Heinrich y Thomas Mann en 1900

La guerra de los hermanos Heinrich y Thomas Mann (1)

La relación entre los dos hermanos fue siempre problemática y ambigua incluso antes de que, tras la muerte del padre en 1891, la familia se trasladase a Múnich. En sus Memorias, la viuda de Thomas, Katia Mann, reconoció que ya en Lübeck estuvieron un año sin hablarse y que sentían una profunda aversión mutua. 
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Por Jaime Fernández

Pocos hermanos fueron tan distintos, pese a que eran los dos mayores de cinco -dos mujeres y tres varones-, y sólo se llevaban cuatro años. Sin embargo, desde muy jóvenes los unió el amor a la literatura, de la que pronto habrían de arrancar las discrepancias que durante mucho tiempo los mantuvieron alejados. Heinrich (1871-1950) y Thomas Mann (1875-1955) eran “bastante parecidos el uno al otro, pero en el fondo muy diferentes, sus caracteres y sueños parecían ser variaciones opuestas del mismo tema”. Así los definió el hijo mayor de Thomas y sobrino de Heinrich, el también escritor Klaus Mann.

Los temas que compartían  y variaban eran la mezcla de razas, la tensión entre la herencia nórdico-germana y la herencia meridional-latina de su sangre. Había una explicación para que eligieran asuntos tan singulares: los dos eran hijos de un alemán del norte, el senador de la ciudad hanseática de Lübeck y acaudalado comerciante de cereales, Heinrich Mann, y de Julia da Silva-Bruhns, una brasileña de origen germano y aspecto latino, dotada de talento artístico, especialmente para la música.

Los hermanos Heinrich y Thomas Mann

Ellos mismos fueron el fruto de la fusión de orígenes tan dispares en una Alemania cohesionada en torno a un ambicioso proyecto, que pronto habría de revelarse irreal y desproporcionado, de expansión “cultural” –en el complejo sentido que se daba a este término en el Segundo Reich- y en su última fase, también territorial.

Pero la propensión a indagar en las contradicciones de la propia identidad y el oficio de escritor-artista se manifestó de forma más acusada en Thomas que en Heinrich, quien poco a poco se fue despegando del ensimismamiento en la identidad germánica para dejarse influir por autores foráneos y experiencias variadas, al tiempo que observaba con creciente inquietud la deriva chovinista de la sociedad alemana de principios del siglo XX.

En cambio, Thomas orientó sus obsesiones hacia el secreto descontento consigo mismo causado en buena medida por la imposibilidad de canalizar la atracción erótica que sentía hacia jóvenes guapos de su mismo estatus social, como los que amó en su adolescencia y primera juventud. Quizá esto explique sus tendencias autodestructivas, de las que se evadía por la compuerta de la imaginación literaria y de la escritura, distanciándose del dolor de lo real a través de la ironía y observándose como si fuese otro u otros: la pléyade de personajes ficticios en los que se escindió.

Heinrich Mann

Siguiendo con el relato de su hijo Klaus, Thomas Mann cultivaba una inclinación por la “ternura nostálgica hacia los seres rubios y risueños”. “Era un bohemio con mucha conciencia, lleno de añoranza por las delicias de la normalidad”, al igual que Tonio Kröger, el joven protagonista de la bildungsroman(novela de formación) homónima que publicó en 1903 y en la que Thomas se autorretrató con la máxima fidelidad. Por entonces se sentía cómodo en el paraíso bien protegido del hogar burgués. El artista necesita la normalidad para trabajar, pero, claro, la realidad y la vida tienden a salirse de la norma y amenazan con hundirle en un caos permanente.

La relación entre los dos hermanos fue siempre problemática y ambigua incluso antes de que, tras la muerte del padre en 1891, la familia se trasladase a Múnich. En sus Memorias, la viuda de Thomas, Katia Mann, reconoció que ya en Lübeck estuvieron un año sin hablarse y que sentían una profunda aversión mutua.

Edición antigua de “Tonio Kröger”, en la editorial Samuel Fischer

En Heinrich predominaban el orgullo artístico y un menosprecio al prototipo de burgués filisteo y acomodaticio, que se mezclaba con la crítica social al imperio guillermino y su autoritarismo, como desmenuzó en su novela satírica El súbdito (Der Untertan). También las influencias literarias que recibieron fueron distintas, acordes con sus expectativas. Lector asiduo de Fontane, Storm y Turguéniev, Thomas prefería la literatura germánica, rusa y escandinava y cautivaba al burgués con medios discretos y delicados. Según Klaus, sus primeras obras están marcadas por “el tono melancólico- humorístico y la sonrisa irónica nacida de la renuncia y el deseo”. Heinrich se inclinó pronto por la literatura francesa y sentía predilección por Stendhal, Balzac, Maupassant y D´Anunnzio, “sorprendiendo y ofendiendo incluso el gusto burgués alemán con el empuje nervioso de su prosa temprana”.

Los dos hermanos vivían y viajaban juntos, formando una pareja desigual, aunque fraternal. Fueron unos años de buena convivencia. De vuelta a Múnich, después de una larga estancia en Italia, cada uno eligió un alojamiento distinto, dispuestos a continuar sus carreras de escritores independientes. El talento valiente y provocador de Heinrich atrajo pronto a un reducido grupo de entendidos, mientras que los trabajos de Thomas despertaron el interés de un público más amplio.

También sus vidas personales tomaron rumbos muy distintos. Si hacemos caso del testimonio de Katia, en la personalidad de Heinrich la discreción se alternaba con  la impetuosidad y el desenfreno. Le gustaba frecuentar los cabarets. Todo lo contrario de la contención de su hermano menor, quien se casó con la primera chica de buena familia de la que se enamoró –Katia Pringsheim, hija de un prestigioso matemático y apasionado wagneriano de origen judío-, tuvo con ella seis hijos y refrenó sus tendencias homoeróticas al tiempo que se dedicaba a la escritura con disciplina espartana.

 Continuará el martes próximo