Si no tuviera que trabajar

Afuera el viento sopla con más fuerza. Introduce las maletas en el carro de su hijo, este sigue intentando comunicarse y no dice nada cuando el viejo termina el trabajo y se aleja. El viejo da vuelta en la casa y busca un lugar dónde descansar.

 

Por Jorge Sánchez Fernández

Fotografía tomada de Pixabay 

Todos van de aquí para allá. La madre empaca el último par de medias y los niños, distraídos con la televisión, ríen a carcajadas cada vez que el conejo escapa del cazador.

−En la nevera queda un poco de carne. Haz alguna cosa para el almuerzo −dice la mujer, mientras intenta recordar si todo está en su lugar.

El padre se encuentra inmóvil en un rincón de la habitación. Con la mirada perdida sigue a sus hijos que pasan como sombras. Lo acompaña Yona, el pequeño perro de su hija, que levanta la cabeza cada vez que alguien pasa. El hijo mayor habla por teléfono, preocupado porque su novia no llegará a tiempo.

−Deberías haber tomado la otra ruta −dice, antes de abandonar la habitación.

En la calle, un vendaval mueve los árboles de aquí para allá, como si estuvieran envueltos en una danza torpe y hermosa.

−Deben irse lo más pronto, antes de que llueva −dice el viejo, sin dirigirse a alguien en específico.

Nadie responde, todo es ruido y confusión.

−Si no tuviera que trabajar iría con ustedes −prosigue, pero de nuevo su voz se pierde en el océano de ruido que gobierna la casa.

Triste y desilusionado, se levanta de su rincón para buscar un par de oídos que lo escuchen. Yona lo sigue lentamente. En la cocina tropieza con su hija, lleva una maleta medio abierta que cae y esparce su contenido al impacto con el suelo.

−¿Ya ves lo que haces? −reprocha la joven.

−Lo siento −replica el viejo, mientras recoge un par de zapatos−. Sabes, si no tuviera que trabajar iría con ustedes, siempre me encantó el campo y en esta época del año…

La joven levanta la última prenda del suelo y con enojo dice:

−Estoy ocupada.

El viejo y Yona quedan solos en medio de la cocina. En ese instante pasa el hijo, atareado con las maletas y el teléfono.

−Ven −dice el viejo−. Déjame ayudarte.

Recoge las pesadas maletas mientras el hijo dice:

−¿Entonces qué vamos a hacer? Se supone que estuvieras aquí hace una hora. Ya todos están listos, te estamos esperando para poder salir…−después de un momento en silencio, el hijo cuelga, furioso.

−¿No llegará? −pregunta el viejo.

−No −responde el hijo, intentando comunicarse de nuevo.

−Sabes −continúa el viejo−, si no tuviera que trabajar iría con ustedes. No me importa el clima, sé que más tarde saldrá el sol…

−Cuidado con las maletas −increpa el hijo−. Son muy costosas y casi las golpeas hace un momento.

−Ji ji ji ¡Lo siento! Está muy pesadas, pero tendré cuidado.

Yona se esconde en las piernas del viejo que tambalean a cada paso.

−Sí, señor. Más tarde saldrá el sol. Quisiera ir con ustedes, pero tengo que trabajar. El campo siempre ha sido mi lugar favorito. Recuerdo que cuando era niño mi padre…

−Papá, te dije que tuvieras cuidado −interrumpe el hijo.

−ji ji ji, lo siento −balbucea el viejo−. Están realmente pesadas y Yona casi me hace caer.

El hijo baja la mirada y ve a la diminuta criatura junto a su padre. De repente toda la furia acumulada explota, como si ese pequeño ser condensara todos sus problemas, y de una patada manda a Yona al otro lado de la habitación. El pobre animal lanza un gemido, escondiéndose debajo de una mesa. El viejo no vuelve la mirada.

Afuera el viento sopla con más fuerza. Introduce las maletas en el carro de su hijo, este sigue intentando comunicarse y no dice nada cuando el viejo termina el trabajo y se aleja. De vuelta en la casa, busca un lugar dónde descansar. En la sala los niños continúan mirando la televisión. Qué lindos −piensa− tan llenos de energía, tan nuevos en este mundo. Yo los acompañaría si no tuviera que trabajar.

Luego de un rato de contemplarlos y de intentar descifrar lo que sucede en la pantalla, dice:

−¿Entonces quién es el malo, el conejo o el cazador?

−El cazador − responde el más pequeño de los niños, sin dejar de mirar.

−Pero si el cazador sólo está haciendo su trabajo −replica el viejo.

Los niños no responden. En ese momento, en la pantalla, aparece un pato malhumorado que sin motivo alguno se ensaña contra el conejo. Le dice cosas hirientes; se ve que el porte del conejo decae por los insultos. Mientras tanto el cazador los espía desde un árbol cercano. Cuando el pato cree ya tener acorralado a su adversario, el conejo se levanta y, corriendo rápidamente, va a esconderse en su madriguera. El pato, entonces, queda solo con el cazador.

−Cuando yo era niño tenía un conejo −dice el viejo, mientras un disparo suena en la tv− y no era nada listo.

Ninguno de los niños parece prestarle atención.

−Cada tanto mi papá le traía zanahorias del mercado. A él le encantaban, pero también comía pasto, lechuga, tomates. Bueno, toda clase de verduras. Era muy bonito. Recuerdo que tenía una pequeña mancha en su pata, de no ser por eso hubiera sido totalmente blanco. Papá solía decir que esa mancha representaba el mal que todos llevamos por dentro; a mí me parecía más el mapa de España.

En ese momento la madre llama a todos los niños, que se levantan sin decir palabra. El viejo queda solo con la tv encendida que ahora pasa un comercial de champú contra la caspa. En realidad, le gustaría comprarse uno. De un tiempo para acá ha sentido una picazón en la cabeza. Guarda el secreto para no incomodar a nadie, esos champús suelen ser muy costosos y una picazón no es la gran cosa.

Perdido en la oscuridad del cuarto, ve una pequeña figura acercársele. Blanca como si fuera un fantasma, Yona se sienta a un lado del viejo, hunde la cabeza arrepentida de lo que sea que haya hecho. El viejo la mira un momento.  De repente oye que la voz de su esposa lo llama desde la sala. Se levanta, como un resucitado.

−¿Dime? −pregunta, con la voz entrecortada.

−Querido −dice su mujer− podrías ir a la tienda por algunas cosas. Los niños quieren comer algo en el camino y no hay nada para prepararles.

Afuera una suave lluvia ha empezado a caer. Sin decir nada, agarra su abrigo, se calza sus botas y sale rumbo a la tienda. Esta vez, Yona lo mira partir desde la ventana. La tienda más cercana se encuentra en la esquina, un pequeño local donde se puede encontrar desde una puntilla hasta un pañal para niños.

La lluvia cae fuerte y sin descanso. Cubre la cara del viejo con un frío velo.

La tienda se encuentra desierta, a excepción de un pequeño hombre con bigote y gruesas gafas. Al viejo le recuerda la imagen de esos marineros antiguos.

−¿Qué tal el día? −pregunta el tendero, sin mucha convicción.

−Frío −dice el viejo−. Hoy mi familia sale de viaje al campo, para huir de este clima que se nos viene encima.

−Es inteligente su familia −replica el tendero, mientras golpea el aparador con los dedos−. ¿En qué le puedo ayudar?

−Necesito una bolsa de pan, queso y salchichas −responde el viejo.

Con un movimiento lento el tendero busca entre su mercancía.

−¿Acaso dijo queso? −pregunta, con el cuerpo casi perdido entre costales de comida.

−Sí, y salchichas y pan.

−Ya, ya, de eso no me he olvidado. Aquí tiene, son $25.

−Yo iría con ellos −dice el viejo mientras saca dinero −, pero tengo que trabajar.

Entrega $50 al tendero que mira el billete y frunce el ceño, de seguro no tiene con qué cambiarlo. Sin embargo, busca entre sus bolsillos y comienza a contar el dinero.

−En esta época del año el trabajo es muy duro −continúa el viejo−. Sobre todo, en la empresa donde laboro: turnos largos, sin descanso, además está el frío…

−Aquí tiene −dice el tendero, estirando la mano llena de billetes.

En ese momento, entra una señora con una gran sombrilla, que al replegarse hace un sonido como de bicicleta vieja.

−Buenas −dice.

Ambos hombres responden el saludo. El tendero comienza a hablar con la mujer que se queja del clima y de las pocas tiendas que abren a esa hora. El viejo guarda el dinero, agarra la bolsa con los alimentos y emprende el camino de vuelta a casa.

 −¿Por qué tardaste tanto? −dice su mujer, agarrando la bolsa de comestibles.

El viejo no dice nada. Una vez dentro de la casa, se quita el impermeable y las botas, se calza un par de pantuflas y se sienta al lado de Yona, que lo saluda excitada.  Los niños corren de aquí para allá sin advertir la presencia del viejo, el hijo mayor aún habla por teléfono, la hija se queja con la madre quien prepara algunos bocadillos. Entre ese mar de gente, el viejo se siente solo.

Al partir, dicen adiós sin siquiera mirar atrás. Después de un momento, todo es silencio. El viejo exhala un suspiro. Sufre una necesidad imperiosa, irresistible, de contarle a alguien por qué no ha ido con su familia, por qué se ha quedado en una ciudad fría y gris en vez de visitar el campo que tanto ama. Es una necesidad tan grande que brota por sus ojos en forma de lágrimas.  Quiere hablar sobre su trabajo, de cómo hace una semana le riñeron por no estar atento a las señales de seguridad, de cómo poco a poco va olvidándolo todo. Afuera, la lluvia se detiene. El viejo mira a Yona, que va de aquí para allá en busca de algo.

Sin decir nada, se levanta pesadamente. Busca el collar de la perra, se lo pone y juntos salen. Mientras caminan por la fría calle, el viejo comienza a contarle a Yona sobre su familia, de los problemas en el trabajo y de su pobre salud. El pequeño animal escucha atento, mientras rebusca con la nariz entre la hierba húmeda

La noche avanza lenta. En el cielo las nubes se abren y dejan ver las primeras estrellas. Yona y el viejo se alejan como un susurro, entre las frías calles de la ciudad.