Luego de analizar el complejo caso en el que se encuentran involucrados Gustavo Petro y la Procuraduría General, William Ospina comenta de manera crítica sobre la realidad colombiana, los orígenes de la violencia y otros asuntos que le interesan como uno de los más reconocidos pensadores colombianos del momento. Charla previa al lanzamiento este mes de “Pa que se acabe la vaina”, continuación del clásico ensayo “Dónde está la franja amarilla”. La primera parte de esta entrevista está disponible aquí.

 

WILLIAM 6Por: Jhonwi Hurtado

Fotografías: María Laura Idárraga

J.W.H.M: ¿En la actualidad ya se superó el bipartidismo del Frente Nacional?

W.O: La verdad es que no lo creo, porque para superar el bipartidismo no basta multiplicar las etiquetas con las cuales se nombran las mismas conductas, la misma manera de convocar a la ciudadanía, la misma manera de administrar el poder y la misma manera de entender la democracia que se ha tenido siempre. Así ya no sean dos partidos, sino tres o cuatro o siete, mientras no surjan otras maneras de interpretar el país, otras lecturas de la sociedad y fuerzas distintas, todo seguirá igual. Porque si algo ve uno es que las etiquetas se multiplican, pero los protagonistas son los mismos. Que van de una tienda a otra, que van de una etiqueta a otra, que van de un logotipo a otro. Como lo señaló muy bien en una columna reciente Antonio Caballero, pero los protagonistas de la pequeña vida política siguen siendo los mismos y el gran pueblo aplazado, postergado y maltratado sigue excluido de la posibilidad de tomar decisiones, porque solo se le convoca a votar pero no se le convoca a protagonizar grandes hechos de civilización y grandes sueños de renovación social.

J.W.H.M: Usted admira la gesta revolucionaria del pueblo francés. ¿Cuál es esa diferencia entre el pueblo francés y el pueblo colombiano?

W.O: Yo diría que ellos han sido afortunados, en la medida en que han tenido el tiempo de madurar sus ideas, sus búsquedas, sus reflexiones. Pero también los escollos que han tenido que superar son distintos a los nuestros. La sociedad francesa anterior a su revolución era una sociedad muy cruel, muy discriminadora, muy excluyente, muy maltratadora de su pueblo. Pero los franceses no fueron  esclavos nunca.  No fueron siervos de otra raza, como lo fueron acá los pueblos indígenas. A nosotros nos tocó tratar de construir repúblicas sin haber roto con las monstruosas herencias del esclavismo y de la discriminación de los pueblos indígenas, de la abnegación de la humanidad misma de los pueblos indígenas. Y por eso yo digo que era mucho más difícil construir repúblicas en América que en Europa,  que para los franceses con todo y lo que se quejan de lo que les costó hacer su república fue mucho más fácil que para nosotros construir una república, y por otro lado nosotros tenemos un hecho adicional, fuera de esas estratificaciones sociales y de esos racismos, y es que nuestra naturaleza es muy distinta de esa naturaleza europea y sin embargo siempre la miramos con los ojos de Europa. Entonces ahí había una tercera dificultad que no hemos superado todavía, nosotros no conocemos aún la naturaleza en que vivimos, en Europa hay 10 mil o 15 mil variedades de plantas, en la América equinoccial hay entre cincuenta mil y  cien mil variedades de plantas. Y ¿quién conoce todo eso, quién sabe sus propiedades económicas, químicas, medicinales? Eso requiere esfuerzo de conocimiento, de investigación, de ciencia y de tecnología que nosotros no hemos hecho, de manera que vivimos todavía ciegos en un mundo que no conocemos.  Es bueno encontrar responsables, pero no es bueno desgastarse tampoco en la búsqueda de culpables porque las limitaciones han sido muchas

J.W.H.M: “…¿Cómo puede quererse a sí mismo un país que crece con el odio por los indios, y los negros, que son el origen irrenunciable de la mayoría de la población? ¿Cómo puede crecer sin intolerancia y sin resentimiento un país donde los hijos del amor son proscritos y considerados ciudadanos de segunda categoría?…;… ¿Cómo no van a ver deplorable prestar servicio militar los jóvenes, cuando al ejército al que van enfrenta  una guerra contra su propio pueblo?“. Estas son dos citas de “Pa que se acabe la vaina”, las traigo a colación para preguntarle: ¿será que las fuerzas Armadas y la Iglesia buscan en este momento hacer lo mismo que en su momento hizo el Frente nacional? Confundir al pueblo en un discurso de sentirse representado.

WILLIAM 7W.O: Bueno, yo creo que nosotros hemos padecido desde el comienzo de la vida republicana una presencia inadecuada tanto del mundo eclesiástico como del mundo militar en la vida política del país. Yo señalo en algún momento del libro como cuando terminaron las guerras de independencia, las únicas instituciones que quedaban en pie eran el ejército y la iglesia y eran enormes y tenían unas propiedades gigantescas, hasta el punto de que la tercera parte de las propiedades  inmuebles del país pertenecían a la iglesia católica.  Y durante mucho tiempo el ejército y la iglesia hicieron el esfuerzo por hacerle sentir a la sociedad que no es que el ejército y la iglesia pertenecían a la sociedad, sino que la sociedad pertenecía a la iglesia y al ejército y para ello el que el ejército estuviera compuesto muchas veces por indígenas y por negros, y que a la iglesia llegaran los hijos de las familias pobres, que siempre había que destinar un hijo para que fuera  cura y una hija para que fuera monja, como una parte esencial: tributarle la sociedad a la iglesia, pero también de mantener un vínculo casi familiar entre la sociedad y la institución. Eso marcó muy poderosamente al país, yo diría que de todas maneras ambas instituciones han cambiado. La iglesia que tenemos hoy no es la iglesia que teníamos  en los años 30, sobre todo porque en los años 60 hubo una remoción, un estremecimiento muy profundo en el ámbito de la iglesia católica después del Concilio Vaticano II y de la labor del papa Juan XXIII  y entonces en América Latina surgió una sensibilidad social que antes no había existido y por eso se dieron fenómenos como el de Camilo Torres Restrepo,  y el de la Teología de la Liberación y el del grupo Golconda, de gente que a pesar de que pertenecía a la institución eclesiástica tenía una sensibilidad social, se conmovía con el dolor de la gente humilde y se volvió muy crítica de estructura piramidal de la iglesia y de la estructura imperativa de esa institución. Entonces, creo que hay una sensibilidad distinta en la iglesia de hoy, creo que las jerarquías siguen ancladas en su vieja rigidez y en su viejo discurso, y harto duro le está tocando al papa Francisco por modificar un poco esas estructuras anquilosadas tanto del Vaticano como de la estructura extendida de la iglesia por el mundo, pero no es la misma iglesia fanática, sectaria, tiránica, medieval, aunque mucho de eso queda en ella todavía. Y con respecto al ejército, diría que ya se vio también en los años 50 en Colombia un fenómeno muy curioso en que la única pausa de la dominación del viejo bipartidismo colombiano, que fue la dictadura de Rojas Pinilla, fue un momento en que inesperadamente se emprendieron un montón de iniciativas modernizadoras que la vieja dirigencia colombiana no habría hecho nunca: las obras de ingeniería, los hospitales, los aeropuertos, los acueductos que se construyeron en esos  4 años, particular que haya bastado que no estuviera esa élite inmovilista y mezquina gobernando el país para que ya se viera como un asomo de un deseo de ingresar en la modernidad, eso naturalmente naufragó en arbitrariedades y en corrupción; pero dejó una lección: aquí no se volvió  a dejar el poder en manos del ejército por el temor de que de pronto, quién sabe, no había tanta certeza, de que el ejército no tomara tantas iniciativas a favor de la gente.

J.W: En “Pa que se acabe la vaina” se hace mucha mención de Gaitán. ¿Esa muerte ha sido superada por el país?

WILLIAM 8W.O: Bueno, hay una frase en mi libro, que los editores tomaron la iniciativa de poner en la primera página: “La vieja Colombia murió el 9 de abril de 1948, la nueva no ha nacido todavía”. Creo profundamente en eso por una razón: mi argumento central en el libro es que nuestros países fueron incorporados al proyecto republicano mediante un discurso prestado; el discurso de la revolución francesa, de la ilustración, de los derechos humanos, pero la realidad que teníamos en ese momento, a comienzos del siglo 19, no tenía esa madurez que tenía ya la sociedad francesa que acababa de pasar por todos los debates de la ilustración, por el siglo de Voltaire, esta era una sociedad mucho más anclada , no solamente en el mundo de la servidumbre medieval, sino en el mundo de la esclavitud. Entonces todos los países de América Latina que tomaron ese discurso prestado para sacudirse del poder de los reyes de España, necesitaban hacer reformas liberales, para verdaderamente aproximarse al nivel de la democracia y al nivel de la república. Algunos países emprendieron esas reformas temprano. México hizo esa reforma en el siglo 19, Roca hizo esa reforma en Argentina,  Eloy Alfaro hizo esa reforma… pero en Colombia no se abrió camino a la reforma liberal en el siglo 19, y con el triunfo de la república conservadora se aplazó hasta el año 1930 la llegada de los liberales al poder. Se supone que en el año 30, por fin, iba a llegar la reforma liberal tan aplazada en Colombia, que llevábamos 50 años esperando, y aunque a los autodenominados liberales les encanta recordar que aquí hubo una “Revolución en marcha” en los años 30, les gusta mucho olvidar también que en el año 1938  Eduardo Santos decretó la “gran pausa” de la reforma liberal y que todas esas reformas se frustraron; no hubo ninguna reforma ni modernización ni separación Iglesia-Estado, ni nada de eso. Fue esa renuncia a la reforma liberal lo que despertó la indignación gaitanista y el discurso de Gaitán; él quiso encarnar esa reforma liberal que la aristocracia del partido liberal no había cumplido. Y cuando Gaitán fue asesinado en el 48, se frustró la reforma liberal en Colombia, entonces la pausa, como en los equipos de sonido, cuando Eduardo Santos oprimió la tecla de pausa de esa reforma liberal, dejó al país esperando esa reforma y llevamos ya muchos años esperando esa reforma y viendo las consecuencias de que no se haga. De manera que el país no puede haber superado el desencanto y la frustración de Gaitán hasta que las reformas liberales no se abran camino en Colombia.

J.W.H.M: “Colombia era capaz de apreciar los libros, pero no de ayudar a escribirlos”.  ¿Aún se presenta esto?

W.O: Eso ha cambiado un poco en la medida en que durante mucho tiempo los escritores colombianos  se iban de Colombia, no los echaban, pero tampoco los extrañaban si se iban. Y se iban porque había países donde existía un respeto mayor por el oficio de escritor, por el arte en general. Porque tampoco fue cuestión solamente de la literatura. Un fotógrafo como Leo Matiz tuvo que hacerse en México, porque allá era donde estaba esa atmósfera, ese espíritu de respeto. Entonces, cualquier escritor joven y desconocido y apenas dedicado a explorar llega a un país como Francia, y aunque no tenga relación con los escritores siente que su oficio es digno, siente que ser escritor es algo que vale la pena.  Pero a Colombia le ocurrió por fortuna el milagro de que alguien que se fue para abrirse camino como escritor, que fue “Gabo”, no solo recibió el Premio Nobel de literatura, sino antes de eso un  éxito editorial extraordinario, que no siempre es el resultado necesario de una gran labor literaria; hay grandes escritores fundamentales, muy necesarios, que no llegan a tener nunca ese éxito editorial. Pero en el caso de él se dio el fenómeno de una obra extraordinaria y de una gran acogida por parte de los lectores y del mundo editorial en el mundo entero.

Y eso hizo que García Márquez  no solamente recibiera el reconocimiento del mundo, sino también que se volviera un hombre muy rico. Y tal vez esas dos cosas: que García Márquez haya accedido a la celebridad, a la gloria con su premio Nobel y además haya sido muy rico, creó en la sociedad colombiana desde hace unos 30 años, una cierta sensación de que a lo mejor entonces eso no era tan desquiciado y no era tan loco el que quisiera dedicarse a escribir, porque había cierta rentabilidad allí; pero también un proceso creciente de apertura de la lectura, acá la lectura estuvo detenida durante mucho tiempo, yo diría que solo a partir de los años 50 el pueblo comenzó a leer, las clases medias comenzaron a leer , de una manera no furtiva. Porque a Vargas Vila se le leía, pero debajo de las sábanas a media noche, porque no lo podían ver a uno leyéndolo. Todavía son grandes las revoluciones que se tienen que vivir en Colombia con respecto a eso.