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Breve visita con Thomas Mann

Antes que nada, pido a los lectores de la siguiente reseña-cuento, que echen una ojeada a La muerte en Venecia, para que no entremos en tantos malentendidos. Digo tantos malentendidos porque obviamente entraremos en algunos: recordemos que esto no es sólo una reseña, sino también un cuentillo, donde la abstracción está permitida. Ah, otra cosa, quiero pedirle a mi amigo Thomas Mann que me disculpe por la inoperancia a la hora de reproducir tal cual sus palabras.

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Por: Simón Blair

 Ahora sí, empecemos:

Hay algo que despierta más profundamente mis ganas de vivir después de una acalorada y terriblemente aburrida mañana en un salón de clases, escuchando –desafortunadamente– la mayor parte del tiempo a un hombre autoritario y anacrónico de la moda, no de la vida y el sexo, que ir a una biblioteca… bien, como iba diciendo y aquí retomo, no hay nada más sensible y dulce que saber que poder leer algunos libros, además de revisarlos, ojearlos (que también es estimulante) y tener la certeza de que acabados  unos, llegaran indiscutiblemente otros; por obra y gracia de la magnitud del tiempo, que es un hilo de temas que viene y va desde la Antigüedad hasta mi casa que no está lejos de la librería.

Llega el verano y no es la espera anhelante del pueblo que vive sus vientos marinos y mares que devoran soles inmensos renegridos de calor. Llega el verano  y sólo llega el sopor, la angustia, qué haré entonces, el sudor, los dolores de cabeza y todo ello que nos arrastra al temible aburrimiento. Donde no hay una playa, hay una biblioteca, y como no nos untamos crema para broncear, nos contentamos con crema para los dolores de cabeza después de tres horas de literatura bajo un sol de magnitud… pero ya estoy hablando basura -veamos como las palabras sin sentido constituyen parte esencial de la vida misma, lo que podríamos declarar en la inutilidad de la vida, si partimos, claro, de la Lógica Aristotélica: La mayoría de las palabras son basura. La vida está hecha de palabras, por lo tanto, la mayor parte de la vida es una basura-, pero qué va, lo anterior sí es basura fétida.

Junio, Julio soporífero, pero no en una biblioteca donde el aire acondicionado es primordial –lo único que hace dormir es leer libros–, y allá está ella, bastó un vistazo sin pretensión, indirecto, en el que lo único que buscaba era una silla donde sentarse para trabajar en el libro.

Intervención de Thoman Mann

El libro está aturdiéndome y creo que lo único que me salvará será un viaje donde otrora la vida me hubiera vencido y el ímpetu irreductible del arte quisiera mantener resistencia de resistencias ¿La casa de campo?, no. ¿La casa de invierno?, no, porque no es invierno y la soledad aturde más que la desesperación creativa. ¿Dónde iré? ¿Qué lugar se muestra más apropiado?

Cortándole la intervención a Thomas Mann

Recuerdo haberla visto y siento –porque quiero sentir–, que el ritmo cardíaco aceleró y que en mi cabeza empezaba a rondar la idea estúpida del amor a primera vista, aunque la verdad, es que no la recuerdo demasiado.

Me senté cerca de su mesa, en donde leía un grueso libro, donde no podía verme porque yo estaba atrás. Ahora me arrepiento de aquella ubicación; debí, sin duda, sentarme justo en frente suyo, lugar donde hubiera tenido vista directa a su marmórea cara.

Intervención de Thomas Mann

Lo mejor será partir lejos, muy lejos. La ciudad que me venció me volvía a atraer y su nombre no dejaba de darme vueltas en la cabeza, de golpearme con insistente fuerza: “Venecia, Venecia…”

La vida empieza a cambiar y yo,  que soy la vida, cambio con ella. La naturaleza del hombre queda reducida bajo la naturaleza del poeta, y los sueños corren, suben, bajan y la verdad aristocrática de mi nombre se dispersará hasta evaporarse como un gas, donde se  pierde lo noble…

Dejaré que la vida corra, me limitaré a perseguirla, permitiré la emboscada final de su parte, mientras yo mudo hacia una nueva piel y mi cuerpo cambia como un camaleón; hasta que el rayo de la muerte, si me alcanza, me parta en pedazos liberados al viento.

Cortándole la intervención a Thomas Mann

Se perdía la noción del calor allí dentro, qué gran invento el de tratar el aire… Mis manos ya estaban más frías que de costumbre; gotas de sudor crecían de mi palma y morían en el instante de restregarme en  el pantalón.

En reducidas cuentas, me enamoré de unas piernas, de unos zapatos comunes, de una ropa parda, descolorida y un cabello rubio, igual de descolorido a su blusa, que caía hasta un poco más allá de los hombros: la medida límite, la medida pasada de justa.

Intervención de Thomas Mann

El arte disciplinado no es en toda su magnitud un arte puro, sólo llega a ser ordenado, que es el momento en el que pierde la esencia….Qué magnífica vista tiene este hotel, el aire marino, el picante siroco me recuerda los viejos tiempos, el tiempo vencido y que hoy vengo a recuperar.

No tuve problema alguno en casa; mi esposa –que es pintora y está muerta–, no objetó mi partida inesperada y su manifestación se produjo en un primer gesto. “Lo necesitas, lo necesitas, es algo indudable”, me dijo en medio del desorden de su carismático taller.

Cortándole la intervención a Thomas Mann

Cómo me hubiera gustado ver su cara, de la cual su cuerpo anunciaba pensamientos bellos y puros. Sin embargo, no soy un hombre de presagios y tenerla ante mí, así, sin palabras, era más comprometedor. No desafié la vida, y por eso hoy estoy vinculado a las labores más humanas del presagio y el compromiso: escribir. Si tan sólo nuestras miradas se hubieran cruzado yo no estaría hoy en el devenir de las negligentes palabras.

Creo, a pesar de todo, que notó mi presencia.

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Intervención de Thomas Mann

El instinto liberador conduce directamente al argumento metafísico del enmarañamiento, que no es otro que el de la oscuridad de las palabras. Es increíble el estremecimiento del que fui producto esta mañana, cuando tomaba discretamente el desayuno para dar después algunas vueltas por la playa. Entró en la estancia una mujer revestida en joyas, con lo que parecía sus vástagos y una sirvienta envuelta en costosas mantas, que ya empezaban a mostrar manchas e impurezas.

Pero mi sorpresa no fue mayor hasta que pude percibir a un adolescente, exacta copia del narciso natural y no de su perfecta estatura que se puede apreciar en una joya de la arqueología. Hagan de cuenta que ven a Björn Johan Andrésen.

Mi vida cambió para siempre.

Cortándole la intervención a Thomas Mann

Sus pies se movían con insistencia, la libertad era coartada por el silencio de la biblioteca, y sabías bien Simona –así la llamaré, aunque dudo de que sea su verdadero nombre–, que el desorden que ocasiona un bostezo no es permitido aquí. Simona se levantaba de su mesa. La primera vez creí que se marcharía para siempre, pero, me atrevo a creer, en mi íntima vanidad, que me vio cuando corría su silla hacia el centro de la mesa. Me percibió enganchado falsamente en el manuscrito del que he hablado antes. Aunque sea sólo una suposición, la idea no me desagrada.

No percibí su llegada, ni siquiera en ese inmenso silencio del que están hechas las bibliotecas. Simona estaba nuevamente ante su libro, leyendo sin leer…

Intervención de Thomas Mann

Mis días en aquella ciudad, hermosa de publicidad, llamada Venecia, no vivieron en la completa calma de los primeros días. Desde el avistamiento de aquel narciso, héroe de los pecados adolescentes, mis noches se tornaron grises, hundido en el tiempo angosto de las cavilaciones…  “¿Qué me pasa?”  “¿Qué significa todo esto?”

La fuerza intempestiva de la belleza –debilidad de debilidades en el alma del poeta–, oscurecieron el pensamiento con fuerte rayo de luz, muy parecido a la felicidad y la alegría…

El deseo de volver al manuscrito que me limitaba la vida en mi ciudad, volvió a perturbarme, y la voz mística de la profesión me llamaba, me inspiraba en sus laberínticos asuntos y no es de hombres resistirse a los asuntos concernientes de la Asunción del Alma, del engrandecimiento del espíritu. Volví, en el manuscrito, a mis formas aristocráticas, teñidas de la disciplina burguesa, untada de sangre familiar en la que el hombre sólo vive para cumplir los designios de los padres. Sin embargo, soy poeta y huí, escapo todavía, corrí para encerrarme de nuevo en el abismo de lo divino y lo perceptible: la belleza.

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Cortándole la intervención a Thomas Mann

La segunda vez que se levantó de su silla, dejó el libro que leía sobre la mesa; no dudé en levantarme a mí vez, y ver hacia donde iba, qué leía.

Por la presión que ejercía sobre mí su repentina llegada, sólo pude precisar el nombre del autor, en este caso autora: Simone de Beauvoir. Sin lugar a dudas, me había enamorado.

Caminé hacia una estantería cercana de las mesas, me hice el estúpido mientras buscaba libros, les echaba una ojeada y los volvía a depositar en su lugar original.

Miré hacia la izquierda y vi cuando regresaba de la dirección que da al baño. No quise mirarla más y seguí con los libros.

Intervención de Thomas Mann

Ahh (gruñido de perro feroz por mis intervenciones).

Respiro, uno, dos tres… continuemos.

Después de mis acuciantes indagaciones me di cuenta de que la peste se cernía sobre la ciudad. La belleza y la peste unidas. Qué horror. No hay salida para el poeta; su naturaleza se puede describir en el siguiente axioma: la vida nos cubre, pero la naturaleza, tarde o temprano, nos desvela.

Yo, de vida ordenada y sin problemas mayores, me di a la aventura.

Cortándole la intervención a Thomas Mann

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Estaba irritado y deseaba tomarla por el brazo, asirla contra mí y obligarla a hablar: nombre, edad, teléfono, lugar de residencia.

Nunca en la vida me había sentido como ese día. Todo parecía alquilar un sentido, la vida se mostraba alegre y decidida.

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Pelea con Thomas Mann debido a las interrupciones: hablando al mismo tiempo.

La peste está en mí, esa peste que es la cobardía me arrebató los instantes que la felicidad podría ofrecerme, la belleza pareció irse, sin explicación de causa, inadvertida.

Mi aventura era no aventurarme, era querer y no poder, perseguir y perseguir hasta caer mareado, hasta…

Me volví para regresar a mi mesa, caminé hasta… Hasta no verla allí, se había ido. ¿El libro? No estaba. Esta vez era definitivo. Callé como callan los cobardes.

¿La vida? No, amigo, la vida, a pesar de sus circunstancias de eterna duda, siguió su curso normal –que es quizá lo único que no se puede poner en duda–, hasta las profundidades del abismo que es la muerte.