Sobra decir que, así como el punto fijo, que a su vez contiene infinitamente los puntos fijos y las ecuaciones de todos los tiempos, el cuento es la suma de las cosmogonías literarias; desde la Beatriz de Dante hasta los malos versos de Daneri en apología a Homero: “He visto, como el griego, las urbes de los hombres”.

 

Por: Elbert Coes

Ritmo, lenguaje, sintaxis, concisión y elegancia, referencias literarias y cinelógicas, son las virtudes de El teatro de la calle Garay, de Jaime Andrés Ballesteros —Películas favoritas, 2015—, que inicia con una cita particular, casi una sentencia, a la cual ciertos lectores no se someterán. No obstante, el cinéfilo promedio la adoptará como metáfora moderada del oficio, cuestión de hábito. Algo así como tener un horario cinemático; en especial hoy por la facilidad de acceso al servicio streaming.

El éxito que menciona el narrador de El teatro de la calle Garay, relacionado con el horario de proyección de una película, tiene, claro está, mucho que ver con nuestras emociones, y el género predilecto —algunos por miedosos, otros por temerarios, vemos terror al mediodía—. El administrador de una sala de cine es consciente de esto, y no solo por razones financieras. Es verdad que parece un juicio evidente, pero se trata también de marketing a favor del arte; en este caso, del séptimo.

“El teatro Bolaño no era ajeno a la tradición”, reza el texto. Aquí se cierra la sentencia. Y se abre otro elemento que merece un examen detenido: la referencia literaria, hoy obligatoria para quien pretenda elaborar un buen guion. Es el narrador o el autor —probablemente ambos— quien manifiesta explícitamente la referencia del chileno, cuya obra está en gran parte permeada por elementos industriales: el teléfono, la máquina de escribir, la cámara fotográfica. Indispensables en el relato noir, atmósfera que, con cierta dulzura, permanece de principio a fin en el relato de Ballesteros.

Recuerdo el cuento del infrarrealista en que cierto periodista, instado por su superior, acude a la casa de una prestigiosa bruja cuyo teléfono recibe llamadas desde el Más Allá. Además de esos elementos, Roberto Bolaño recurre a la ciudad como escenario de pistas y secretos. La urbe es el lugar donde mayormente se encuentran las salas de cine. En el cuento, la calle Garay se halla en medio de una ciudad decaída, que “espontáneamente había reaparecido”. Esta oración, en principio simple, expone a Bolaño en representación de todos los autores, y de la importancia cultural que tiene el cine. Una calle deslucida que revive a causa de la industria del celuloide.

Tampoco hay que inadvertir el hecho de que, otra vez metafóricamente, el teatro Bolaño se instale entre una calle lúmina y una especie de tugurio, “zona de tolerancia”. Para explicar esta imagen se me ocurre la doble —quizá triple— referencia a Borges. Estos son trazos deliberados del autor, quien en su libro El cine contra las películas, 2016 —título que merece examen minucioso, puesto que son distintos los términos Cine y Película—, nos muestra cómo se va construyendo poco a poco el cine club que lleva el nombre del literólogo argentino. Tales referencias son: El Aleph, seguido del lugar de residencia de su protagonista, Carlos Argentino Daneri: la calle Garay.

El Aleph se halla en un punto fijo, físico y matemático, del sótano en casa de Daneri —pienso en el final de Interestellar de Christopher Nolan y en Solaris de Soderbergh—. Sobra decir que, así como el punto fijo, que a su vez contiene infinitamente los puntos fijos y las ecuaciones de todos los tiempos, el cuento es la suma de las cosmogonías literarias; desde la Beatriz de Dante hasta los malos versos de Daneri en apología a Homero: He visto, como el griego, las urbes de los hombres”.

Si me bifurqué es porque sin Borges esta reseña resulta improbable, como tampoco se puede analizar a Jaime Andrés Ballesteros, El teatro de la calle Garay, sin evocar el cine club. El nombre de la calle que los citadinos del cuento dieron al lugar en el que se estableció el teatro Bolaño se debe a un prostíbulo ubicado justo al frente, llamado El Aleph. Este es el “performance citadino”, ironía y casi sarcasmo, belleza sensacionalista, explícita, que nos permite aseverar sin duda que la literatura y el cine cobran mayor valor al examen de los proscritos. Hay un plus en tomarse el tiempo para elegir a una prostituta como protagonista de un relato en el que estas dos disciplinas son el tema central.

Las referencias continúan. Si en El cine contra las películas Ballesteros abre citando a Ridley Scott —bajo mis defectuosos quevedos el más virtuoso director de Hollywood—, acá Kill Bill, de Quentin Tarantino, sirve de pretexto para presentarnos a Satine, la prostituta, sabia y elocuente, hija pródiga de la cultura; Saulo de Tarso convertido en Pablo el Apóstol.

Extraordinariamente, Satine usa el cine para calibrar a sus clientes; los interroga al respecto y a continuación la calidad del sexo dependerá de las respuestas que de estos reciba. Ballesteros usa otra premisa sencilla para expresar que el cine es la vida misma, y que nuestras decisiones más íntimas obedecen al oráculo que nos profetiza desde un plano secuencia bien elaborado. Andrea, novata en el prostíbulo, quien busca mejorar su clientela —vuelve y juega el marketing—, requiere de un alias, uno moderno y seductor, y Satine entra en escena para precisarle una respuesta platónica: “Pues niña… fácil… empiece a ver películas”.

Ahora, para no dejar hedor de spoiler —revelación adelantada, siempre grave, de una trama narrativa—, finalizo anotando que El teatro de la calle Garay describe el impacto que tiene el séptimo arte en la sociedad, desde lo estructural en una ciudad noir hasta la facultad crítica de un personaje ficticio. El cuento se elabora a partir del cine, que, tal como le sucede a Satine, actualiza, moderniza y evoluciona la vida.