Fue médico de profesión. Miembro de la Academia Colombiana de Medicina, de la Academia Colombiana de Ciencias Físicas y Naturales, de la Academia Colombiana de Bellas Artes y de varias instituciones extranjeras.  

 

Por: Jorge Triviño

La denominación Gigante de América le fue dada por Enrique Santos Molano, periodista encargado por el periódico El Tiempo, de la ciudad de Bogotá, en una entrevista a Luis López de Mesa, cuando cumplía ochenta y nueve años, exactamente el 12 de octubre de 1964, en la ciudad de Medellín.

Luis López de Mesa, fue calificado como uno de los mayores humanistas de su época,

Aunque sus textos son considerados por algunos como abstrusos por la utilización de su “oscuro” lenguaje, él aseveraba:

Desgraciadamente uno de los defectos capitales de nuestro pueblo es la superficialidad aterradora, que no lo deja consultar, ni investigar, ni ir al fondo de las cosas.

Yo tenía a la sazón catorce años cuando el emérito profesor de castellano, Jesús Lotero Botero, nos deleitó con la lectura de uno de los Apólogos de Luis López de Mesa: El apólogo de la filosofía.

Quedé tan encantado con la lectura, que me prometí comprar el libro para leerlo, pues había dejado en mi una sensación tan profunda como duradera.

Pasado algún tiempo, el libro llegó a mis manos, en una colección de bolsilibros de Bedout, con una ilustración que, por decir lo menos, llamó poderosamente mi atención, pero mucho más la delectación de sus páginas.

De principio a fin me cautivaron: Apólogo de la sabiduría, Apólogo del arte, Apólogo de la religión, Apólogo de la verdad… en realidad, todos me conmocionaron.

Posteriormente, tuve la oportunidad de conocer otra edición de lujo bellamente ilustrada, en manos de un gran amigo.

Nació Luis López de Mesa en Don Matías, el 12 de octubre de 1884 y falleció el 19 de octubre de 1967.

En 1906 publicó Paréntesis moral y luego El libro de los apólogos.

Otros títulos posteriores fueron: De cómo se ha formado la nación colombiana, El factor étnico, Disertación Sociológica, Nosotros y la Esfinge, Perspectivas culturales, La tragedia de Nilse, Escrutinio sociológico de la historia colombiana, Biografía de Gloria Étzel, además de ensayos acerca del universo y del cosmos, publicados en revistas de la época, las cuales reposaban en la hemeroteca de la Universidad de Caldas, pero que ahora han desaparecido.

Fue médico de profesión. Miembro de la Academia Colombiana de Medicina, de la Academia Colombiana de Ciencias Físicas y Naturales, de la Academia Colombiana de Bellas Artes y de varias instituciones extranjeras.

Introdujo en Colombia la Psicología Experimental en 1917, cuya tesis era la posibilidad de medir la inteligencia humana. Director y fundador de la revista Cultura.

Para López de Mesa, existen tres tipos de personas:

    1. El hombre Fantástico, cuyas característica que lo define es la apertura a todos los anhelos y a todas las angustias; el hombre proyectado.
    2. El hombre Categoremático: El hombre sujeto a una certidumbre.
    3. El hombre Anagógico: El que tiende a lo alto, el que tiende más arriba, subentendidas espiritualidad y destino. Según el profesor Luis López de Mesa, el hombre que necesita Colombia: con capacidad de síntesis.

Pero para tener una idea más clara de la magnitud de los escritos de tan ilustre colombiano, tomemos algunos textos, por ejemplo, este aparte del Apólogo del arte, que forma parte de su afamado libro:

La vida, he aquí que a su paso por la tierra, florecen las plantas, alientan la brisa, murmuran las fuentes, alientan la brisa voces sutiles, diafanidad los cielos, y fulguraciones supremas la aurora y el poniente, al paso de sus alas invisibles se inunda de perfumes la campiña, trinan las aves dulces arpegios y en bandadas de vuelo tembloroso matizan la pradera de vivos colores. Al roce de sus alas se encrespa y tupe la melena rubia de los leones, cobra vigor la armada testa de los toros salvajes de la pampa y grácil silueta los ciervos corredores. Y es azul el firmamento, tiene voz la Vida de la tierra y el inmenso mar se cubre de blancas espumas fugitivas y del rumor de sus cambiantes olas.

Y andando incansable y fecunda, visita al fin el dormido corazón del hombre. A su contacto milagrosa fuerza prodigiosa recibe aquel y en su espacio reducido, acaso imponderable en comparación del Universo, copia toda la Vida Universal y la refunde en su Espíritu. La refunde y la engrandece proyectándola en alas de su anhelo, hacia la callada eternidad.

La vida da ritmo al murmullo de los vientos y las olas, cadencia al canto de la naturaleza y voz a las secretas emociones del Alma; así surge la magia de la música en el mundo.

Cincela en el mármol y traza en el muro y en la tela la efigie de los seres vivos y las cosas, con su propio color y la indescifrable precisión del movimiento. Vierte en la palabra la sutileza de los más delicados sentimientos y hace de ella encendido crisol de ideas o arpa cadenciosa de divinas emociones.

Al roce de sus alas invisibles, el corazón del hombre refleja a su manera, todas las creaciones de la divinidad”[1]

 

Tomemos otro texto del Apólogo de las multitudes:

Si queréis hallar los caminos de la verdad suprema debéis hacer el sacrificio constante de muchas cosas adjetivas de vuestra existencia, exaltar prodigiosamente el mundo interior, y nunca alejar de vuestros ojos la misteriosa conexión que hay entre la naturaleza y vuestro humilde ser, solo así…

El siguiente párrafo pertenece al Apólogo de la gloria, y corresponde a una conversación con Zanoni, un adepto que estuvo en suelo colombiano, y de quien fue discípulo directo.

—Mas quizá no es así —añadió el maestro, pensando más y más lentamente—; quizá no sea así. ¿Qué quiere usted? Somos una energía potencial individualizada en el espacio y en el tiempo. La esencia misma de esa potencialidad es manifestarse, ser como ente y como acción. Ninguna satisfacción iguala a la de cumplir nuestras aspiraciones, y ninguna comparación es superior a la de nuestros propios destinos. Obrar, es pues, lógicamente el fin de nuestra existencia, y mayor placer se deriva de la obra más grande y eficaz. ¿No ve usted? Este es el fundamento de la gloria, y ésta también su retribución primordial: el fundamento subjetivo de ser más por la íntima satisfacción de serlo…

Del Apólogo del recuerdo:

—Hijo, respondióme, estaba en otro mundo…—¿Y dónde está ese otro mundo? —Le pregunté desconcertado. Y ella, señalando con la manecita enjuta y blanca, me contestó para siempre. Aquí en lo interior.

       Del Apólogo de la entidad y del futuro:

—Ánima vidente que sabes de la esquiva gratitud, quiero que me escuches: yo soy, en verdad, esa vida que tú evocas, mas ni siquiera yo he construido todavía el ciclo que debo recorrer, ni entiendo un poco de la augusta génesis de la suprema entidad. Pero ya vislumbro la ecuación ideal de nuestro fin: tú y yo habremos de vivir hasta cuando el conocimiento equivalga a toda la realidad creada.

Del Apólogo de la perfección:

—La perfección… tiene que satisfacer todas las modalidades posibles. Es dentro de la naturaleza, armonía universal, y es dentro del espíritu, adecuación con el destino que nos cupo en suerte. Armonía y adecuación se subentienden mutuamente.

Del Apólogo de la ilusión y el ensueño:

 Mas lleno tu corazón desde ahora para siempre de insaciables ilusiones para que combatas el infortunio y las sombras que te asedian; y pueblo desde ahora tu mente de tan gratos ensueños que en ellos puedas vivir lo que falte, que con ellos suplas el bien querido que la muerte te ha de arrebatar. y todos cuantos males te acaezcan acaben ahí en el ensueño de tus noches, y en las ilusiones de tu despierta imaginación. Ve con ellos y sé feliz, ya que no me es dado devolverte el bien infinito ni la eternidad.

Del Apólogo de la eternidad:

La felicidad, comprendió entonces, es un suave sentimiento de gratitud que surge en nosotros de haber armonizado nuestro mundo de ilusiones con alguna realidad exterior. El Alcázar de la Felicidad está en el alma, se dijo.

Del Apólogo del amor:

El hombre y la mujer, con las fundamentales dotes de lo humano, son, sin embargo, fragmentos nada más de un solo ser que el amor conjuga para la armonía de los valores morales, para el complemento de la felicidad y el consuelo de cierta soledad interior que percibimos

        Del Apólogo del primer amor:

La virginidad renace ante el estímulo de todo nuevo amor. Vuelve el corazón a ser adolescente y tímido, vuelve a hervir la sangre, y hálito nuevo de felicidad hará más estrecho aún si se quiere el nuevo abrazo

Del Apólogo de la amistad:

La amistad —añadió lentamente— es indispensable al hombre. Está tan solo el corazón humano. Es tan grande el problema de la vida. ¡Y a veces tan triste la ruta que nos cupo en suerte recorrer! Ella puede regalarnos un consejo oportuno, una palabra de fe, un reproche gentil si fuere necesario; cruzar con una tabla tantos abismos escondidos que acechan nuestras plantas, desahogar el corazón que se asfixia o alegran con su presencia el tiempo de nuestras vidas.

Del Apólogo de la verdad:

La verdad en el cerebro humano es como la luz, penetra mejor cuanto más diáfano sea el cuerpo que la recibe. En nuestra vida hay alimento para muchas generaciones. Ella crecerá hasta dominar el mundo, será vestida por la imaginación de todas las razas, hasta que agotada de llevar el ropaje humano se convierta en un símbolo de lo ignoto suprasensible y atractivo en que repose el corazón del hombre sus dolores, y constituya para su mente una etapa de descanso.

Del Apólogo de la religión:

—El misterio no emerge de la naturaleza universal, el misterio es el alma que nuestra alma pone en la naturaleza universal; el misterio está en el alma, es el alma misma del hombre.

Del Apólogo de la suprema tolerancia:

Y volviendo entonces sobre sí mismo, comprendió que en la ordenación del mundo la lucha no es maldad, sino obligada subordinación de fuerzas.

Del Apólogo de la filosofía:

El agua de las fuentes y el lecho rocalloso de las aguas, la costra terrestre y el fuego interior, todo obedece a movimientos normales, a leyes de la naturaleza, como han dicho los sabios de otro tiempo. Misteriosas relaciones existen entre unos y otros seres al parecer de muy lejanos troncos. Como entre el carbón y el diamante, como entre los silicatos humildes de la arena y la finura, policromía y transparencia de las piedras preciosas, así también incógnita hermandad de origen existe entre las fuerzas de la naturaleza. Y el color, la luz, la masa y la vida son derivaciones más o menos alejadas de una original energía.

Del Apólogo de la contingencia:

La vida normal está hecha para disfrutar a cada instante de una novedad y acercarnos paso a paso a una muerte cargada de infinita novedad

       Y, por último, este trozo pleno de sabiduría sin par:

Nuestra madre creó la ilusión del espacio y del tiempo, que habéis matado vosotros. Nosotros somos el comienzo y el fin. Nosotros somos nuestra madre, el espacio y el tiempo.

       Para finalizar, agregaremos el planteamiento de Luis López de Mesa, en su entrevista publicada en el periódico El Tiempo de Bogotá, e insertada en la edición citada del Libro de los apólogos; acerca de la razón fundamental de la existencia de los pueblos:

Un pueblo existe para interpretar su existencia. Si no sabe para qué ha nacido, y para qué vive, está fuera de su órbita.

 

Bibliografía

LÓPEZ DE MESA. Luis. El libro de los apólogos. Libros del Cóndor. Sociedad Editora de los Andes. Bogotá. 1967. Primera edición definitiva.

 

[1] FRATERNIDAD ROSACRUZ ANTIGUA. Revista Rosacruz de Oro. Año XXIII, junio de 1981 # 27, Bogotá Colombia. Israel Rojas R.