Siguiendo el trazo del mulangaje en la música afroantillana. Ensayo con banda sonora.

chango

Por: Cristian Cárdenas Berrío

Ebrio de ron, de tambores y de Orishas cuya existencia ignoraba, mi padre solía llegar en algunas madrugadas a bailar conmigo en sus brazos Guede Zaina de la Sonora Matancera, en voz de la profesora Úrsula Hilaria Celia Caridad De La Santísima Trinidad Cruz Alfonso, que se llamó en la pila y afortunadamente solo allí, la guarachera Celia Cruz. Así, de esa manera inconsciente y feliz, mi padre y yo nos vinculábamos con un diálogo de siglos entre África y América; diálogo que a pesar de muchos esfuerzos, el amo esclavista nunca pudo silenciar porque se entablaba entre el corazón y el Batá; diálogo que es marca y señal de reconocimiento de mulangaje espiritual, ya que a la manera del ICTUS de los primeros cristianos o a las téseras de los griegos, las miradas que se cruzan en las galeras de las salsotecas, mientras Ismael Miranda con la orquesta Harlow, ritualiza a la vez que canta: “Abran paso que yo vengo bien caliente/ con Santa Bárbara a mi lado con su copa/ y con su espada para aliviarme de todo mal…”, nos sirve para identificarnos y encomendarnos a Changó mientras bailamos, para que nos alivie de ese mal de siglos que consiste en  es encontrarnos entre la mezcla de nuestras sangres.

Por esa intuición de la sangre desde pequeño asocié la música salsa con una alegre solidaridad. En casa, era en medio de charangas, sones, boogaloos… donde se compartían comida y alcoholes, tristezas y júbilos, inquietudes y esperanzas. Incluso algunos achaques menores de cuerpo o psique se olvidaban mientras los tíos bailaban al compás de la voz de Celina aquello de: “Ay Babalú Ayé/ padre mío San Lázaro…/ Ay padre mío aehh/ padre mío San Lázaro…”

salsaAlguien pensará que es extraño que la música sane, pero yo lo sé. Y es que existen maneras de saber ajenas al silogismo, extrañas a ese invento académico de la lógica. Lo que desde adolescente yo sabía con el cuerpo, aquello que entendía en el sudor de la danza acompasado con el percutir de los cueros, lo que leía en las caderas de mi pareja, hoy sé que se llama mulangaje, ese sentimiento de hermandad en medio del viaje de la existencia, ese reconocernos en los trazos musicales de África, como dijera ese hijo de Elegua, abridor de caminos conceptuales que fue Éduard Glissant. Pronto –al menos eso creo- porque por pronto me refiero a los 14 o 15 años, entendí que la negredumbre no era una cuestión de niveles de melanina. Si fuera cuestión de piel no tendría explicación que en los bares de La Paila, el resto de mundo (quien esto escribe era el único de piel blanca) y yo sintiéramos la misma emoción cuando los bafles tronaban con la voz del bárbaro del ritmo cantándonos: “En mi Cuba nace una mata/ que sin permiso no se puede tumbá’ee/ no se puede tumbá’e/ porque son Orisha/ esa mata nace en el monte/ese tronco tiene podé/ esa mata é/ siguaraya”. Hasta hace poco cuando me imponía la tarea de trasmitir a alguien lo que siento con la música afroantillana, me encontraba lleno de emociones y algunas intuiciones, cada vez que trataba de comunicar esa experiencia a mi pareja solo atinaba a decir, frente a su atónita mirada, que lo que pasa es que soy un negro que nací blanco. Hoy tengo múltiples conceptos y creo que algún argumento.

Pero también tengo perplejidades. Solo hasta leer esa epopeya negra que es Los orígenes del maestro Manuel Zapata Olivella entendí –y estoy comenzando a aceptar– mi necesidad y comodidad atávicas de buscar las ceibas y samanes centenarios del pueblo donde vivo.

mulangajeDe igual manera creo entender lo que le pasa a William, mi padre –gran bailador– cuando a los 3 minutos 23 segundos de Agúzate, Bobby Cruz canta: “Oooh yo siento una voz que me dice, cuida’o que te están velando” y con esa señal comienza un frenesí contenido, algo sube por sus piernas que las hace moverse como si tuvieran pólvora y hormigas, alguno dirá que en ese instante lo monta el santo; no obstante, yo creo entrever –en el baile delirante de mi papá y en mi sentimiento de hermandad con aquellos árboles– una experiencia del muntu americano que nos enseñará aquel madrugador hijo de Changó nacido en Lorica.

Aunque el Benny diga que “para tocar montuno no hace falta papel, ninguno, ninguno” y a pesar de que nuestro salsero antioqueño Gustavo Quintero le responda que él “no necesita ser un profesor, para bailar la rumba en cualquier salón”. En mi caso y por mi condición de docente, me acompañan también perplejidades académicas y pedagógicas. La primera tiene que ver con el hecho de que la cátedra de afrocolombianidad, la cual –ay maestro Zapata se ha convertido en un saludo a la bandera. El 21 de mayo es otra fecha entre tantas, donde se busca de afán algunos estudiantes negros que deseen realizar algún baile folklórico o, como alguna vez lo presencié, se reparten chontaduros gratis en el descanso.

Lo segundo tiene que ver con la urgente necesidad de construir estado desde el aula. El imaginario de nación y de sociedad pasa de manera inevitable por aquello que leemos con nuestros estudiantes y por la manera como lo leemos. Lo que tenemos hoy en día es una interminable fila de autores y libros esclerotizados, así como una cantidad de lecturas –y esto es necesario decírnoslo- no malas, sino perniciosas. Partamos de que así como se da de comer, también se da de leer y es muy perjudicial alimentar con lecturas  estereotipadas, en las cuales el negro y su aporte a nuestra cultura es casi nulo por no decir inexistente, lo mismo podríamos decir del indio, de la mujer, del homosexual… y en adelante corresponde poner un penoso y enojoso etc. Lo canónico entre nosotros es dogma, es menos una medida que un artículo de fe y como cualquier credo exige de turiferarios constantes frente a las aras de las divinidades mayores. El desafío que nos impone a los maestros esta cátedra de afrocolombianidad es claro, debemos rescatar la condición herética de la literatura, debemos militar en el cimarronaje estético del maestro Olivella. Lo mejor para esto –pienso yo– es rogar junto a Celina y Reutilio al Orisha belicoso que habita los volcanes: “[…] Agayú solá/ préstame tu fuerza/ tu fuerza bendita/ que quiero vencer.”

El hilo de Olofi sigue tenso entre América y África; es cuestión de afinar el oído para alcanzar a escuchar la reverberación de los ecos que nos ponen en relación, de dejarnos permear por el sentimiento de mulanjage. Reverberaciones, ecos y sentimiento que –al menos yo lo siento así- perviven de manera especial en la música afroantillana. Aché para ti interesado lector, aché pa’ to’el muntu.

 

Discografía

  1. Guede Zaina. Intérprete, Celia Cruz.
  2. Abran paso. Intérprete, Ismael Miranda, Larry Harlow.
  3. A San Lázaro. Intérpretes, Celina y Reutilio.
  4. Mata Siguaraya. Intérprete, Benny Moré.
  1. Agúzate. Intérpretes, Ricardo Ray y Boby Cruz.
  2. No hace falta papel. Intérprete, Benny Moré
  3. El profesor. Intérprete, Gustavo Quintero con Los Graduados.
  4. Agayú Solá. Intérpretes, Celina y Reutilio.
  5. Preparen candela. Intérpretes, Los compadres de Cuba, Lorenzo Hierrezuelo y Francisco Repilado.