Imagen tomada de: http://hectorabadgomez.org/fotos/3.jpg

La violencia y El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y los que seremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el fin, la caja,
la obscena corrupción y la mortaja,

los ritos de la muerte y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá quién fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo,
esta meditación es un consuelo.

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Por: Daniel Jiménez Cardona

Un Estado genocida

 Madrugada del 6 de diciembre de 1928. En la plaza de Ciénaga, Magdalena, decenas, tal vez cientos (se ignora la cifra exacta) de trabajadores de la empresa norteamericana United Fruit Company (que aún opera en el país bajo el nombre de Chiquita Brands) acaban de ser masacrados por el Ejército colombiano por hacer una huelga en la que reclamaban condiciones laborales justas, apegadas a la escasa legislación sobre la materia en aquél entonces, en el marco de la explotación del banano en la Costa Atlántica del país. El general Cortés Vargas, jefe de las tropas que llevaron a cabo el acto de terrorismo estatal, llega al descaro y cinismo de justificarlo días después, arguyendo que la autoridad establecida se encontraba en peligro ante una insurrección comunista y que, de haber permanecido las armas en silencio, al día siguiente las tropas norteamericanas habrían invadido el territorio nacional, so pretexto de proteger a los ciudadanos estadounidenses que laboraban en la UFC en Colombia.

9 de abril de 1948, 1:05 p.m. Casi veinte años después. Jorge Eliécer Gaitán, brillante jurista de origen popular y candidato a la presidencia de la República por el Partido Liberal, acaba de ser asesinado en Bogotá. Inmediatamente surgen por toda la ciudad multitudes enardecidas, hasta debajo de las piedras, y dan muerte a Roa Sierra, el autor material del magnicidio, destruyendo también edificios de periódicos de circulación nacional y otros de instituciones representativas, en una revuelta conocida como «El Bogotazo». Por todo Colombia comienzan a ocurrir hechos similares y se desencadena una serie de actos violentos, que se prolonga en el tiempo con el nombre de «La Violencia» y que consiste principalmente en la represión conservadora de los líderes populares y las guerrillas liberales (origen del movimiento guerrillero revolucionario posterior), dejando miles y miles de campesinos muertos a lo largo y ancho de la geografía nacional y desplazando forzadamente a la población a los grandes conglomerados urbanos, lo que favorece el desarrollo de una incipiente industria y del sistema capitalista moderno. Aún se desconocen los autores intelectuales del magnicidio que dio origen a todo esto, si bien algunas especulaciones, no del todo carentes de base, señalan al gobierno del Tío Sam y a la oligarquía colombiana.

1986-1990. Sin haberse disipado el humo de las sangrientas toma y retoma del Palacio de Justicia, episodio en el que, inexplicablemente, desaparecieron decenas de personas que habían sido sacadas del edificio con vida por los miltares, comienza el genocidio de un partido político que era producto de acuerdos en busca de la humanización del conflicto colombiano: la Unión Patriótica (UP). Según cifras conservadoras, en este lustro fueron asesinados más de 3.000 de sus militantes y dirigentes a manos de una alianza entre el paramilitarismo, discreta pero abundantemente aceitado por los terratenientes y las clases dominantes colombianas, y el narcotráfico. El delito: pertenecer a un partido de izquierda nacido de negociaciones de paz con uno de los grupos guerrilleros más fuertes por esa época. Entre las víctimas se cuentan dos candidatos presidenciales: Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo Ossa. La mayoría de estos asesinatos, al igual que el de Gaitán, se encuentran aún en la impunidad. Y no puede olvidarse otro hecho, distinto, pero relacionado: el magnicidio en extrañas circunstancias de Carlos Pizarro, candidato presidencial por el para entonces ya desmovilizado M-19.

El olvido que seremos

Este es un vistazo a la historia del país en el siglo XX. Este es el país en el que el padre de Héctor Abad Faciolince fue asesinado. Este es el país en el que un luchador por los derechos humanos y por la satisfacción de las necesidades básicas del pueblo fue muerto a tiros. Este es el país donde, como bien lo muestra la semblanza hecha por el autor, habitaba, vivía y soñaba un hombre común y corriente, a quien lo único que hacía diferente era su profunda conciencia social. Una conciencia social que se manifestó cuando, un día que no podía ir a la universidad a dictar clase y que su hijo le dijo que les avisara por teléfono a sus alumnos, le contestó:

¿En qué parte del mundo crees que estás viviendo, en Europa, en Japón? ¿O te parece que aquí todo el mundo vive en Laureles? ¿No te das cuenta que en Medellín hay barrios donde ni siquiera tienen agua corriente, y van a tener teléfono? (página 26).

Una conciencia social que se expresaba en su exasperación por las «“curaciones milagrosas” y las “nuevas inyecciones”, que los médicos daban a su “clientela particular” que pagaba bien las consultas» y en su rechazo hacia «quienes “sanaban” niños, en vez de intervenir en las verdaderas causas de sus enfermedades, que eran sociales» (página 47). Un hombre cuya voz fue acallada por personas como el doctor Ramírez, que aún existen, y quienes no respirarían tranquilas «hasta no ver colgado a Héctor de un árbol de la Universidad de Antioquia». Personas que no descansarán hasta ver colgados a todos los líderes sociales de todos los árboles de Colombia. Personas a quienes valdría la pena formularles la misma pregunta que la esposa del doctor Abad le formuló al doctor Ramírez: «Doctor Ramírez, ¿ya está respirando tranquilo?» O mejor, decirles lo que los valientes trabajadores bananeros les dijeron –según el relato de Gabriel García Márquez– a sus verdugos aquella aciaga madrugada de 1928 en la plaza de Ciénaga, Magdalena: «Te regalamos el minuto que falta, ¡cabrón!».

Adenda

Mucha tinta ha corrido también sobre la verdadera autoría del soneto que da origen al título de este libro. En la polémica han terciado, con diferentes puntos de vista, el mismo Faciolince y nada más ni nada menos que el erudito Harold Alvarado Tenorio. Se ha desatado una serie de injurias, en clave de sarcasmo e ironía, como pocas veces se ha visto en la literatura colombiana, tema éste que fue motivo de una conferencia del profesor Rigoberto Gil Montoya en la Universidad Tecnológica de Pereira hace algunos años. Más allá de si Borges escribió el poema o si se trata de un elaborado artilugio apócrifo, es muy interesante que haya servido de excusa para escribir una narración que toca temas sociales tan sensibles como lo hace Héctor Abad Faciolince en esta obra. Es interesante porque al escritor argentino siempre se le ha endilgado un enorme desprecio por las angustias populares y no deja de ser irónico que un poema atribuido a su pluma sea telón de fondo en esta clase de relato, que precisamente habla con una fina sensibilidad de los problemas que sufren los marginados. En fin, reproduzco el texto tal como lo cita Harold Alvarado Tenorio (ver original aquí):

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y los que seremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el fin, la caja,
la obscena corrupción y la mortaja,

los ritos de la muerte y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá quién fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo,
esta meditación es un consuelo.