Por / Jorge Triviño

 

Un blanco sueño de luna

y luego en el horizonte

un dorado amanecer.

Tres caballeros de estirpe

de suaves y dulces gestos

como la leche con miel,

cabalgan en sus tritones

por cordilleras y valles,

por mesetas y desiertos

y por bosques perfumados

de cipreses y eucaliptos,

nogales y albaricoques.

Tienen sus corazones

aromas de “no me olvides”

jacintos, malvas y brevos

y en sus almas hay perfumes

de rosas, jazmines y enebros.

Avanzan apresurados

por quebradillas y ríos,

ansiosos de conocer

al Divino redentor.

Se han detenido de pronto.

¿Qué habrán podido ver?

—Una estrella luminosa

sobre un portal en Belén,

a San José y a María,

a un borrico de cera,

a un buey de astas de plata

que calienta con su aliento

las pajas en el pesebre

donde reposa un pequeño

de cabellera de trigo,

labiecillos de amapola,

ojos de aguamarina

y sonrosadas mejillas

como la flor del ciruelo.

¡Ahí está! Tú puedes verlo

reflejado en el fondo

de tu hermoso corazón

cuando sientes, cuando amas,

cuando besas, cuando abrazas,

cuando admitas, cuando cantas,

cuando buscas lo sublime;

cuando contemplas la vida

en toda su inmensidad.

Cuando sientes en la hondura

que el mismo sol nos alumbra,

y el mismo Dios bondadoso

nos abraza con su anhelo

de que seamos amigos,

pero amigos de verdad.