María Isabel es una Magdalena, no llora, pero gime por lo hijos de una patria, y lo hace con letras y símbolos desplegados en un papel. “Qué tanto han hecho con ese río que se me ha sentado en la casa”, precisa.

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María Isabel Espinoza escribe poemas a los muertos. Nunca pensó que luego de haber tenido un jardín bajo su cuidado, en los últimos años lo que más ve es la bajada de cadáveres por el río Cauca.

Por: John Harold Giraldo Herrera

Fotografías por: Rodrigo Grajales 

María Isabel escribe. Sentada debajo de un árbol en la ribera del río Cauca, observa la espesura del agua, de donde emergen sus poemas. Su río, ese inmenso río, recorre más de 180 municipios, sirviendo de fosa común en la historia de la violencia en Colombia. María Isabel se levanta desde las 3:30 am de la mañana y se pone a trabajar en la finca, un terreno para veranear, como se dice, para pasar vacaciones. Ella hace de comer, trapea los embaldosados pisos, mantiene los anchos y coloridos jardines limpios, asea su casa y la de los ‘patrones’, como les dice. Se la pasa entre oficio y oficio. María Isabel nunca pensó que su vida estaría destinada a escribirle a los muertos, pues su vida transcurría normal en La Bella, una vereda del municipio de Pereira. Tenía un contacto con las flores, los jazmines, los tulipanes, un jardín nutrido, cuidado y cultivado por ella, el cual era objeto de postales por los extranjeros que allí pasaban y solicitaban permiso para tomarse una foto. Ahora eso es solo un recuerdo. Hace 10 años le anunciaron que se iría a vivir con su esposo e hijas a la zona de Guayabito, en Cartago, norte del Valle, en donde ha visto bajar cientos de cadáveres por el río, mientras cumplía con sus roles como ama de casa y trabajaba en la finca. “Puede decirse que pasé del congelador al horno”, dice sentada frente a ese mismo río.

Sus manos, algo curtidas y ásperas por las labores del campo, son suaves y frágiles cuando escribe. Sigue sentada, le pregunto, sin antes hablar del tema de la muerte, por lo que escribe:

-A mí que no me falten un lapicero y una hoja de papel, para que mis manos registren todo lo que mis ojos me dejan ver…

– ¿Ha visto muchos muertos?

– Eran días en que bajaban  5 o 7, entonces yo decía “esto puede ser común, pero normal no”, común todo lo que usted quiera, pero normal no es.

En Guayabito vive muy poca gente, los pocos habitantes se encuentran surcados por extensos cultivos de caña y maíz. Miles de hectáreas con ganado pero poca gente, un puñado podría decirse. Las pocas fincas se mantienen en solitario, salvo algunos fines de semana cuando llegan los patrones a pasar revista o a veranear con sus amigos. Sin embargo, María Isabel y su familia han tenido un contacto directo con los muertos, no solo porque los ven pasar a diario como en el patio de su casa, sino porque los muertos han sido una constante desde que llegaron. Hace dos meses decapitaron a dos muchachos del lugar y sus cadáveres fueron echados al río, caen junto a los cuerpos de algunas vacas  y flotan en medio de esas aguas pasivas por encima, tumultuosas por debajo.

Manucritos de María Isabel.

De ancho, cuarenta metros mide el río, más una profundidad de hasta quince metros que encierran los misterios de ese devenir cruel y sanguinario de la historia de nuestro país. María Isabel, la poeta de los muertos, ha escrito cientos de poemas en papelitos; los cuerpos deshilvanados, maltrechos, putrefactos y torturados no fueron cuestión de normalidad para ella. El asombro la hizo escribir. Escribe luego de acabar sus oficios, debajo de un árbol todas las mañanas, cuando la necesidad de soltar su fuerza no la espera, traspasa sus emociones y sentires.

Pasar del frío al horno, de la belleza del campo, lo apacible, lo tranquilo, a un clima fuerte y penetrante, agreste y peligroso. Guayabito, un sitio enclavado en medio de los cultivos y fincas, ha sido testigo ocular de cuanto muerto tiran al río Cauca. Mientras que los demás no dicen nada, callan el dolor y la angustia por “estar curtidos de tanto muerto”, María Isabel escribe, exorciza sus penas, ajenas, prestadas y las ha vuelto suyas. No conoce a quienes con indolencia e inhumanidad han bañado al río de sangre, a las familias de vacíos, al país de olvido y a los muertos de desolación.

Guayabito es un lugar arrinconado en la geografía, queda en la punta de Cartago, el río es el límite, llegar ahí fue asunto del destino para María Isabel. Los muertos no tenían quién les escribiera y al parecer, zambullidos allí, los victimarios esperaban borrar sus rastros y que quedaran impunes sus atrocidades, pero la pluma de esta mujer aviva la memoria e impide el olvido. Los cuerpos no son sus parientes, no conoce ni sus nombres, ni su procedencia, tampoco los llora como las madres en Trujillo, Bolívar, Salónica, Bojayá y Riofrío, María Isabel les escribe por pura humanidad. Alguien los debía anclar, una persona se debía escandalizar y nada más que una mujer que tenía por pasión escribir, variar los sentidos emocionados por el color de las flores, al del horror producido por los muertos.

Causa curiosidad que en un país de indolentes, una mujer se tome la tarea de registrar con su sensibilidad el dolor. Sigue sentada bajo de ese árbol que la resguarda, desde ahí se puede ver un río infinito, grande, misterioso, un río con el que se conversa, le comunica sus ideas. “Un día se me entró a la casa” cuenta, pero no lo culpa, el río la quería visitar. Se entró porque se sale de su cauce, como cuando muchas lluvias caen por allá, desde el Macizo colombiano, donde nace el Cauca. Lo recibió en diciembre del 2010, fue tanto el desborde que le tocó salir por su cauce porque la única vía de acceso fue inundada; al otro día le dijo que por favor no entrara sin avisar, y hasta el momento no ha vuelto a ingresar. Habla del río como si fuera una persona, con él sostiene una forma de conexión. Ella es una Magdalena, no llora, pero gime por lo hijos de una patria, y lo hace con letras y símbolos desplegados en un papel. “Qué tanto han hecho con ese río que se me ha sentado en la casa”, precisa.

En este momento a María Isabel le duele el país. ”Nuestro país es un lienzo,  usted mira ese lienzo y ve diferentes situaciones que la han marcado, y son cosas tan terribles que uno no les encuentra explicación ¿Cómo puede un ser humano hacer eso?. Yo digo está bien, hubo gente que hizo atrocidades, pero que haya gente que no sea capaz de terminar con eso, o que son cómplices, es todavía peor. Fue un periodo de oscuridad de nuestro país y todos se confabularon para que esto pasara, porque si esto se hubiera denunciado o hubiera salido a la luz el río no habría tenido tantas décadas de muerte”.

Guayabito-en-Cartago-es-la-zona-donde

 

Fue a los pocos días de haber llegado a la finca, le escribió a su primer muerto en el río, supo que el horror de silenciarse no era su estilo. “Yo nunca había visto eso, y pues, uno encontrarse de frente con algo tan horrible, lo hace pensar. El agua sobre todo, que es el agua que nos tomamos, debo tomar agua ya con sangre humana. ¿Por qué una persona tiene que estar en un río en esas condiciones en que yo los vi bajar?”, dice, y su voz se quiebra. Los muertos le han dado vida.

De los más de 200 mil muertos que ha documentado la Unidad Nacional de Fiscalías para la Justicia y la Paz entre 2006 y 2010, miles han sido arrojados al río. Alfredo Molano acudió a un paralelo para comprender las cifras, que se podía hacer una pila de ciento setenta y tres kilómetros de cadáveres. El Cauca es una fosa común, una donde innumerables personas fueron tiradas en costales, con piedras o con cemento en el cuerpo para no flotaran. Las técnicas son tan atroces como abominables: descuartizamientos, cuerpos empacados en pedazos, mujeres y hombres abiertos por el vientre, dedos cortados, nada de compasión, toda la barbarie y el odio acumulados con la inclemencia y sevicia de quien tortura y arroja el cadáver para que se sepa del horror que ha cometido. Colombia es una fosa común, el río Cauca una funeraria, libre, silente, apta para quien desea borrar las huellas.

Yo pienso que a alguien le competía sacar esos muertos y no lo hacían, por eso yo decidí sacarlos con mi tinta y mi papel. De alguna forma cuando los veía bajar les daba un último adiós, oraba a Dios por ellos”, pronuncia María Isabel, y se acomoda en medio de la desolación producida por el paseo fúnebre que aun flota en su mente. Los colores vivos cambiaron a lúgubres, repletos de abominación.

María Isabel no tiene ningún recuerdo de violencia en su memoria salvo el de haber llegado a Guayabito. A su amo, como le dice a su compañero de vida quien  le regaló tres semillas –sus hijos- lo conquistó con poemas; al preguntarle, suspira y narra cómo nace un poema llamado ‘Mensaje de un rosal’, lo hizo de principio a fin nada más por pensar y sentir:

“Ayer recibí un mensaje: un hermoso rosal, que pensaba de mi mil cosas

cuando un soñador fue a cortar de su encanto una linda rosa para a su amada llevar,

 la cual lo esperaba ansiosa porque lo extrañaba de verdad,

y cuál fue su sorpresa cuando vio a su adorado llegar

llevando entre sus manos una linda rosa roja que ella nunca olvidará,

la deshojó hoja por hoja para poder pensar

que aquel que se atrevió a tanto para su amor agrandar

jamás tendrá un desencanto de su adorada que hoy feliz está”.

María Isabel escribe, pero no tiene técnicas ni estilos a imitar. Poesía, poca ha leído, no quiere copiar a nadie. Muchas preguntas surgen de esa voz solitaria que en medio de un río poemas se sienta a pensar y luego a narrar. Es la historiadora de una época macabra que sigue aconteciendo, muertos van y muertos bajan, muertos se quedan en hojas de libretas donde María Isabel los tiene liberados del abandono y la maldad.

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-¿Cuántos poemas a muertos ha escrito?

-No los tengo cuantificados, cuando termine el último creo que me iré de aquí. Lo que pasa es que yo creo que los muertos me estaban esperando. Este río necesitaba a alguien que lo escuchara, yo no me invento nada, yo transcribí una historia, la transcribí como el río me la contó.

El río la esperó, los muertos fueron en un país desmemoriado y sin preocupación por la verdad, exhumados en los poemas de doña Isabel. Ella le canta a la vida, aunque sus poemas sean de muertos que madres no pudieron llorar, de familias que no saben dónde están sus hijos.

 “Ella me va a cambiar por el río”, alega Luis Eduardo Cano, esposo de doña Isabel, encargado de mantener la finca en orden. Siente a veces que María Isabel se relaciona tan fuerte con el río, que lo puede cambiar. Sus hijos, en cambio, piensan que la labor de su madre es de admirar, los cuerpos desmembrados y torturados son huérfanos en el río, entonces María Isabel los asiste como madre putativa.

María Isabel escribe a los muertos porque estos podrían ser sus hijos. A los suyos les ha brindado una educación de respeto y tolerancia, pero sobre todo de amor, a nadie le delegó lo que Luis Eduardo y ella debieron hacer “¿Por qué me los va tener que corregir la ley u otra persona? La educación es una responsabilidad solamente de nosotros, ni del colegio, ni de un amigo, ni del tío, ni de la abuela; es no se lo delego a nadie, la responsabilidad de mis hijos solamente es nuestra.

María Isabel ha participado de varios proyectos. El artista Gabriel Posada la ha invitado a ser parte de las obras a gran escala llamadas ‘Las Magdalenas por el Cauca’, el cineasta Nicolás Rincón Guille, la tiene como protagonista en ‘Los abrazos del río’, y ha salido en el documental ‘Rastro Púrpura‘ de Señal Colombia. Pero los más agradecidos son los escasos familiares de víctimas con los que María Isabel ha podido tratar. “Es que no va un perro, no va una vaca, no, es un ser humano que va y debe haber una madre llorándolo, una esposa preguntando por él, una hermana, eso es lo que hace que yo viva tan pendiente de él”.

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Ahora María Isabel trae unos cuadernos y papelitos con poemas, solo los quiere mostrar. En ellos se encuentra un proyecto de libro con nombre: ‘Funerales en el río Cauca’. Aún no ha
hecho la selección, conserva tanto poemas a los muertos, como a los cañeros, a esos momentos de amor, al jardín y a la belleza del paisaje.
“Para escribir yo tuve dos aliados, que fueron los gallinazos y unos binóculos que compré para eso, para poderlos enfocar y captarlos, entonces los gallinazos y los binóculos me ayudaron  mucho”. Cada poema tiene una historia, cada muerto tuvo una impresión, y cada vez que comparte uno, miro al río y aunque no pasan sino algunos palos y basura, siento la sangre que corre, una incesante perturbación a la vida y a la esperanza, pero cuando ella recita su primer poema a los cadáveres viene de pronto una sanación:

“Lamento colombiano

Oh, patria donde conocí a mis padres y ellos me vieron nacer, pero  a nuestros hijos no dejan amamantarlos y mucho menos sus cuerpos crecer, el paisaje que por derecho nos pertenecía como alas gigantes esconden el amanecer de hombres con diferentes ideologías, masacrados y secuestrados son en contra de su parecer, el sol corre deprisa porque se niega a ver que la tierra es testigo de una guerra sin cuartel, la luna apenada se asoma y esconde su resplandor diciendo con su tristeza que somos hombres en extinción. 

Mi patria ya no es mi patria porque muchos aportan para su destrucción y apenas unos pocos que luchan por ella los silencian sin compasión, los sueños que teníamos para una patria de amor se han convertido en quimera de llanto y de dolor, en un peregrinar de almas que no encuentran a los suyos hoy, tampoco donde fijar sus raíces para hacer un mundo mejor”.

Maria-Isabel-escribe-en-servilletas

 

Pasa del lamento a clamar justicia. En su voz aguda, firme, se encuentra la fuerza de una poeta, una mujer que nació en medio de jardines y hoy está rodeada de muerte. Todo esto pareciera un intento por ordenar las incertidumbres de mentes sin control, buscando por qué desvanece la vida. Saca de su memoria, uno cortico llamado Esencia:

“Todo tiene su esencia y la esencia en nada está, porque todo muere,

muere la tarde al ponerse el sol, muere la noche al aparecer el día,

se marchita la flor al mediodía, muere el preso de melancolía,

muere la justicia por falta de verdad y la verdad no tiene justicia,

muere el embrión del pájaro que lucha para darle vida”

María Isabel siempre escribe en silencio, mirando al río, a veces escudriñando en los cuerpos, muchos han quedado ahí, atajados en palos y les ha tocado correrlos para que sigan su curso. Muertos o vivos, su esencia es escribir.  “No hay un sitio donde usted vaya a sacar un poema, que diga está allá, no, el poema mantiene en el aire, en el viento, en el árbol, en el sol, en la luna”.

Muchos son los poemas, pues muchos han sido los muertos. Su obra es la de una contadora de tiempos viles y mezquinos, tiempo sin cesar, cobra vidas sin preguntar. Cada que pasa la hoja de sus escritos se abre un momento de la vida nacional. La violencia produjo una mujer dispuesta a enfrentar la realidad, para María Isabel eso es la poesía, enfrentar la realidad que otros ni quieren mirar.

 “Eran como el viento, que no sabe a dónde viene, ni tampoco a dónde va, venían e iban sin rumbo ni dirección dejando en mi alma una triste emoción, dejando a su paso una espeluznante impresión. Sí, sí, río yo los vi pasar, sé que venían contigo en su triste trasegar, también sé que se te aguaron los ojos cuando los que eran gente irremediablemente se convirtieron en despojo, tú los llevaste entre tus minuciosas y oscuras aguas pero a pesar de todo gritos de dolor por ellos das, viste a la montaña que se levantaba como una anhelante esperanza rogándole siempre a Dios para que estos crímenes en la impunidad no quedaran”.

Por último, saca uno chiquito y lo lee. Lo escribió cuando tenía el jardín, se relaciona con la muerte, con esa de las hojas marchitas, no de historias de vida: “Que tal que la rosa llorara porque ve un pétalo a punto de abrir, y ella ya tan marchita y mustia a punto de morir, pero ella no llora sabe muy bien partir…”

-¿María Isabel, usted qué piensa de los que asesinan?

– Esa gente está más muerta que los que han pasado muertos, porque solamente una persona que esté muerta, que no tenga ilusiones, que no respete la vida, está muerta.