El amor, irremediablemente, comienza a surgir. Él, un escritor. Una especie de poeta que, hoy por hoy, es solo un empleado más de una compañía que se encarga de facilitarle la tarea del romance a otras personas. Ella, un software de computadora.

Her

Por: Álvaro José Carvajal Vidarte*

Un hombre escucha todos los días una cálida voz femenina que le habla al oído. Suena abnegada, enamorada, preocupada, divertida. Le hace olvidar sus problemas diarios, aliviana sus pesadas jornadas de trabajo, le pinta sonrisas en el rostro y, como punto cumbre, le ayuda a darle la estocada final a su cadavérico matrimonio; un ser en coma al que solo le falta una firma para, por fin, morir en paz. El amor, irremediablemente, comienza a surgir. Él, un escritor. Una especie de poeta que, hoy por hoy, es solo un empleado más de una compañía que se encarga de facilitarle la tarea del romance a otras personas. Ella, un software de computadora.

 

“Her” (Spike Jonze, 2013) es un largometraje que invita a una reflexión profunda. La era tecnológica, nombre ambicioso con el que se ha querido llamar al tiempo histórico actual, ha traído numerosos cambios en la forma en que se enfrenta al mundo, a la humanidad, al “otro”. La comunicación ha cambiado radicalmente, como si la sociedad de hoy fuera distinta a la de hace un siglo atrás (incluso, a la de hace apenas algunas décadas). Los seres humanos del hoy no se relacionan igual, no conciben a la amistad y el amor y ni siquiera se miran igual a como lo hacían hace dos o tres generaciones. La inmediatez, la posibilidad de relacionarse con otros sin necesidad de estar físicamente en el mismo sitio (o la posibilidad de hacerlo para fines netamente sexuales-recreativos), el anonimato, las inseguridades, el placer, el narcisismo, el fracaso, el ego, han hecho un cóctel que ha llevado a que cada vez más personas “huyan” o “migren” del mundo offline, como lo llama Zygmunt Bauman1, al mundo online.

 

¿Será posible, entonces, que un computador pueda reemplazar a un ser humano? ¿Pueden las experiencias generadas por una voz, una imagen o un conjunto de palabras escritas, reemplazar a la visión idílica de la vida de dos almas que deciden dejar de ser islas separadas y convertirse en una sola, sacrificando un poco de su espíritu narcisista? ¿Está el mundo en un proceso que inevitablemente llevará a la desaparición de la concepción tradicional del amor y la consecuente migración a un visión, aparentemente, inocua, estéril y mejorada, adaptable a nuestros deseos?

Bauman no se atreve a dar una respuesta, aunque advierte que la versión offline del amor “no es amor en absoluto”, sino una forma de alimentar el narcisimo y que responde a dinámicas publicitarias y de consumo. Theodore (interpretado por Joaquin Phoenix), protagonista del filme, probablemente respondería que sí, cansado de sus fracasos amorosos, de su aparente ineptitud al intentar relacionarse con el sexo opuesto, de su fallido matrimonio y de lo feliz que ha sido con un software (“Samantha”) adaptado a sus más refinados gustos y sus más íntimos deseos. Pero, es imposible dejar la naturaleza humana de lado. No hay camino fácil, no hay rosa sin espina… lugares comunes que sirven para retratar el descenlace inesperado que Theodore enfrentará y que, quizá, dé luces sobre el futuro del aparente amor esterilizado que, gracias a la tecnología, hoy se abre paso en un mundo que quiere alimentar el placer de controlar sin ceder ni sentirse controlado.

 

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[1] La más decisiva de las batallas – Revista Arcadia. Recuperado de: http://www.revistaarcadia.com/impresa/especial/articulo/la-mas-decisiva-batallas-el-amor-tiempos-internet-zygmunt-bauman/33198. Se publica con permiso del autor.

*Estudiante de IX semestre de Comunicación social – Periodismo de la Universidad del Quindío, oriundo de Palmira, Valle. Se interesa, principalmente, en el periodismo narrativo, el investigativo y el científico