Aurelio Arturo, Porfirio Barba Jacob, Luis Carlos López y Luis Vidales, hombres que dejaron honda huella en la poética colombiana, trascendiendo las normas literarias y sociales establecidas en el tiempo y espacio en los que les correspondió ejercer el oficio, no solamente de escribir, sino, también, de vivir.

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Luis Carlos López
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Por: Daniel Jiménez

Siendo conscientes de los grandes cambios que traía el siglo XX, incluyendo las distintas maneras de ver el mundo, cada uno de ellos buscó, a su modo, hacer una ruptura con la abrumadora influencia hispánica y conservadora en la literatura y en la sociedad de nuestro país.

Comencemos este recorrido con la obra de Aurelio Arturo, aproximándonos en primera instancia a la actitud de cierta manera mística con la que este poeta aprecia la naturaleza. Dicho aprecio y misticismo se pueden notar en poemas como Lluvias, Rapsodia de Saulo, Tambores y Morada al sur. Podría decirse que en ellos la naturaleza, cuando no es el asunto principal, se convierte en el lente a través del cual el autor explora la temática que le inquieta y, también, en el modo en que le hace sentir al lector su profundidad. Este deseo de captar, de absorber la naturaleza, se puede contemplar claramente en Lluvias y en Tambores, en los que la casi total ausencia de puntuación –reducida en Tambores a una coma en el tercer verso y en Lluvias al punto final– parece aludir a la fuidez y armonía sentidas por un apasionado espectador al percibir la calma transmitida por el ambiente circundante. De esta manera, en Aurelio Arturo la trascendencia consiste en su manera de guiar al lector a apreciar con detalle la tierra que constituye su entorno.

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Aurelio Arturo
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Luis Carlos López y Luis Vidales, por su parte, llaman la atención al coincidir en sus obras en el tratamiento de ciertos temas propios de la tensión de la que fueron testigos en un momento histórico atravesado por tantos conflictos sociales y políticos y por toda clase de regionalismos, coincidencia lograda aún a pesar de proceder de lugares diferentes de la geografía colombiana. En Muchachas solteronas, de López y en Oración de los bostezadores, de Vidales, podemos comprobar tales similitudes, así como el estilo ácido en el que trabajaron. Comparemos, por ejemplo, los siguientes versos. Dice el primero:

 

muchachas tan inútiles y castas,

que hacen decir al Diablo,

con los brazos en cruz: – ¡Pobres

                                       muchachas!…

 Y luego Vidales:

Señor

Estamos cansados de tus días (…)

Señor,

Nos aburren tus auroras (…)

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Luis Vidales
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Es evidente aquí la crítica, elaborada en clave de sarcasmo e ironía, a las costumbres religiosas que impedían virtualmente toda clase de progreso y mantenían a la sociedad en un estado paquidérmico. Y la vigencia de tales críticas no se agotó en la época en que vivieron sus autores, sino que se extiende, a todas luces, a la actualidad.

Para terminar este breve panorama, algunas líneas sobre la obra del andariego Porfirio barba Jacob. Decimos andariego porque, no obstante ser antioqueño, terminó convirtiéndose en un ciudadano de Latinoamérica toda. En efecto, en palabras de Germán Arciniegas, «Pensaba que sus actitudes libérrimas y su moral sin freno no eran como para que Colombia las tolerara. “Una bacante loca y un sátiro afrentoso -conjuntan en mi sangre su frenesí amoroso-”». Ciertamente, la Colombia de aquella época –y quizás aún la actual– no estaba preparada para versos como los siguientes: «por las sensuales playas de Lesbos fervorosa» y «Si fue con los mancebos el goce y la ufanía». Pertenecientes a El rastro en la arena, plasma en ellos Barba Jacob una sensación de erotismo que llena todo el poema, pues aún cuando en el resto del mismo no haya una alusión directa al tema erótico, queda de manifiesto el carácter etéreo de la sensualidad.

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Porfirio Barba Jacob
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En momentos en que se celebra nuestra lengua, qué bueno es recordar que también aquí tenemos grandes poetas, autores que han dejado huella en las letras hispanoamericanas. Lo grande no está solamente al otro lado del Atlántico ni solamente en otros idiomas; podemos encontrar joyas, y no pocas, aquí mismo y en nuestra propia lengua.