CHARLAS DEL LUNES/ EL POETA FERDOUSÍ (IV)

La moralidad que sostiene esta triste historia es oriental y antigua. A pesar de la rabia que inspira involuntariamente Rostam, el poeta no acusa a nadie.

 

Por Charles Augustin Sainte-Beuve*

Rostam, vestido como un turco, entra en el castillo ocupado por el enemigo. Podrá juzgar con sus ojos. Ve al hijo sentado al festín: lo admira, es imposible no compararle la fuerza y la belleza, similares en su raza. Se tiene la impresión de que en algún momento la sangra hablará: “¡Es él!”. El joven Sohrab, por otro lado, cuando viene la mañana, frente al campo de batalla donde reposa el ejército, está ávido de saber si el noble padre se encuentra ahí. En un sitio elevado escucha de un prisionero los nombres de los ilustres jefes que flamean estandartes. El prisionero enumera complaciente a todos, excepto, precisamente, a quien al otro le interesa. Le hace creer que no vino por temor a que él, joven orgulloso, de fuerza indomable, no quiera anunciarse, pues atacando con preferencia al ilustre jefe no causaría gran malestar. Sohrab se encuentra estupefacto, pues entre tantos jefes, el valiente Rostam, el primero de todos, falta al llamado; insiste con más preguntas, pero el prisionero se debate con argucia, y obstinado a seguir guardándose la verdad: “Sin duda el héroe irá a Zabulistán, porque es el tiempo para las fiestas en los jardines de rosas”. A lo que responde el hijo después de sentir cómo la sangre se enardece: “No hables así porque Rostam siempre aparece en los combates”. Pero Sohrab tuvo necesidad de forzar el secreto empujándolo hacia la fatalidad: “¿Cómo quieres tú gobernar el mundo que gobierna Dios? Todas las cosas las determina el Creador. La suerte escribe el destino de una manera que no habrías deseado y, como ella te lleva, es necesario que sigas”.

Sohrab entra en combate. Todo se dobla ante él. Nunca un viejo romano de nuestra caballería ha sentido similares golpes de espada. Se retiran incluso los más valerosos. No hay otra opción sino la aparición de Rostam. El duelo comenzará.

El viejo, observando al orgulloso y joven guerrero, quiere demostrar en primer lugar su piedad:

“¡Oh joven bondadoso! La tierra está seca y fría, el aire seco y caliente. Soy un viejo; he pisado muchos campos de batalla, destruí ejércitos y jamás me han abatido…pero tengo piedad de ti y no quisiera arrebatarte la vida. No permanezcas con los turcos. No conozco persona en toda Irán con hombros y brazos como los tuyos”.

Comprendiendo las palabras que parecían nacer de un alma amiga, el corazón de Sohrab se expande con repentino presentimiento; ingenuamente le pregunta al guerrero si no es él a quien busca. Pero el jefe no estaba dispuesto a saciar de orgullo a un diminuto niño guerrero. Responde con ferocidad que no es. El corazón de Sohrab se pliega inmediato; la nube recién entreabierta se cierra. Prosigue el destino.

Inicia el duelo: hay vicisitudes, singulares peripecias; dura dos días. Desde el primer choque las espadas restallan sobre los cuerpos: “¡Qué golpes! ¡Creímos que traerían la Resurrección!”. Continúa la música de los mazos: ¡es la plena edad heroica!

No hubo resultado. Se detienen de una encarnizada lucha comprometidos para la siguiente jornada. Rostam está sorprendido del encuentro con un semejante, casi un maestro; en algún momento sintió que el corazón desfallecía sin saber realmente por qué. Justo al recomenzarse el combate el joven lanza un movimiento de bondad, pero está cerca de sucumbir, y la naturaleza le confiere un esfuerzo supremo. Se dirige al viejo con una sonrisa en los labios, y como habían pasado la noche amistosamente juntos, dice:

“¿Cómo fue el sueño? ¿Cómo fue el despertar? ¿Por qué preparas tu corazón para la batalla? Tira ese mazo, esa espada de la venganza, aparta todos los instrumentos de impío combate. Sentémonos sobre la tierra y aliviemos con vino nuestras ferocidades. Hagamos un trato invocando a Dios; perdonémonos con nuestros corazones de inquina. Espera que otro se presente al combate y preparas conmigo una fiesta. Mi corazón comunicará amor, de tus ojos hará resbalar lágrimas del dolor. Puesto que has nacido de una raza noble, y vas a combatirme, déjame conocer tus orígenes; no escondas el nombre: ¿eres acaso Rostam?”.

El viejo, también de habitual orgullo, sigue receloso de la astucia del joven para alcanzar la gloria y disimula una última vez, porque no habrá más tregua. Todas las maniobras de Rostam (suprimí algunas) resultan en su contra; apuñala el pecho del hijo, a quien apenas reconoce en ese instante supremo. El joven muere resignado, casi con dulzura, pensando en la madre y los amigos, pidiendo consideración para el ejército de su temerosa acción:

“Durante días les he recitado bellas palabras, les he ofrecido la esperanza que todo lo obtiene; mas ¿cómo no pensé, ilustre héroe, que podía perecer en tus manos?  Estos son los signos indicados por mi madre, ¡malditos mis ojos porque no quisieron ver! El destino está aquí: muero a causa de mi padre. Caí como el rayo y me voy como el viento. ¡Puede ser que te reencuentre feliz en el cielo!”.

Hablando así expiró otro Hipólito inmolado con la fuerza de Teseo.

La moralidad que sostiene esta triste historia es oriental y antigua. A pesar de la rabia que inspira involuntariamente Rostam, el poeta no acusa a nadie:

“El aliento de la muerte es fuego devorador: no repara en la juventud ni en la vejez. ¿Por qué entonces los jóvenes se regocijan si también pueden perecer? Hay que partir sin retraso cuando llega el caballo del destino”.

Para mí sería mejor deducir la moralidad del libro según la usanza moderna, que es estrecha y positiva: conviene saber que la impresión donde encontramos tan bello episodio, y otros, se logra como una precipitación, y que las contrariedades de hace ochocientos años bajo el régimen del sultán Mahmud, escenario de la vida de Ferdousí, no continúan hoy con el proceso adelantado por el sabio editor y traductor, cuyo mérito todos agradecemos.

[Fin]

*“Le livre des rois, par le poete persan Firdousi publié et traduit par M. Jules Mohl”, Causeries de lundi, París, Garnier frères, 1857 (3e éd.), tome premier. Versión de Kevin Marín Pimienta (@_sobreeldolmen_).