El próximo 14 de enero se cumplen 77 año de su muerte, debemos conmemorarlos dando a conocer su eximia obra a la generación actual.

 

Por / Jorge Triviño

El día 14 de enero de 1942 falleció, a las 3:10 de la madrugada, el poeta colombiano Porfirio Barba Jacob, enfermo de tuberculosis —uno de los poetas colombianos de pensamiento más universal—. Había nacido el 29 de julio de 1883 en la ciudad de Santa Rosa de Osos, Antioquia.

Fue un hombre que sufrió los embates de un destino bastante duro consigo mismo, pero que —sin la menor duda— templó su ser poderosamente y le hizo comprender el misterio divino de la vida.

Su poesía, plena de comprensión de los distintos estados del alma: tristeza, alegría, dolor y plenitud y arrobamiento frente al misterio de la vida, anona nuestra mente por la elevada comprensión que alcanzó el poeta, como ser humano. Bien es sabido que las almas simples alcanzan estados de elevación y entendimiento de temas trascendentales. A las almas simples les está dado tal privilegio.

Barba Jcob estuvo en Manizales después de haber permanecido fuera de Colombia por muchos años. El último país que había visitado fue Perú. Un capitán que había leído sus versos lo trajo hasta Buenaventura.

Pasó luego por la ciudad de Cali, y posteriormente, su gran amigo Juan Bautista Jaramillo Meza le dio albergue en nuestra ciudad.

Silvio Villegas, Aquilino Villegas y su biógrafo Juan Bautista Jaramillo, prepararon una lectura de poesía el día 13 de mayo de 1927, en los salones del círculo del comercio.[1]

Le acompañó un grupo selecto de asistentes, quienes le refrendaron con cálidos aplausos.

Permaneció aquí por treinta días, disfrutando de la hospitalidad y de las viandas que le prodigaron.

Marchó posteriormente para el departamento del Quindío y prosiguió hacia la ciudad de Bogotá —sin dinero y con privaciones de alojamiento—. Allí elogiaron y alabaron a su poesía, pero no al bardo, y tuvo que dormir a la intemperie, lo cual le provocó una afección bronquial, por lo cual fue internado en un hospital de la capital.

Un poco recuperado de la afección, se fue para su tierra, hasta  Santa Rosa de Osos, luego para Yarumal y al final para Angostura. Visitó la tumba de su abuela Benedicta, ante la cual lloró.

Luego, fue a ver a Ricardo y a Julia, en Yarumal.

En 1907 había escrito su hermosa Parábola del retorno, una elegía llena de encanto, de nostalgia y de belleza sin par, donde habla de Ricardo.

Transcribo cuatro estrofas de tan magistral poema, que aprendimos de memoria, gracias a un profesor de castellano, y que recitamos frente a nuestros compañeros de secundaria en el Instituto Universitario de Caldas.

                             Parábola del retorno

Señora, buenos días; señor, muy buenos días…

Decidme, ¿es esta la granja la que fue de Ricard?

¿No estuvo recatada bajo frondas umbrías?

¿No tuvo un naranjero, y un sauce, y un pinar?

 

El viejo huertecito de perfumadas grutas

donde íbamos…donde iban los niños a jugar,

¿No tiene ahora nidos, y pájaros, y frutas?

Señora, y ¿quién recoge los gajos del pomar?

 

Decidme, ¿ha mucho tiempo que se arruinó el molino

y que perdió sus muros, su acequia, su pajar?

Las hierbas, ya crecidas, ocultan el camino.

¿De quién son esas fábricas? ¿Quién hizo puente real?

 

El agua de la acequia, brillante y fresca y pura,

no pasa alegre y gárrula cantando su cantar;

la acequia se ha borrado bajo la fronda oscura,

y el chorro, blanco y fúlgido, ni riela, ni murmura…

Señor, ¿no os hace falta su música cordial?

        Este poema, lleno de nostalgia, de encanto, de belleza y de dulzura, tocó las fibras más profundas de mi corazón, pues yo vivía en las afueras de la ciudad, rodeado de durazneros, guayabos, dalias, lirios, rosas, jazmines y dos hermosos brevos. Cerca de mi casa, varios riachuelo, cantaban dulces sonatas al chocar con las piedras. Esa poesía alimentaba mi alma, sedienta de espiritualidad; además, había tenido una abuela paterna que vendía rosas, dulusogas, moras, yerbabuena, limoncillo y otras ramas preciosas, en el barrio Chipre.

Tiempo después, otro profesor de castellano, nos narró la siguiente anécdota del poeta Porfirio, que quedó también grabada en mi mente juvenil.

Decía él, que mientras estaba alojado en la casa de un sibarita; decidió —un día— irse de allí, y tomando algunos libros para él, le dejó una nota que decía:

       “Me llevo sus libros, porque usted no los entiende. Y sepa que vale más en la vida el oro del sonido, que el sonido del oro”

Esta historia llena de sabiduría, me haría comprender la magnitud del poeta, y luego, me di a la tarea de allegar más información acerca de él; y fue de esa manera, como obtuve varios libros biográficos; empero hay una obra, que a mi parecer, dejó una honda huella en la literatura colombiana, latinoamericana y mundial:

       Canción de la vida profunda, un poema realmente universal

 como quiso lograrlo durante su corta y productiva vida.

Hoy —cuando miro hacia atrás— encuentro que esa poesía ya no pertenece a los colombianos; corresponde a la humanidad su sentido magnífico, su sentido estético, y sin duda en él quedó plasmado un instante supremo de elevación de su alma, al comprender la vida de esta manera.

Su construcción de siete cuartetos, perfectamente estructurados, con una secuencia lógica y con una concatenación perfecta corresponde a un canon universal. La medida  septenaria con que fue construido el universo según las diversas teogonías, incluyendo la cristiana.

El epígrafe de Montaigne, sobre la levedad de la existencia del ser humano, busca en el fondo que meditemos sobre la corta duración de nuestra vida.

¿Qué es la existencia nuestra en el planeta azul, el planeta del amor? Si viviéramos un siglo, ¿qué es este tiempo, comparado con los miles y millones de años de nuestro sistema solar, o con la duración de las estrellas y de las galaxias?, ¿alcanzan siquiera a ser millonésimas de segundo con respecto a ellos? Es apenas un micro sueño en el infinito universo. Inicia el poema así:

Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,

como las leves briznas al viento y al azar.

Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonríe.

La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar.

 

Esta primera estrofa, nos induce a meditar sobre la fragilidad de nuestra existencia, la que él mismo experimentó al verse impelido a salir de nuestro país, y ser arrastrado como una veleta o como un vilano de cardo, a vagar por el mundo, y a sufrir en tierras extrañas; y en las que unos pocos le brindaron afecto sincero. Pero en estos dos versos finales, expresa un anhelo íntimo y profundo, y posiblemente premonitorio:

Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonríe.

La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar.

      

        “Hambre y gloria, eso me dieron en mi patria”, diría en una carta, a su amigo y poeta Juan Bautista Jaramillo, pero él esperaba otra Gloria, la que no se le concedió totalmente en vida. Como muchos otros genios, solo se reconocería su valor cuando dejó de existir.

Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,

como en abril el campo, que tiembla de pasión:

bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,

el alma está brotando florestas de ilusión.

      La segunda estrofa nos conscientiza acerca del poder de la fertilidad, que nos emparenta con la naturaleza, al compararla con la fecundidad de ella en el mes de abril, cuando la lluvia hace su aparición y fecunda poderosamente, y en que el alma nuestra se inflama de ilusión.

Es bien sabido que la humedad es la expresión misma de la vida, y que allí donde hay agua, la vida se manifiesta exponencialmente; entonces las semillas se afirman en el suelo materno; abren sus ramas como brazos y se elevan luego, en búsqueda de los rayos de la luz solar; producen flores y finalmente fructifican y derraman sus semillas de nuevo; igual acontece con nuestra alma: se llena de alegría frente al milagro del florecimiento y el reverdecer ante el vuelo de las aves y sus cantos; ante el movimiento armónico del agua y la fuerza de las rocas; ante el perfume de las flores y sus hermosas formas; ante el poder de la vida.

Tercera estrofa:

Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,

como la entraña obscura de oscuro pedernal:

la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas,

en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal.

 

Aquí, el poeta, ausculta y descubre en sí mismo que hay una sombra que nos arrastra hacia la oscuridad, hacia las entrañas del mundo abisal, del que brotará luego la luz, pues al frotar el pedernal la luz surge majestuosa. Intuye, tal vez, que la oscuridad oculta la luz, como la tempestad oculta el rayo.

 la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas,

en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal.

 

La noche misma, concluye el bardo, contiene pequeños lampos de luz, en su vientre, y hace posible la generación de consciencia, pues ella es propicia para la meditación y para el hallazgo de respuestas a nuestros interrogantes.

Cuarta estrofa:

 Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos…

(¡niñez en el crepúsculo! ¡Lagunas de zafir!)

que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,

y hasta las propias penas nos hacen sonreír.

 

En este fragmento, el poeta, se desliza por estados más divinos que humanos, al encontrar que también en el alma se translucen instantes de elevada comprensión acerca de lo divino que duerme en cada acontecer de la naturaleza: en un crepúsculo; en el agua en estado de quietud, donde se refleja la fuerza del color en todo su esplendor; en que encontramos la razón de ser de nuestras tristezas y en que comprendemos que tras la pasión, se esconde lo numinoso y etéreo, lo puro, lo diáfano y lo sutil y en el que la magia de la vida predomina en su espejo divino.

Quinta estrofa:

Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,

que nos depara en vano su carne la mujer:

tras de ceñir un talle y acariciar un seno,

la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.

 

Este fragmento, nos traslada a esos momentos en que no quisiéramos saber del los placeres que nos brinda una mujer con sus atributos físicos, en que ni siquiera la perfección de la naturaleza y su analogía con lo sensual, lo erótico y el sexo, nos atrae, antes, desearíamos ocultar de nuestra vista la belleza de Venus del Milo.

Sexto cuarteto.

Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,

como en las noches lúgubres el llanto del pinar.

El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,

y acaso ni Dios mismo nos puede consolar.

 

En este fragmento, el poeta, comprende que todo el peso del dolor, le abruma y que no puede soportar la angustia de la existencia. Quizá en uno de esos instantes que sufrió el embate del hambre, del abandono, de verse solitario en algún rincón y de no encontrar una solución a su situación. ¿En qué aislados lugares estaría, sin hallar una mano amiga que le socorriese? ¿en qué antro oscuro? ¿En qué caverna? ¿a quién clamaría sin encontrar un eco a sus dificultades?   No lo sabremos, es un misterio que quedará para siempre irrresoluto. Solo la divinidad comprendió cuánto fue su sufrimiento.

Y para finalizar su extraordinaria oda a la vida, la séptima estrofa —magistral, sencilla y trascendente— de la que podemos decir, es un cierre con un final perfecto que nos emparenta con el genio que tras su leve trascurrir por la vida, nos dejó la indeleble impronta y una visión más perfecta de nuestro tránsito vital.

Mas hay también ¡Oh Tierra! un día… un día… un día…

en que levamos anclas para jamás volver…

Un día en que discurren vientos ineluctables

¡un día en que ya nadie nos puede retener!

              Un viento ineluctable, lo empujó a retornar a su tierra, a contemplar a sus seres queridos, a sus amigos predilectos, a ver la tumba de su abuela; pero también a sufrir el abandono en Bogotá, donde contrajo la tuberculosis que le produciría posteriormente la muerte en ciudad de México; en un aposento en las calles de López, número 98, acompañado del poeta Rafael Delgado Ocampo, su esposa, de la señora Margarita de Araújo y del periodista Armando Araújo.

Como diría de sí mismo, en su poema autobiográfico y testamentario, Futuro:

Decid cuando yo muera…(¡y el día esté lejano!):

soberbio y desdeñoso, pródigo y turbulento,

en el vital deliquio por siempre insaciado,

era una llama al viento…

 

Vagó sensual y triste, por islas de su América;

en un pinar de Honduras, vigorizó el aliento;

la tierra mexicanale dio su rebeldía,

la libertad, su fuerza…Y era una llama al viento.

 

De cimas no sondadas subía a las estrellas;

un gran dolor incógnito vibraba por su acento;

fue sabio en sus abismos —humilde, humilde, humilde—

porque no es nada una llamita al viento…

 

Y supo cosas lúgubres, tan honadas y letales,

que nunca humana lira jamás esclareció,

 y nadie ha comprendido su trágico lamento…

Era una llama al viento y el viento la apagó.

       El próximo 14 de enero se cumplen 77 año de su muerte, debemos conmemorarlos dando a conocer su eximia obra a la generación actual.

 

[1] JARAMILLO Mesa, Juan B. Vida de Porfirio Barba Jacob. Instituto Colombiano de cultura,1972. Pág. 97