Por Jaime Fernández

Sede de la Buddenbrookhaus, en Lübeck, que perteneció a la familia patricia de los Mann y donde nacieron Heinrich y Thomas
Thomas apostaba por la victoria de Alemania que, a su juicio, supondría la derrota no sólo de la alianza coyuntural en torno a Francia, sino también de las ideas heredadas del Siglo de las Luces y de la Revolución francesa, que tachaba de decadentes e inoperantes, asociándolas a los países Aliados.
También defendía la cultura germánica, que había dado nombres como los de Lutero, Goethe, Eichendorff o Kleist, hasta llegar a Schopenhauer, Nietzsche y Wagner, frente a la supuesta debilidad de la civilización occidental, con su democracia y su política. Otorgaba superioridad al arte y la estética sobre la literatura y a la moralidad sobre el intelectualismo de la civilización. Thomas Mann se define burgués, es decir, un individualista romántico, “producto espiritual de una época suprapolítica o por lo menos prepolítica”, impregnado de aristocratismo “en cuanto clima y sentimiento de vida”, nacionalista y formado en la ética protestante, con su idea ascética del deber profesional.
En cuanto a la confesión explícita de “apolítico” que insertó en el título de su ensayo, también tiene un precedente en Alemania, donde el término politish era sinónimo de epítetos como “taimado” o “hipócrita” y se contraponía a la honradez y franqueza que se atribuía la apolítica burguesía nacional.
En su esclarecedor estudio El proceso de la civilización (1936), el sociólogo Norbert Elias analiza la sociogénesis de la oposición entre “cultura” y “civilización” en Alemania, que se remonta al siglo XVIII, y cuyo renacimiento en los años anteriores a 1919 se explica porque la guerra contra este país se hizo precisamente en nombre de la “civilización”.
Norbert Elias (1897-1990)
Elias matiza que en el ámbito germano-hablante, “civilización” significa algo muy útil, pero con un valor de segundo grado, que sólo afecta a la superficie de la vida humana. Por el contrario, en el concepto “cultura” se refleja la conciencia de sí misma que tiene una nación que ha de preguntarse siempre: “¿En qué consiste en realidad nuestra peculiaridad?”. Había que buscar un hecho diferencial -como se dice en España- que confirmase la superioridad de Alemania como nación sobre Francia e Inglaterra.
Fue Kant el primero que estableció una línea divisoria entre ambos conceptos al señalar que “la idea de la moralidad pertenece a la cultura” y que el uso de la idea en la civilización “se reduce exclusivamente al cultivo del pundonor y de las buena maneras, que sólo tienen un parecido externo con la moral”.
En suma, la burguesía alemana halló en la “Kultur” un instrumento eficaz para distinguirse de los franceses e ingleses, no digamos ya de los pueblos mediterráneos, y forjar una elevada percepción de sí misma que sería de gran utilidad en el largo camino hacia la recuperación de un estatus de potencia hegemónica en Europa.
Posteriormente, Thomas Mann comentó que Consideraciones de un apolítico había constituido “un arduo trabajo de conciencia, una movilización del pensamiento”. Fueron dos años abriéndose camino “entre la maleza” y en los que se debatió solitario “en su tormento”, bajo la presión de la guerra misma. “El problema del ser alemán era mi propio problema. En esto consistía el nacionalismo del libro”.

Consideraciones es una obra compleja y de una exhaustividad agotadora para el lector, en la que Thomas Mann muestra la faceta que probablemente más le caracterizaba, su genio para la mistificación. Como dejó patente en sus novelas y relatos, no necesitaba vivir grandes experiencias para alimentar su imaginación literaria. Cuando se disponía a escribir con la lentitud habitual, le bastaba con recordar las experiencias vitales más nimias -esas que pasarían desapercibidas para quien careciese de su genio mistificador- transformándolas en algo distinto de lo que fueron. De esta manera cobraban trascendencia no sólo para los personajes de sus ficciones sino también para el propio lector.
Aunque en sus escritos autobiográficos reconociera que las anécdotas que atribuye a los protagonistas principales de sus novelas él mismo había tenido la ocasión de vivirlas, los lectores sabemos que entre unas y otras mediaba una distancia que sólo el propio Thomas Mann podía conocer.
Para el autor de ficciones literarias la exageración constituye un recurso primordial. Como intuyen los novelistas, la mayoría de las verdades se ocultan en la exageración, cuya lupa de aumento permite percibir nítidamente detalles cruciales que sin ella se difuminarían. De hecho, los personajes ficticios de los relatos más influyentes son el resultado de la exageración imaginativa de sus creadores, desde Ulises hasta Gregor Samsa, pasando por Don Quijote o Emma Bovary. Es la exageración verosímil la que hace de ellos criaturas únicas, capaces de sobrevivir a quienes les dieron vida, con plena autonomía.

Tonio Kröger, Thomas Buddenbrook, Gustav Aschenbach y Hans Castorp, por citar a algunos de los héroes de las novelas de Thomas Mann, son personajes absolutamente ficticios y autónomos, por más que se inspiren en determinados recuerdos y experiencias vividas por su autor. Y lo son porque no responden a una imitación de modelos reales sino que, como cualquier ser humano, son únicos e irrepetibles.
Si hay un personaje de su universo literario que guarda una mayor semejanza con Thomas Mann es el también escritor Gustav Aschenbach de La muerte en Venecia, quien, impulsado por su imaginación y los dilemas de orden estético que le atormentan, hace todo un mundo de las peripecias aparentemente triviales que le suceden desde la tarde soleada de primavera en que cruzó la mirada con el misterioso desconocido en la puerta del cementerio de Múnich y que le empujaría a viajar a Venecia.
Objetivamente, al solitario Aschenbach no le ocurre nada de particular interés, pero por el relato del narrador sabemos que le ocurre de todo, incluida la muerte a la que, herido por el virus del cólera, se abandona plácidamente en la playa del Lido, en una especie de suicidio, y de cuyas verdaderas motivaciones el mundo exterior no sabrá nada.

Lo desconcertante, aunque no inverosímil, es que Thomas Mann alimentara una fantasía de esta índole. Si al menos hubiese concedido a Aschenbach la oportunidad de imaginar su autodestrucción, sin que llegara a consumarla, quizá lo sintiéramos más próximo a nosotros. Pero en 1911, cuando escribió La muerte en Venecia, se encontraba atrapado en el torbellino ideológico que plasmó cuatro años más tarde en Consideraciones de un apolítico y que era de una naturaleza similar a aquel en el que se hallaba sumida buena parte de la sociedad alemana, con cuyos valores se identificaba.
Tras la fachada de la autodefensa encendida de esos valores nacionales y morales –de acuerdo con la peculiar idea de moralidad que se barajaba en la Alemania Guillermina- se ocultaba el callejón sin salida del peligroso narcisismo que en la guerra de 1914 condujo al país al borde del suicidio y que los enloquecidos descendientes de quienes lideraron esa tendencia culminarían tres décadas después. Pero, al contrario que muchos de sus compatriotas, por entonces Thomas Mann ya había escapado de aquel callejón.
Su proverbial facultad para sublimar sus inquietudes estéticas o intelectuales en una ficción creíble lo convierte en un novelista comparable a cualquiera de los maestros de la narrativa moderna a los que leyó con fruición y que dejaron en su trayectoria literaria una huella profunda.

Pero no es lo mismo trabajar sobre el mapa de la ficción, donde el novelista mueve las piezas y esparcesus obsesiones entre sus personajes, en una afortunada multiplicidad, siguiendo los designios de su imaginación literaria, que sobre el mapa de la realidad, donde lo más probable es que esos movimientos tengan repercusiones que escapan a su control. Y eso fue lo que le ocurrió a Thomas Mann enConsideraciones de un apolítico. Pese a la riqueza argumental del ensayo, la unilateralidad ideológica del ensayista asfixió al novelista. De ahí que años después admitiera que en su prosa había sido más europeo que en sus ideas políticas. En aquel contexto, más europeo significaba más literario.
Al contrario que su hermano, Heinrich se desenvolvía mejor sobre el suelo de la realidad, aunque quizá careciese del genio para la mistificación de aquél. Por ello, en una circunstancia tan peligrosa para su país y para Europa como lo fue la Primera Guerra Mundial, se orientó también mejor que Thomas, eligiendo el sendero acertado. El estilo directo, el trazo rápido y los temas realistas de sus novelas, en las que, a menudo en un registro que oscila entre la sátira y el sarcasmo, muestra el lado oscuro de la burguesía alemana de la época, contrastan con el tono pausado y prolijo y las preocupaciones estético-filosóficas y el simbolismo de las obras de Thomas.
El dispar rumbo literario de cada uno de ellos demostró la fragilidad de Heinrich para manejarse en el terreno de la ficción, en las antípodas de la energía de Thomas, creador de un universo literario con una fuerte personalidad. Después de la Primera Guerra Mundial éste fue tomando conciencia del cambio radical que había experimentado la realidad sociopolítica, en un proceso de adaptación que habría de cristalizar en 1922, cuando pronunció un discurso a favor de la democracia y de los valores de la civilización que unos años antes había denostado.

A partir de entonces no sólo se convirtió en un sincero defensor de la República de Weimar sino que admitió su error ante su hermano, al que en 1928 calificó de “representante clásico del genio artístico germano-mediterráneo”. Pese a reconocer por aquellas fechas el antagonismo entre la atracción por lo estético y la responsabilidad ética, su confianza en el poder transformador de la cultura permaneció intacta. Así, en otra conferencia dictada en 1929 se refirió al papel que ésta debía desempeñar en la solución de los grandes problemas de la época.
Sólo cuatro años después esa confianza ingenua voló por los aires cuando, ante la fachada de la universidad de Berlín y en numerosas ciudades alemanas, miles de libros prohibidos por el régimen nazi ardieron en las hogueras. El adalid de semejante demostración de barbarie no era un tipo inculto sino un doctor en Filología alemana por la Universidad de Heidelberg (y novelista frustrado), Joseph Goebbels, a la sazón ministro de Propaganda del gobierno de Hitler.
Años más tarde, Heinrich y Thomas Mann se unieron en su repudio al nacionalsocialismo. Otra vez fue Heinrich el primero en expresarlo abiertamente, en un artículo publicado en 1933 en la portada de la revista Die Sammlung, órgano de expresión de los intelectuales alemanes en el exilio que dirigía Klaus Mann.
Exiliado en Suiza desde 1933, al principio Thomas se mostró reacio a manifestar en público su rechazo al régimen nazi, temiendo que sus libros desapareciesen de las librerías de Alemania. No llegó a hacerlo hasta febrero de 1936, en parte animado por su mujer Katia y sus hijos Klaus, Erika y Golo. Ya instalado en Estados Unidos, junto a Heinrich –los dos residían en California, a pocos kilómetros de distancia-, aprovechó su fama internacional para denunciar durante la guerra las atrocidades del régimen nazi.

La relación entre los hermanos mejoró. El afecto de Heinrich hacia su hermano menor aumentó con los años, reconociendo su superioridad como escritor. En sus Memorias Katia Mann desveló que fue muy desgraciado en América, donde no conocía a nadie. La publicación de la primera parte de novela histórica La juventud del reyEnrique IV le deparó cierto éxito, pero no se repitió en la segunda parte, La madurez de Enrique IV. Para colmo de males, su esposa, la actriz Nelly Kröger, una mujer depresiva treinta años más joven que él, terminó suicidándose. Thomas y Katia trataron de paliar la pobreza en la que vivió, ayudándole cuanto podían.


