Apuntes del sociólogo de la escuela de Frankfurt, Theodor Adorno (1903 – 1969), para una historia natural del teatro.
Por: Theodor Adorno*
El aplauso es la última forma de comunicación objetiva entre música y oyente. Lo que acontece en el oyente mientras está percibiendo la música, eso es cosa privada suya. La música suena, impasible, para sí misma. La participación de actividad a los oyentes es, por de pronto, ilusión; solo en la ciega consumación del aplauso llegan a encontrarse. Esa consumación puede remontar a viejos rituales de sacrificios, hace mucho olvidados. Así quizás batían palmas antaño hombres y mujeres, antepasados nuestros, cuando los sacerdotes sacrificaban los animales en el holocausto.
La música no se preocupa ya de eso. Los hombres se hallan separados de ella por la tarima, separados de una mercancía que puede comprarse. Solo en el compás de las manos se percibe el resonar de un origen mítico de la música, que ella, por lo demás, clausura cuidadosamente en sus celdillas.
Por eso, el verdadero y propio aplauso es mucho más independiente del gusto o disgusto del público de lo que éste último se figura. El aplauso se origina de preferencia en representaciones de sociedad, en actos festivos o ante la gloria del nombre de los héroes musicales; suena del modo más contundente allí donde no parte de la posición libremente adoptada sino de una función ceremonial. Al aplauso de conocedores que se tributa a la música de cámara va mezclada siempre una cierta parte de duda. Esta arranca de la acción de elegir en cuanto tal, dimana de la autonomía del oyente, y con ello, en medio de toda la amabilidad, perturba ya la magia del aplauso.
Esto puede apreciarse fácilmente en relación con el siseo de desaprobación. Si el aplauso constituyera libre decisión, el siseo se consideraría frente a él en igualdad de derechos. Pero incluso cuando a nuestra elección le desagrada una pieza o su ejecución, respondemos al siseo, sin intervenir la voluntad, con una indignación a la que se acoge la fidelidad mítica al ritual.
Al virtuoso, antes que a todo otro, corresponde el aplauso, porque él conserva de la manera más neta los rasgos del sacerdote oferente del sacrificio. Los críticos de provincia, que saben dar cuenta de los obsequios que alguno ofrece en solemne ocasión, están, sin que por ello les corresponda mérito alguno, en el camino cierto. Como el torero que brinda el toro antes de entendérselas con él, así el virtuoso mata la pieza en nombre de la colectividad conjurada y para expiación de ésta; por algo cara él con el riesgo de pinchar en falso y resultar ensartado por los cuernos de los etudes transcendentes. Pero después de larga práctica y estrictos usos es capaz de destripar la pieza ya muerta y ponerla a arder ante incógnitas deidades.
Sabrosos bocados se desprenden para placer del auditorio. Pues de la acción del virtuoso tampoco cabe duda alguna al público; éste se agita delirante, y su entusiasmo puede volverse ebriedad sangrienta en la insaciabilidad de piezas de propina. También es cierto que, como en nuestros sueños, en el concierto se han embrollado los caracteres del ritual. A menudo no sabemos ya quien se está ofrendando allí: si la obra, el virtuoso o, en fin, de cuentas, nosotros mismos.
Como acto ritual, el aplauso establece en torno al artista y a los que aplauden un círculo mágico que ni el uno ni el otro son capaces de penetrar. Ese círculo sólo puede entenderse desde fuera. Es aleccionador cuando en alguna pieza teatral se aplaude en el escenario. Ese aplauso desde lejos difunde el espanto; los que lo otorgan más allá, sobre el escenario, se aparecen como fantasmas de la remota antigüedad.
En medio del espanto del sacrificio, parecen ponernos, a los no participantes, máscaras culticas cuya enigmática expresión, mueca de sarcasmo, nos repele; pero por un momento sentimos con cuánta frecuencia nos transformamos, sin saberlo, en tales máscaras. En el máximo grado contribuye la radio a desproveer de su magia el aplauso. Este, transmitido por radio, suena como el fuego que silbando se alza de la alta pira del holocausto.
*Theodor Adorno fue un filósofo, sociólogo y musicólogo alemán, destacado representante de la llamada “teoría crítica de la sociedad”. Es autor de “Prismas”, “Dialéctica de la Ilustración”, “Filosofía de la nueva música”, entre otras destacadas e importantes obras.



