Un hombre bonachón frunce un poco el ceño y obliga su rostro a cobrar una seriedad que comúnmente no tiene. Vestido de traje y con su cuerpo casi vuelto títere adopta la postura que le permite manejar a Joe La Pantera Negra, hecho de pvc, fibra de vidrio, tornillos y remaches, y con quien -aún sin cuerdas vocales- logra pronunciar más de lo que dicen las palabras.

Por Maritza Palma

Fotografía de Andrés C. Valencia

Leer y escribir se ha convertido en un castigo para los niños, que terminan haciéndolo más por obligación que por gusto, y quienes con el pasar de los años le toman pereza a los libros y a todo en cuanto a letras se trate. Frente a esto la escuela se ha quedado corta para que la cosa cambie, de hecho, muchos maestros se han estancado ahí, mirando qué tan redonda es la a y cómo es la ubicación correcta de cada tilde. Pero, ¿dónde están las estrategias de llegar al otro?, ¿de educar con amor?, ¿de divertirnos para aprender y enseñar?, ¿dónde está la lectura que hacemos de los niños y jóvenes; de sus necesidades y de sus deseos?

Para el 2016, el DANE calculó -con base en el censo del 2005- que solo el 50% de los encuestados tienen hábitos de lectura, y entre estos, 3’319.000 colombianos -de 5 a 11 años- dijeron haber leído en promedio 3 libros en el último año; mientras la población mayor de 12 años, 13’696.000 dijo leer alrededor de 4 libros. En ambos casos el mayor porcentaje de los supuestos lectores, correspondiente al 30%, solo leyó 1 libro y la principal causa que da lugar a que el índice de lectura no aumente radica en el desinterés.

Además, en cuanto al nivel de lectura evaluada en las pruebas PISA 2016, Colombia se ubicó en el puesto 54 entre los 70 países participantes en todo el mundo y ocupó el 6to lugar entre los 12 países de América, presentes en las pruebas. Esto, en los casos en que la lectura solo es vista como un hábito medible que todavía no se contempla como una forma de ampliar los horizontes.

Pero Paulo Freire ya habló también de la escritura y la lectura como simples herramientas para leer el mundo, para expresar lo que cada uno sabe. Ya que más allá de ser grandes lectores o escritores, el valor de la lectoescritura debe llevarnos a leernos a nosotros mismos y a nuestro entorno, a saber quiénes somos y a expresar eso que queremos cantar, gritar, hablar, dibujar o danzar; debe ser la materialización del derecho universal a expresarnos, pero a expresarnos con la garantía de que otros comprendan un poco de nosotros mismos.

Búsquedas como esas ya se hacen desde espacios como el Centro Latinoamericano de Educación e Investigación Ser, en donde trabajan desde el año 2015 con el fin de tejer espacios virtuales y presenciales que llenen, a la población interesada, de ideas para fortalecer el desarrollo humano, individual y social, desde los distintos escenarios educativos. Justamente pensando en los niños, niñas y adolescentes, le apuestan en el mes de junio a un seminario taller que explora otras formas de leer, dadas más allá de la mente y la palabra: unas que experimentan con la narración desde el cuerpo, la creatividad y la diversión.

Entonces no se trata de juzgarnos, sino de reflexionar que cuando cerramos los ojos el mundo no se detiene, y que mientras muchos sufren porque sus chicos no leen, ni escriben, otros se ingenian día a día formas de encarretarlos, de sumergirlos en espacios de letras, y de historias dosificadas con pasión. Así que, ¿por qué no aprovechar para abrir los ojos y educar a través del títere, del cuento y de la narración en voz alta?

El 3 de junio Pereira tendrá 5 horas, no para conocer cómo se hace sino para empelicularse con otras maneras de enseñar y para vivenciar que hablar de historia, ciencias sociales, literatura y matemáticas también puede ser un cuento alegre de echar, un cuento que hace más rica la experiencia de un chico que aprende.

Y todo esto porque es necesario bajar del pedestal a la lectura como debería bajarse del pedestal a la ciencia y a la filosofía; bajar del pedestal a la escritura como debería bajarse del pedestal a Gabriel García Márquez y a Fernando Vallejo. Porque así, poniendo estas dos artesanías en el plano de lo común, en las manos de los papás, de las abuelas, de los sobrinos, de las señoras de las tiendas y de las hijas de las vecinas, es que se empieza a anular ese velo que nos dice que leer y escribir son actos aburridos, dones exclusivos de los cultos, los letrados y los intelectuales.

Ver información del taller.