Mediante el viaje imaginario de regreso al pasado, que nos propone Charles C. Mann, continuamos la exploración del continente americano, desde el Norte hasta el Sur profundo, destacando algunos casos modélicos que asombran por sus adelantados desarrollos socioculturales y replantean, así, anteriores hipótesis y abren nuevas luces para ir armando el rompecabezas de nuestros orígenes. Ver primera parte aquí.

 

Por: Jorge Hernán Flórez Hurtado*

A manera de preludio

Después de haber establecido que eran solo especulaciones algunas de las hipótesis que los científicos y divulgadores de las Ciencias Humanas habían urdido durante décadas sobre los orígenes del Hombre Americano, el autor norteamericano de 1491 nos lleva por un periplo interesantísimo, que nos permitirá esbozar un panorama cultural de los pueblos que antecedieron a la llegada de las carabelas comandadas por Cristóbal Colón, y que permitirán esbozar la vida en las tres grandes regiones de Norteamérica, Mesoamérica y el subcontinente Suramericano, en aquellas épocas.

Aunque esta historia aún adolece de vacíos, en los últimos cuarenta años un grupo de arqueólogos y antropólogos de diversa procedencia y formación académica ha venido desmontando muchas de las suposiciones que explicaban nuestros inicios, el estado de la Naturaleza americana primigenia, su demografía, su nivel de desarrollo en todos los órdenes. Este colectivo científico derriba, con paciente indagación, los supuestos erróneos sobre nuestra “minusvalía” y “el salvajismo” de los antepasados indígenas y, por el contrario, demuestran la riqueza de las prácticas, los haceres, los saberes y sentires e imaginarios  de nuestras comunidades dispares pero interconectadas por diferentes razones, dejando de lado toda la tradición centroeuropeísta que ha justificado visiones impregnadas de colonialismo.

En aras solamente de ofrecer esta apretada síntesis, queremos resumir algunos puntos esenciales de ese periplo variopinto, comenzando por los pueblos del Norte, pasando por Mesoamérica y finalizando en nuestro entorno sureño, reseñando apenas unos cuantos casos y sucesos modélicos, que susciten el interés de los lectores de LA COLA DE RATA.

Ritual en una ciudad Maya. Ilustración / Cultura mesoamericana

La América del año 1000 d.C.

Si pudiéramos abordar una máquina voladora que regresara al pasado, apenas terminado el primer milenio de nuestra era cristiana, veríamos cómo, en las tierras del Norte, hacia el Este, unos pueblos algonquinos e iroqueses se habían aposentado en tierras cultivadas, mientras otras comunidades se asentaban en las regiones heladas cercanas del Ártico y los grandes lagos; en el Suroeste de Norteamérica, muchos granjeros sobrellevaban su existencia y se enfrentaban a las contingencias de los terrenos y los climas, en tanto otros grupos de nómadas deambulaban como cazadores y pescadores, tratando de subsistir de acuerdo con sus quehaceres y saberes heredados de sus antecesores.

En aquel año 1000, Mesoamérica sería el terreno que cobijaría grandes culturas desarrolladas, como el llamado Imperio Tolteca y la de los Mayas, Monte Albán, los estados Ñudzahui y los principados del Istmo.

En la actual Suramérica, además de los pueblos Caribes, veríamos cómo todo el curso del río Amazonas estaría colonizado por pueblos aborígenes que dominarían las fuerzas avasallantes de la Naturaleza agreste y enfrentarían con inteligencia los grandes fenómenos desatados por los efectos de los mega-Niños. Además de las culturas Huari y las de Beni, encontraríamos aldeas circulares y agrícolas, y la impresionante ciudad de Tiahuanaco, que albergaba cerca de 125.000 pobladores, en un despliegue de altísima organización a todo nivel. Y observaríamos, más hacia el Sur, a muchos pueblos nómadas que afrontaban las contingencias de las tierras, los climas y los fenómenos de la Naturaleza.

Destaquemos, entonces, algunos hechos y sucesos relevantes, para hacernos una idea de nuestro lejano pasado y poder armar el rompecabezas de nuestra genealogía como habitantes de este bello continente que nos ha acogido por las leyes del Destino.

Cahokia, primera ciudad en América. Ilustración / Ancient Origins

En las tierras del alba y los glaciares

Si la nave descrita por H.G. Wells nos dejara aterrizar, hacia el año 1000 d.C., en la confluencia de los ríos Missouri, Illinois y el encantador Mississippi, podríamos observar las primeras construcciones de Cahokia, que se convertiría en un gran puerto comercial en años posteriores. Veríamos que sus pobladores se habían asentado en construcciones sobre montículos de hasta 30 metros de elevación, miraríamos cómo unos maizales se agitaban al viento y presenciaríamos sus costumbres, en un apretado equilibrio con la Naturaleza que los rodeaba en un radio de alrededor de seis hectáreas. observaríamos, asimismo, sus templos dedicados a las deidades protectoras de los climas.

Pero, si aquella nave aterrizara un siglo después, vería una escena sobrecogedora:

(…) un montículo de tierra mayor que la gran pirámide de Guiza. A su alrededor había hasta 120 ejemplares similares, aunque más pequeños, algunos coronados por empalizadas de madera, a su vez circundadas por una red de canales de regadío y transporte, campos de maíz en emplazamientos bien elegidos, así como centenares de viviendas de madera enlucidas en blanco y rojo, con cubiertas de paja de fuerte pendiente, como las de las granjas japonesas tradicionales…(pp. 1232-1233)

Cahokia era un ciudad con cerca de 15.000 habitantes, la que contaba con un puerto concurrido, al cual arribaban canoas con mercaderes de otras partes, que llevaban cobre y madreperlas de sus lugares lejanos; por su plaza principal, de 300 metros de longitud, rodeada de altos montículos en forma de cono o cuadrangulares, deambulaban cazadores que ofrecían piezas raras como búfalos y alces; soldados y emisarios bien provistos de armas se reunían a charlar con los pescadores de red y de garrote, en tanto muchos trabajadores acarreaban grandes troncos para embarcarlos y llevarlos por el río Misisipi a regiones cercanas… De esa algarabía milenaria, como de una gran ciudad moderna, hoy en día solamente quedan unas ruinas que visitan los turistas, que ya saben que ese sitio es de sus antepasados indígenas.

Sin embargo, los escritores del siglo XIX creían que Cahokia había sido erigida por inmigrantes chinos o fenicios o galeses o, incluso, por descendientes de la perdida Atlántida de fábula platónica, o judíos errantes de proporciones bíblicas.

Unos dos mil años atrás, en las tierras del Norte ya existía una cultura como la Hopewell, que preparaba las tierras a gran escala, con el fin de desarrollar prácticas agrícolas en zonas frías; que había adoptado la lengua algonquina y no se dedicaba a la guerra, pero que terminó apagándose hacia el año 400 a.C.

Por otros sitios de aquella feroz geografía, andaban cazadores y recolectores nómadas, mientras que en las tierras costeras de Nueva Inglaterra, unos extensos campos sembrados de maíz, alubias y calabazas, demostraban que también existían pueblos agrícolas, en tanto que en otras regiones, como en la de los estuarios y lagos, deambulaba una población flotante, que se adaptaba a los ciclos de las estaciones, como muchos ricos de hoy, que habitan viviendas en verano y otras en invierno, de manera alternada.

Los pobladores de Cahokia están rodeados de unos enigmas: no se sabe su procedencia ni se conoce cuál era su lengua; se cree que pudieron ser descendientes de la cultura Hopewell…pero, si la máquina voladora aterrizara alrededor de 1250 d.C. no encontraría sino unos cuantos montículos hechos de arcilla, y no vería niños jugando, ni mujeres en sus labores, ni mercaderes yendo y viniendo por el puerto y la plaza y los templos…

Después de la tragedia de Cahokia, vendrán otros hombres huyendo de las Guerras Civiles de Inglaterra y esos “peregrinos” chocarán con la cultura aborigen de Massachussets, se encargarán de borrar tradiciones y cometerán profanaciones y ultrajes a los verdaderos dueños de esas tierras… y traerán plagas y pistolas, para enfrentar los arcos elementales, y, años después, Hollywood se encargará de revivir el drama en historias tergiversadas, como la de John Smith y “Pocahontas”, o los cazadores de búfalos del Oeste, en fin; pero asimismo, construirán dizque la Democracia y el Imperialismo.

Fundación de Tenochtitlán. Mural de la Escuela Primaria “Dr. Eucario López Contreras”

La Mesoamérica del águila y la serpiente emplumada

En el vuelo imaginario que nos propone Charles C. Mann, aterrizaremos en selvas y planicies, conoceremos pueblos antiquísimos que inventaron docenas de escrituras, armaron libros en cortezas de higuera, registraron las órbitas planetarias, desarrollaron calendarios de 35 días, erigieron templos y pirámides gigantescos, ordenaron sus vidas cotidianas en un perfecto equilibrio con la Naturaleza, realizaron sacrificios de hombres y mujeres en homenaje a sus dioses, y concluyeron hasta por inventar el cero.

Calakmul, de la que quedan hoy unas ruinas apenas estudiadas recientemente, era una ciudad maya llamada Kaan (“el reino de la serpiente”), en la que se movían unas 50.000 personas, en un radio de 60 kilómetros cuadrados, con cerca de 6.000 construcciones, entre casas, palacios, templos, graneros y una muralla defensiva, además de barrios que poseían embalses para peces. En medio de una vegetación agreste, los pobladores de Calakmul cultivaban productos que llegaron a sostener a alrededor de 575.000 habitantes de la ciudad-Estado.

Dos pirámides colosales dan testimonio de la magnificencia del Imperio Maya, cuya historia de apogeo y decadencia, solo en años recientes, a pesar de las controversias, y gracias a los  15.000 “textos” inscritos en monumentos, templos y monumentos, se ha venido esclareciendo. Los orígenes de Kaan se enmarcan hacia el año 400 a.C. y su crecimiento y desarrollo está atravesado por una estela de dinastías y monarcas enfrentados, en guerras que recuerdan las clásicas rivalidades de la antigua Grecia. Como en los enfrentamientos entre Atenas y Esparta, ciudades como Kaan, aliada con Oxwitza, desataron una Guerra de Cien Años contra Mutal (60.000 habitantes), hasta que lograron sojuzgarla hacia el 562, en una confrontación que los arqueólogos han definido como La Guerra de las Galaxias. Posteriormente, entre el 800 y 830, Kaan es derrotada, lo que marca el proceso de decadencia de la Civilización Maya, tanto en lo cultural como en el terreno demográfico.

Los expertos señalan que la superpoblación, el consumo exagerado de los recursos naturales y, sobre todo, la sequía, contribuyeron a su desaparición progresiva. Aunque, la historia apenas comienza por descifrarse, en parte, porque los códices escritos por tan alta cultura centroamericana fueron quemados por los invasores españoles…

En el libro de Mann, hay otras historias de fábula: Olmecas, Toltecas, Aztecas… construyeron sus ciudades populosas en torno a montículos en los que se asentaron templos colosales, testigos de rituales espeluznantes en medio de gigantescas figuras pétreas. Un apéndice del libro se dedica a una nueva visión del Calendario Maya, con sus engranajes y cuentas que, aún hoy, nos asombran por su perfección.

Pero, remontándonos en el Tiempo, podremos viajar por la máquina voladora, incluso desde la época de la llamada Segunda Revolución Neolítica, hace más o menos unos diez mil años atrás…

Portada en la extinta ciudad inca de Tiahuanaco. Foto  / Cortesía

En las tierras del cóndor y del río Amazonas

Si la máquina voladora propuesta por Mann, pudiera remontar el vuelo del cóndor intemporal, podríamos conocer desde el aire cómo era el panorama de nuestra América del Sur. Veríamos, por ejemplo, a Tiahuanaco, en el año 1000 d.C. y observaríamos a más de 100.000 pobladores en una de las ciudades más impresionantes de su época, poseedora de un sistema de red de alcantarillado, con agua corriente, paredes coloreadas de manera chillona, con pirámides y terrazas monumentales, muelles y diques de piedra, en un Imperio Incaico (el más grande que ha visto la Historia de nuestro planeta) que se centraba en tierras del actual Perú y con las aguas del lago Titicaca. Como señala C. Mann:

El estado más cercano al Beni tenía su centro en torno al lago Titicaca, una masa de agua andina de 180 kilómetros de longitud, a caballo entre la frontera de Perú y Bolivia. La mayor parte de esta región se encuentra a una altitud de 3600 metros, tal vez más. Los veranos son cortos, los inviernos lógicamente largos. Esta «tierra desolada, gélida», como escribió el aventurero Victor von Hagen, «era a todas luces el último lugar en el que uno podría dar por hecho que se hubiera desarrollado una cultura». Lo cierto es que el lago y sus alrededores son relativamente templados, y que la tierra circundante está menos expuesta a las heladas que las zonas altas que la rodean. Aprovechándose de ese clima más o menos benigno, la población de Tiahuanaco, uno de los muchos asentamientos que han existido alrededor del lago, comenzó a florecer después del año 800 a. C. con el drenaje de los humedales que flanqueaban los ríos que iban a dar al largo, casi todos procedentes del sur. Mil años después, la población había crecido hasta el punto de ser sede de un extenso sistema de gobierno, una suerte de ciudad-estado, también llamado Tiahuanaco (p. 125)

Si hoy en día, la jungla del Amazonas es diversamente hermosa y exuberante, su cobertura vegetal apenas es una máscara que cubre una capa empobrecida, azotada por la lluvia y por el intenso calor que ha erosionado sus suelos superficiales. Con la aparición del libro tal vez más influyente sobre esta región, escrito por Betty J. Meggers, arqueóloga del Instituto Smithsonian, en 1971, titulado Amazonia: hombre y cultura en un paraíso ilusorio, la controversia entre los científicos se ha revivido. Ella sostiene la tesis de que los actuales pobladores amazónicos son herederos de unas técnicas de agricultura basadas en la tala y la quema, y el acto de desbrozar mediante el fuego, herencia de sus antepasados, que vivieron las contingencias de las catástrofes de los mega-Niño, que se repiten en la historia cada 300 o 500 años. Pero, tales aplicaciones técnicas, asimismo, fueron causantes de su decadencia.

Si la máquina voladora en el Tiempo pudiera observar desde los aires todas las orillas del río, podríamos ver a los marajoaras aplicando técnicas agrícolas similares a las actuales, entre los años que van del 800 al 1400 a.C. Pero, la maestría de sus cerámicas con dibujos y representaciones de animales y plantas, daría cuenta de que esta sociedad antiquísima hacía gala de una gran sofisticación para enfrentar los embates de la Naturaleza circundante.

No obstante, los trabajos de otra arqueóloga estadounidense, Anna C. Roosevelt, quien exploró una cueva de pinturas rupestres hallada en la población de Santarém (Brasil), cuestionaron las tesis de Meggers: los Marajoaras existieron por más de 1000 años, con un sistema de subsistencia y de obras públicas que aseguraba la sostenibilidad de alrededor de 100.000 habitantes. Trece mil años antes, ellos no subsistían de la caza sino de los cultivos de papaya, mandioca y pejiyabe, y de la tala de árboles a punta de hachas de piedras. Sus innovaciones tecnológicas fueron asombrosas, hasta el punto de que aprendieron a evitar las crecientes constantes, a vivir en islas flotantes y a cultivar en tierras exógenas, o a refugiarse en cuevas como la de Santarém…

Todo el Amazonas fue colonizado. Quizás, nosotros, provenimos de allí.

 

Un epílogo en suspenso

En estas dos entregas acerca de los casos modélicos que nos trae el interesante libro de Mann, apenas hemos dado un vistazo a algunas sociedades y culturas que se asentaron en América, antes de la llegada de Colón y sus acompañantes.

En el rompecabezas de nuestras genealogías, quedarán muchos datos sueltos, como el descubrimiento de que el primer hombre suramericano se ha datado en Chile; que, posiblemente, nuestros primeros aborígenes llegaron de otros continentes, vía marítima; que los marcados acentos fisiológicos entre algunos de nuestros indígenas y polinesios y melanesios pueden ilustrar nuestra procedencia…

Quedan todavía muchos cabos sueltos sobre nuestros orígenes verdaderos.

No obstante, gracias al trabajo de Charles C. Mann, en su revelador y polémico 1491, nos podremos adentrar en otra discusión demasiado interesante, acerca de cómo nuestras riquezas, en metales, piedras preciosas, plantas y verduras, permitieron abrir una “herida colonial”, pero asimismo dieron lugar a una Globalización económica y cultural, un año después del supuesto “descubrimiento” de nuestro continente por unos hombres de tez morena, que cargaban cruces, y perseguían indígenas con canes asesinos, y que creían haber llegado al Paraíso terrenal, o a tierras más allá de Cipango, o incluso a un reino de seres que habitaban las profundidades del océano.

Pero, esta será otra historia. Con otros vuelos de máquinas que surcan los confines del Tiempo Inexorable.

 

Nota bibliográfica

Para esta reseña nos hemos valido de la versión digital castellana, publicada en 2005 por espapdf, de la traducción realizada por Miguel Martínez-Lage y Federico Corriente. De la segunda edición en el original inglés, titulada New revelations of the Americas before Columbus (Vintage Books-Random House, New York, july 2011)

 

*Jorge Hernán Flórez Hurtado (Aguadas, 1958), con estudios en Filosofía y Letras, actualmente residenciado en Manizales, se ha mostrado siempre interesado en recobrar la memoria de los pueblos cafeteros andinos y de otras latitudes. Posee obras inéditas en ensayo, poesía y novela, y colabora con regularidad en varias publicaciones periodísticas y literarias del orden regional.