Philip Winter (Rüdiger Vogler) con su pelo revuelto y quemado por el sol, mascando chicle, viajando entre carreteras, atravesando la Estados Unidos de los setenta en un auto donde podría caber toda su vida: una cámara polaroid, un montón de retratos de lugares ajenos, parecidos entre sí, y una radio que suena sin realmente ser escuchada, una forma de acompañar su nada, su angustia. Este conjunto de imágenes entremezcladas en mi mente, mientras dice:
Nunca sale lo que realmente has visto.
Fotograma Alicia en las ciudades.
Ya no sé bien cuántas veces he tenido este mismo pensamiento, cuando he sido quien observa a través de una cámara.
Recuerdo que un fotógrafo hablaba de comenzar por no fotografiar, sino por ver, ver detenidamente cada escena de la vida. Lo fotografiado solo es una percepción de esa vida, del momento vivido, no es eso que vimos, ese momento ha pasado ¿Será por esto que parece que no sale aquello que se ve, sino aquello que ya no está? Será la prueba de eso, de lo que ya no está.
Entonces, ¿por qué tomar fotografías? ¿Por qué guardar pruebas de la realidad, del haber vivido?
Por varios días me rondó el pensamiento de la dificultosa tarea que es salir de uno mismo, ese suceso, lo que es costumbre, las supuestas «máscaras necesarias» para enfrentar el mundo, para poder «ser»…
“Uno se queda abatido cuando pierde el sentido de sí mismo, y lo perdiste hace mucho tiempo. Por eso siempre necesitas pruebas, pruebas de que aún existes. Tratas tus historias y tus experiencias como huevos crudos, como si sólo a ti te pasaran cosas. Por eso no dejas de hacer fotos, para tener algo palpable. Otra prueba más de que eres tú el que ha visto algo.”
-Fragmento de los diálogos de Alicia en las ciudades, Wim Wenders.
Fotograma Alicia en las ciudades.
La ciudad, ese lugar. Las ciudades donde nos desencontramos tan abruptamente y donde nos encontramos de manera tan particular, como un sonido fuerte que nos obliga a salir de nosotros. La ciudad. Pensé que Philip Winter ha de ser aquel hombre lleno de máscaras, aquellas que no se sabe bien cómo quitarse, cuando la desesperanza es la más grande de ellas. Aparece Alicia (Yella Rottländer), esta niña que hace y dice lo que piensa y que, al andar de lugar en lugar, sin darse cuenta, en ese deambular por la cotidianidad de Winter, se ve también inmersa en lo mismo, pero con otro paisaje, el que ambos miran y miran. Así se encuentran y continúan, en esa compañía, enfrentándose entre ciudades, tratando de darle otro sentido a lo incomprendido. Lo inesperado para continuar.
Esa imagen, el estar perdido entre ciudades. Suspiro.
Fotograma Alicia en las ciudades.
Por momentos vemos a los personajes en encuadres cerrados, la cámara se enfoca en ellos. A través de planos-contraplanos se tiene la sensación de que intentan hablar contigo, buscando intimidad, y al encontrar esa intimidad el lenguaje se desarrolla como una conversación que llega a parecer un monólogo donde te cuentan muchas cosas, pero tienes la obligación de sólo escuchar y hacer silencio. Los fundidos a negro se presentan como el silencio que se busca en medio del ruido de la ciudad y de la mente. Decirse en el ruido. Hablar del ruido. Transformarse en el ruido.
Trayendo a mi memoria la vida en una metrópoli, quisiera volver a esa imagen de mirar y mirar. Dos personas en un tren. Volviendo. Viajando con la certeza de que no hay manera de evadir(se) para siempre. El recuerdo de la inmensidad, como si fuera un cálido alivio que nos rodea, y espera. Esa inmensidad: un lugar donde hallarse, o donde perderse.
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