Peatonal de la calle 18. Aunque en una parte de la calle están los módulos, es normal seguir encontrando mercancía en carretas, tablas y en el mismo suelo. Se venden toda clase de artículos. Foto/Jaime Salazar.

Espacio público, una responsabilidad disfrazada de queja

Los usos y costumbres sociales de los pereiranos ahora son diferentes. El cambio en la apropiación del espacio público se refleja en el abandono de los principales parques. Ahora, los centros comerciales recrean una miniurbe y son agradables, pero la verdadera ciudad está afuera. 

Peatonal de la calle 18. Aunque en una parte de la calle están los módulos, es normal seguir encontrando mercancía en carretas, tablas y en el mismo suelo. Se venden toda clase de artículos. Foto/Jaime Salazar.

Por: Ana María Flórez B.

Pereira es la ciudad capital del país con menos espacio público. Con dos metros cuadrados por habitante, según el Conpes (Consejo Nacional de Política Económica y Social), la Perla del Otún atraviesa una gran crisis de adecuación y control del espacio público. Lejos de esto, la Organización Mundial de la Salud estima un indicador óptimo de 10 a 15 metros cuadrados de zona verde por habitante necesarios para reducir los impactos de la contaminación.

Según la Ley 9ª de 1989 y el Decreto 1504 de 1998 el espacio público es el “conjunto de inmuebles públicos y los elementos arquitectónicos y naturales de los inmuebles privados, destinados por su naturaleza, por su uso o afectación a la satisfacción de necesidades urbanas colectivas que trascienden, por tanto, los límites de los intereses individuales de los habitantes”.

Pereira se ha convertido en un ícono del comercio. Sus gobernantes e inversionistas han finaciado construcciones como Ciudad Victoria, Parque Arboleda, Megabús o Expofuturo, buscando el desarrollo económico de la ciudad y de sus habitantes. Pero, ¿acaso el desarrollo es solo un edificio o un gran autobús verde con carril propio? Mirando los hábitos sociales y la ciudad desde la calle y no desde sus grandes construcciones ¿qué vemos?, ¿son los ciudadanos conscientes de que el espacio público les pertenece?

Por otro lado, el medio ambiente ejerce gran influencia en la manera de sentir, pensar y comportarse. Entonces, ¿ofrece Pereira bienestar emocional? o ¿la contaminación auditiva y la densidad espacial se reflejan en poco sentido de pertenencia con la ciudad, por parte de los habitantes?

Calle 19 con carrera 7, esquina de la Plaza de Bolívar, diagonal a la sede de la Alcaldía, concurrida por peatones y vendedores de gafas, libros, juguetes, joyas y lotería. Foto/Daniela Ramírez.

Regulación del comercio informal

En el centro de la ciudad se aprecia que los andenes están totalmente ocupados por  vendedores informales. Se ofrece todo tipo de productos. Los andenes por sí solos parecen cacharrerías. Y por si fuera poco los negocios que sí tienen un local, sacan sus productos también a los andenes en estanterías. Otros más osados sacan parlantes y ponen música con fuerte volumen, al que solo le bajan cuando algún improvisado locutor, del mismo negocio, repite las frases: ‘Bien pueda siga por aquí’, ‘¿Qué necesita? se le tiene’, ‘Lleve los tenis rebajados, solo por hoy’… ‘¿Y este cuánto vale?, hágale mami que yo se lo dejo bien baratico’.

Anteriores gobiernos locales han desarrollado acciones para mejorar la calidad del espacio público. La administración de Juan Guillermo Ángel, en 1984, trasladó a los vendedores informales al Centro Comercial San Andresito. Luego, con Ernesto Zuluaga Ramírez en 1992 se construyó el Centro Comercial La 17. Después, la administración de Martha Helena Bedoya, en el 2002 quiso implementar bazares;  y con Juan Manuel Arango, en el 2007, se creó el centro comercial de la calle 13.  Parece que el problema tiene mucho más fondo. Pereira es hoy la quinta ciudad del país con mayor nivel de desempleo, lo que equivale a 52.000 personas desocupadas según cifras del DANE.

La anterior administración municipal de Pereira, en cabeza de Israel Londoño, en un esfuerzo por controlar el comercio en calle y organizar a los vendedores, desarrolló un proyecto en convenio con la Universidad Católica de Pereira, el “Plan Integral de Manejo de Ventas Informales”, también conocido como Pacto Cívico. En este, los vendedores se comprometieron a controlar la llegada de nuevos comerciantes y la administración se comprometió a capacitarlos y dotarlos con módulos (dispositivos fijos para guardar y exhibir la mercancía).

Calle 19 con carrera 6, reconocida por sus numerosos puestos de ventas de accesorios para vestir y minuteros. Foto/Daniela Ramírez.

Figuras visibles e invisibles

En el pasaje peatonal de la calle 18 y otros lugares del centro, se pueden encontrar los módulos. Fernando Álvarez Luna, gerente de Coarcenper (Cooperativa de Artesanos del Centro de Pereira), opina que aunque las cosas han mejorado en cuestión de orden, ni los artesanos ni la administración han cumplido con sus responsabilidades. “Brindaron cursos gratis de relaciones humanas y de contabilidad, pero cuando yo invitaba a los compañeros nunca tenían tiempo”. Luna, de 65 años y 20 como artesano, dice que la poca disposición de sus compañeros para participar en las actividades los desanima.

Sin embargo, no todos los actores del problema del comercio en calle son visibles. Según estudios del Ruvip (Registro Único de Vendedores Informales en Pereira), solo el 20.8 por ciento de los vendedores comercializan con productos realizados por ellos mismos, el 79.2 restante vende productos manufacturados. Y las empresas surtidoras tampoco asumen una responsabilidad en lo referente al espacio público.

Carrera octava con calle 22, aquí es común encontrar mercancía en el andén, artesanías, discos compactos, frutas y elementos del hogar. Foto/Jaime Salazar.

Propuesta actual

La nueva administración de Enrique Vásquez Zuleta, aparentemente, quiere apostarle a proyectos duraderos, encaminados a cambiar la mentalidad de la Pereira comercial y replantear la actual ciudad en otra más culta. “Pereira no puede seguir diciendo que es la ciudad donde se comercia de todo, debemos hablar de la ciudad como una nueva sociedad basada en la ciencia y la tecnología… esta es una ciudad que depende de otras ciudades para suplir sus necesidades, y eso tiene su reflejo en la alta tasa de desempleo”, dice Olga Lucía Monsalve, actual subsecretaria de Planeación Municipal.

Los usos y costumbres sociales de los pereiranos ahora son diferentes. El cambio en la apropiación del espacio público se refleja en el abandono de los principales parques. El parque de La Libertad ha tenido grandes cambios, sin embargo sus alrededores todavía hacen de este un lugar poco acogedor. La Plaza de Bolívar, aunque en el día es lugar de reunión, en la noche se transforma en zona de comercio sexual. El parque El Lago, recién remodelado, después de las seis de la tarde es estancia de jóvenes que piden de a 100 y 200 pesos con actitud desesperada.

Juan Pablo Arango, profesor de inglés, dice que “no tenemos espacios suficientes donde podamos sentarnos tranquilamente a disfrutar de un libro sin la necesidad de cada tres renglones mirar quién nos viene a robar. Urge proporcionar otro tipo de actividades distintas a caminar alrededor de un centro comercial, como reses en una corraliza”. Catalina Ríos, estudiante de Etnoeducación de la Universidad Tecnológica de Pereira, piensa que el espacio público de la ciudad no cumple la función del encuentro de los ciudadanos porque ellos no se apropian de él, también dice que las ofertas para el disfrute en la ciudad son muy limitadas.

Las personas no encuentran mucho qué hacer en la ciudad y son pocos los parques o plazas adecuadas para la estancia y disfrute de las personas. Las dinámicas de construcción de estos espacios responden a modelos extranjeros, como lo explica el arquitecto Carlos Eduardo Rincón, en el caso de Colombia, que está influenciado por un modelo francés, las plazas representan el poder de lo democrático y lo público, por eso son construcciones frías que buscan poder reunir en momentos determinados gran cantidad de personas y permitir las expresiones cívicas y políticas.

Ahora, los centros comerciales recrean una miniurbe y son agradables, pero la verdadera ciudad está afuera, y mientras los habitantes no se apropien de los espacios públicos la problemática actual no va a terminar.

 

Peatonal de la Calle 22, allí se ofrecen en la calle artesanías y ropa. Los almacenes de la cuadra también sacan su mercancía al exterior. Foto/Jaime Salazar.

De lo físico a lo psicológico

Los impactos del estrechamiento y el empobrecimiento del espacio público también tienen sus efectos en las emociones de las personas. El panorama no solo se queda en la incomodidad de habitar espacios congestionados, transitar por andenes y calles angostas y no tener lugares abiertos adecuados, sino que trae consigo toda una cadena de realidades. El estrés, ausencia de vida social y la pérdida de identidad son algunas de ellas.

En el libro ‘Psicología ambiental’, de Charles J. Holahan, algunos científicos aseguran que los ambientes ruidosos disminuyen la disposición de la gente a manifestar una conducta solidaria y así mismo motivan comportamientos agresivos. También revela que las personas que habitan en ambientes estresantes tienden a sufrir enfermedades como hipertensión, dolores de cabeza, trastornos estomacales y úlceras gástricas.

El estrés se da cuando las personas sienten que una condición ambiental representa una amenaza o excede su capacidad para superarla. Esto sucede por ejemplo con la contaminación auditiva, que en algunas zonas de Pereira es fuerte.

Según estudios realizados en el 2011, por  el equipo de salud ocupacional y gestión ambiental de UNE Telefónica de Pereira, en la carrera novena con calle 18, zona de alto tráfico vehicular y presencia de vendedores ambulantes, el nivel de ruido detectado es de 91,2 decibelios (dB). También en la carrera octava con calle 17 se registra un nivel de 86,4 dB.

La resolución 8321 del 4 de agosto de 1983 del Ministerio de salud y Resolución 1792 de 1990Decreto 2400 de 1979, emanados del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, fijan los límites permitidos de ruido (ver cuadro).

En ambos sitios de la ciudad no solo se excede el nivel de ruido permitido, sino el tiempo máximo al que una persona debería estar expuesta a tales niveles.

Según declaró Juan Carlos Vélez, personero municipal, la Alcaldía de Pereira, responsable de controlar los excesos de ruido, no está ejecutando las acciones pertinentes. Hay unas 10 demandas por no controlar el ruido y a diario hay quejas de eso. Hugo Hincapié, técnico administrativo de la Carder, explicó que el problema del ruido es que hay actividades inadecuadas para algunas zonas. Y agregó que el estudio contratado por la Alcaldía Municipal para este tipo de revisiones no se ha renovado. Todo esto según un artículo publicado en La Tarde.

Julio Gómez, subdirector de la Carder (Corporación Autónoma Regional de Risaralda), opina que los que también fallan son los encargados de proyectar el desarrollo urbanístico de las ciudades. “Estamos desarrollando y planeando ciudades para carros, no para seres humanos. De ahí que uno encuentra una ciudad totalmente descontextualizada del entorno humano. Una ciudad sin andenes para las minusvalías, agresiva en los entornos colectivos. Una ciudad que desde el mismo diseño arquitectónico estresa. Se hace necesario pensar en una ciudad humana, en armonía con la naturaleza”

La ausencia de parques adecuados para la socialización es otro factor que anula las relaciones interpersonales de los ciudadanos, lo cual destruye lazos importantes en la construcción de sociedad. La falta de sillas, de sombra, o de zonas verdes es lo que hace que las personas abandonen las plazas y “espacios públicos abandonados, sucios, invadidos son generadores de violencia, eso se demostró por estudios de campo, a mayor caos en el espacio público mayor incidencia de delito”, dice Gómez.

La identidad de grupo, como el sentimiento derivado de pertenecer a un colectivo humano más amplio, se nutre en los espacios que la ciudad proporciona. En Pereira, con pocos lugares para compartir y con pocos proyectos encaminados a promover actividades de disfrute colectivo, las personas están perdiendo de vista esas características y sentimientos comunes como ciudadanos, lo que a su vez determina el poco sentido de pertenencia que se tiene con la ciudad.

Gómez insiste en que “tenemos un recurso espacial finito y el hombre se metió en una carrera loca de crecimiento, más carros, más consumo con unos recursos limitados”. Agrega que el ciudadano es el que tiene que tomar decisiones y elegir ir al centro comercial o habitar los parques y negocios populares.

“Que la ciudadanía se apropie de su ciudad”

Olga Lucía Monsalve, subdirectora de Planeación de la Alcaldía, pinta un panorama esperanzador, con proyectos como ‘Pereira conserva, protege y aprovecha los recursos naturales’.  “Se busca que volvamos a  utilizar los ríos como debiera ser y no dándoles la espalda, utilizar de buena manera los servicios eco sistémicos que tenemos… somos el segundo país más rico en biodiversidad y no nos preocupamos por tener una buena relación con esos elementos naturales”.

Germán Calle, ex presidente de la junta de Fenalco, reflexiona que “tenemos que empezar por lo primero, la actitud del ciudadano. El ciudadano se sentó a decir: el abandono del parque, el descuido de la ciudad. Dejemos ese desgano y digamos: que lindos están nuestros parques y ocupémoslos… no podemos esperar más que el Estado nos haga el oficio de nosotros… el Estado puede poner todo lo que quiera pero mientras el ciudadano no esté en una actitud solo de juzgar, sino de hacer, no hacemos nada”.

Es así como todas las cartas están sobre la mesa. Es cierto que faltan políticas claras para mejorar la calidad del espacio público, sin embargo detrás de eso están los ciudadanos, que más que habitar un espacio, son responsables de su propio entorno y por exigir dando.