Por: Jáiber Ladino Guapacha

 

cuando escuches de grandes amores

 

Cuando el placer de la lectura se convierte ya en una forma del amor también, escribir sobre los libros que leemos, es la memoria del amante que recrea instantes luminosos en los que los sentidos se deslizaron por esas formas de la historia, haciéndonos participes de sus secretos, de sus tesoros o de sus pobrezas.

Ahora, cuando la lectura que hemos hecho es sobre el amor mismo, nuestra memoria traicionará menos el recuerdo porque ya no buscaremos la precisión de la escena, sino el eco —la cita textual, el pie de página— con que la poesía se deslizó por los labios amantes: “¿Qué más puedo agregar? Un mismo techo nos reunió; después un mismo corazón. Con el pretexto de estudiar, nos entregamos enteramente al amor. Las lecciones nos proporcionaban esos encuentros secretos que el amor ambiciona” (p. 31)

El agradecimiento que como lectores experimentamos busca en la reseña el hacerse palpable, para que autor y obra encuentren mentes despiertas que se quieran acercar a ellos también. De ahí que nos obliguemos, la mayoría de las veces a contextualizar al uno, a la otra, ofreciendo rutas para que las ideas no se detengan y sigan entregándose generosamente.

 

Biografía amorosa
Esa “ars poética” que intento construir aquí, para mi caso, nace al contemplar Cuando escuches de grandes amores, la obra que recientemente ha publicado El Arca Perdida Editores, del escritor pereirano Eduardo López Jaramillo (1947-2003), y que obedece al impulso mismo del autor cuando reconstruye para nosotros la biografía amorosa de Abelardo y Eloísa, de Juan Sebastián Bach y Ana Magdalena. Después de los tantos libros leídos, López Jaramillo recompone su propio homenaje a los amantes para otorgarles, una vez más, la posibilidad de que se sigan repitiendo sus palabras de amor,  documentando —con la serenidad del esteta que se deleita en las formas— el dato, la cifra y el nombre de la vicisitud enfrentada por la pareja.

La primera pareja que López Jaramillo retrata en su ensayo es la de Abelardo y Eloísa. En una Edad Media en la que las tesis teológicas se defendían con ejércitos reales, para demostrar que se era amigo del pontífice romano, el profesor de filosofía y teología Abelardo recibe bajo su tutoría a la bella e inteligente sobrina del Obispo Fulberto, Eloísa, cuya curiosidad intelectual atormentó al casto hombre letrado, pues no se trataba de un mero entretenimiento al que pudiera renunciar después de saciado el anhelo, ella representaba toda una escuela aprensiva que no descartaba su humanidad, celebraba su clarividencia y también al hombre amante: “Los libros permanecían abiertos, pero el amor, más que la lectura, era el tema de nuestros diálogos. Intercambiábamos más besos que ideas sabias. Mis manos se dirigían con más frecuencia a sus senos que a los libros. El amor se buscaba en nuestros ojos, uno al otro, más veces que la atención se dirigía al texto” (p. 31)

Abelardo-y-Eloísa

La vida religioso para tratar de escapar
Hasta nosotros han llegado anécdotas fragmentadas como la del nombre del hijo de ambos: Astrolabio, la castración de Abelardo como castigo, el matrimonio y la vida religiosa para ambos como oportunidad de escapar al descrédito, que en manos del erudito López Jaramillo quedan debidamente ordenadas y explicadas para que contemplemos la avasalladora personalidad de Abelardo en los diferentes exilios a los que se vio sometido y en los cuales la presencia de su amada Eloísa, a través de la correspondencia, los convirtieron en leyenda.

La segunda historia es la de Juan Sebastián Bach y Ana Magdalena. Sin la transgresión de la pareja medieval, ni sus enemigos, la familia Bach mostrará esa otra faceta del mismo amor, la fuerza con que un hombre y una mujer se sobreponen a la pobreza, a la infravaloración de su ingenio. Dependiente de los antojos de los soberanos de turno, Bach superó la creación de circunstancia para hacerse eterno y brillante, investido de la Divinidad que en el cristianismo protestante le dio los motivos para el vuelo creativo.  Una preciosa historia sobre el amor a la familia, a Dios, al arte, al artista, a la formación del público y de los nuevos artistas.

Siguiendo el hilo de la Pequeña crónica, texto escrito por Ana Magdalena a petición de Gaspar Burgholt, un discípulo cercano a los afectos de Bach, para que el gran compositor fuera mejor conocido después de su muerte, López Jaramillo va proyectando esa memoria del genio musical y el gran pedagogo que fue J. Sebastián, interesado en hacer de la música un mundo al acceso de todos. De ahí, que la afirmación de su esposa sea tan contundente: “Mi verdadero destino llegó a su fin el día en que se apagó la vida de Sebastián y pido diariamente que la gracia de Dios me lleve de este lugar de sombras y me vuelva a reunir con el que, desde el primer momento en que le vi, lo fue todo para mí. Solamente lo terrenal me separa de él” (p. 204)

 

Del pentagrama al abecedario
Imagino el placer que para escribir su ensayo sobre Bach, habrá experimentado el maestro López Jaramillo, pues esto representaba el reto de volver sobre las piezas del compositor alemán e intentar traducir el lenguaje del pentagrama al de los signos del abecedario; las nuevas rutas a las que la satisfacción de una curiosidad daba lugar con la consecución gloriosa de nuevos aprendizajes. En esta medida, vale la pena recordar aquí también, como lo hace el prólogo, el valor de Benjamín Saldarriaga González (Besago), como mentor y guía en esta aventura barroca.

Pero pienso sobre todo en esa satisfacción de retratar al pedagogo cuando uno lo es también, pues el ejemplo motiva a aventuras, a la formación permanente. Eduardo se realizaba en el magisterio: había vivido aprendiendo y no podía ser sino enseñando que encontrara la ocasión para el arte, como lo atestigua en su poema Carta en prosa: …Fatigando las aulas con mis guantes de tiza, / intento repetir lo que han dicho otras voces / aunque parezca siempre ser la primera vez…

Por eso no podemos más que recibir con gozo la publicación de estos dos ensayos biográficos en el tomo Cuando escuches de grandes amores, esperando que pronto llegue el turno de los textos que aún estén inéditos, pues nada mejor como asistir a la clase de un maestro que quiere enseñar. Como la lectura de un libro escrito por quien había aprendido para hacerlo.