenida a los visitantes y despidiendo a los pocos que logran salir.

Dos figurines de árboles cargados de regalos, un muñeco de nieve empolvado y un reno sentado en una corona de tela se mecen al viento, ampliando el decorado. Incluso un pesebre desproporcionado, donde el Niño Dios tiene el tamaño, no de un bebé sino de un enano, rodeado de tres reyes magos que iniciaron el viaje a principios de mes y aún no llegan, con liliputienses vacas, ovejas y una jirafa completan el cuadro.

Sí, hay de todo: árbol, luces, pesebre, Papa Noel, renos… pero como a un decorado de película o un muñeco inerte le falta la alegría, la dicha o simplemente el espíritu que permitiría exclamar que aquí como afuera de estos muros se vive una “Feliz Navidad”

Pero el 24 de diciembre en una cárcel colombiana es la perfecta activación del engaño, la representación de una obra triste, travestida de una sonrisa mueca que pretende hacernos creer a todos que no vivimos, en realidad, una In-feliz Navidad.

 

Un día más

C.V , el costeño, no conoce el señor Scrooge ni se parece al Greench por su sarcástico mal genio. A sus 47 ha pasado más navidades y años nuevos tras las rejas que años libre y por eso el final de diciembre le vale lo mismo que la independencia de Ucrania o el natalicio de Mahoma.

“La verdad, uno aprende a no crear vínculos, pues yo decidí desde muy joven esta vida y estar alejado de la familia es parte del riesgo”, dice sentado en el mesón del patio 1, en la cárcel San Bernardo. No hay cinismo en su voz, solo cansancio de un camino que hace mucho tiempo debió abandonar y no pudo (o no quiso, da igual). Y por eso carga resignado las consecuencias.

Ha estado en cárceles de la costa Atlántica, de Bogotá o hasta Ecuador y a pesar de tener varios hijos e hijas sabe que crecieron con la figura paterna ausente. Muerto o desaparecido para sus hijos, de acuerdo al nivel de lejanía que convino con sus respectivas parejas. “A uno sí le pone la cabeza a zumbar con la idea de que crecieron y uno no estuvo ahí, que los cumpleaños, que aprendieron a montar bicicleta, que ganaron un puesto notable en el colegio, el día del padre… esos sí son los momentos que duelen”.

Un compañero de la celda se le acerca y le brinda un plato de natilla con buñuelos.

-Casi no pruebo natillita, pensé que iba a pasar este mes en blanco. ¿Quiere un poquito?

 

Escribir la vida, la propia o la ajena, apenas queda eso para algunos que buscan fugarse tras los sueños decantados en las palabras.
Escribir la vida, la propia o la ajena, apenas queda eso para algunos que buscan fugarse tras los sueños decantados en las palabras.

Día, casi, festivo

En la vida carcelaria colombiana hay tres días especiales para autorizar la visita familiar a los internos: 24 de septiembre, Día de la virgen de las Mercedes, patrona de los reos; 24 de diciembre, de visita de niños, y 31 de diciembre, visita femenina.

Para este 24, la gobernadora del Quindío, Sandra Patricia Hurtado, visitó con varios funcionarios las cárceles de Armenia y Calarcá, repartiendo regalos a los niños y haciendo rifas de bicicletas.

“Es su programa de acompañamiento a una población vulnerable y que necesita el apoyo de las autoridades”, comentó al tiempo que saludaba niños y reclusos por igual. En el país ella se ha apersonado del problema de hacinamiento carcelario, pidiendo en diferentes escenarios nacionales la implementación de una “emergencia social” que permita una política efectiva y rápida para el bienestar de 140.000 reclusos

Tras su paso, numerosos niños y niñas recibieron una bolsa con juguetes variados, como: pelotas, juegos de mesa, muñequitas que parecían Barbies, aviones de plástico y, los más afortunados, bicicletas ganadas en una rifa.

“Gobernadora, gobernadora, mire mi boleta para que me escoja para la bicicleta”, le decía una chiquilla de ocho años, mostrándole la boleta con el número de cuatro cifras. “Mi amor, yo no puedo hacer eso”, le contestó la funcionaria algo desorientada por la inusual petición. “Ella se puso a llorar porque no ganó, pero yo le dije que viera que tiene regalito de Niño Dios”, añadió al final Y.V., el taxista, padre de la menor.

Por el contrario, Mariana , de ocho años, estaba radiante y feliz: tuvo un regalo del Niño Dios anticipado: su mamá, detenida en prisión domiciliaria, obtuvo el permiso para visitar a su esposo, también detenido, cada ocho días.

“Es el mejor regalo, tener a mi mamita y mi papi juntos”, replica pegada a los dos como una calcomanía. Las caras de sus padres eran reflejo de ese sentimiento compartido y que en 21 meses no habían realizado.

 

Despedida

El tiempo vuela durante la visita. Sea la compañera, la familia o infantil, para los que reciben a sus allegados los momentos que se comparten pasan como un suspiro y el 24 de diciembre la presencia de niños, la algarabía que generan los regalos y el  leve espejismo de que están en casa, hacen para algunos más llevadera esta fecha.

“Cuando uno estaba afuera desde el 1 de noviembre comenzaba a armar la Navidad: que las luces, que el arbolito, que la decoración y el pesebre. Con mis sobrinitos nos reuníamos en la casa de mi mamá y la dejábamos bien decorada”, comenta A.A., estilista condenado en el segundo semestre de este año que agoniza.

“Aquí no es lo mismo, yo decoraría mejor, pero no se puede hacer nada. Al menos tengo la visita de mi mamá y una sobrina para que me acompañen”. Decir que es su primera Navidad lejos de la familia es la certeza de que le quedan, como mínimo, otras 12 similares.

El sol hizo su silencioso recorrido y a pesar de la amenaza la lluvia no apareció, con lo que tuvimos un breve respiro veraniego en un diciembre cargado de lluvias y tormentas.

Para varios padres será la última vez que en el 2013 ven a sus hijos. Los más grandecitos, quienes comprenden las razones de la obligada ausencia, no logran refrenar las lágrimas y se cuelgan del cuello de sus progenitores como una pesada camándula. Las mujeres hacen lo mismo. En una semana podrán venir solas, pero el breve momento familiar se demorará varias semanas. Y aunque no quisieran dejar una imagen de fragilidad, madres y esposas se vienen en llanto que, entre sollozos, acompañan las bendiciones y los deseos de una feliz Navidad. Pueden ser nuevas o ya curtidas, pero de todas las visitas la más desgarradora es esta, pues quisieran recortar el tiempo y llevárselos para la casa como el más esperado regalo del niño Dios. Sin ellos, sin nosotros, esta festividad sabe a mentira, a falsa alegría, a dolorosa resignación.

Los reclusos ya estamos en formación para la cantada.

-Últimos de pañuelo, gritó alguien.

-Pañuelos a$500, tres por $1.000, comentó otro y algunos ríen de mala gana.

Es triste verlos partir y comprendo que no se puede hacer nada. Hasta uno aprende a llorar por dentro.