Fernando, no te he visto bailar, pero creo en lo que has escrito. Gracias por tu desnudez. Esa de permitirle a cualquier curioso asomarse a los espacios íntimos de la familia, del ensayo, de la dificultad.

 

Por Jáiber Ladino Guapacha

(A propósito de la biografía de Fernando Montaño, Una buena ventura. Penguin Random House, Colombia, 2019)

 

En mi niñez, las huellas que dejaba impregnadas en el fango al caminar con bolsas de plástico con el pasar del tiempo se hicieron más fuertes… Fernando Montaño.

Fernando: he tenido que interrumpir la lectura de tu libro para distraer, con la escritura de estas líneas, visiones del desastre que has evocado en mí, sin que lo pretendieras. Cuentas que después de tu primera presentación como bailarín protagónico en Las dos palomas, “La primera dama me dio una pequeña escultura de una paloma que el presidente me había enviado y que era el símbolo de la paz de mi país”. Me armaste el nudo en la garganta, querido Fer. ¿La paz de tu país? ¿Hablas del mismo país en el que vivo? ¡Ay, Fer! Anoche nada más hablaba con mi mamá del asesinato de dos jóvenes de 24 años en una vereda de Uré, Córdoba, un pueblo pequeño con una historia de resistencia afro tremenda, con un legado cultural que se está yendo al traste porque se impone la obligación de sobrevivir sobre el tiempo para hacer memoria y conservarla.

Sé que tendrás noticias de que la paz que soñamos para nuestro país tiene unos fundamentos débiles. Estamos echando mano de la no olvidada resistencia para protegerla. Pero no he querido escribirte para quejarme. No. Precisamente lo que he querido es traer a colación el desastre de la guerra, su mugre, su sangre, la derrota, para que de ese escenario lamentable emerjas como una esperanza que no es débil, ni pequeña, ni tímida.

Eso has sido para mí durante estas semanas en que te he leído. ¿Y por qué semanas cuando pude haberte leído de un día para otro? Porque he preferido dosificar tanta belleza y no morir de gula. Déjame contarte un poco de quien te escribe esta carta.

Es profesor de lenguaje en un colegio de un pueblito cafetero que ha sufrido durante décadas la violencia. Desde hace años, ese profesor se pregunta cómo pueden la danza y el teatro hacer parte de su programa docente, porque también cree en que las artes está el camino para formar sujetos con más empatía, con más liderazgo, con más conciencia del espacio, del autocuidado, en fin. Por eso se alegró al ver que ese bailarín que había visto en Los informantes ahora contaba su vida y podía conocerlo un poco más.

Desde la primera posición, ese profesor supo que no le sería fácil leer sin sentirse comprometido: “Las lágrimas empezaron a bajar por mi rostro cuando Lady Capuleto inició su descenso y empezó a empujar a la gente para lograr abrazar a Teobaldo muerto, tendido en medio del escenario”. La descripción de cómo lo que ensayan los bailarines mientras buscas tu espacio para ensayar, logra una tensión que prepara para un libro en el que se pelea contra la ausencia, donde la disciplina del guerrero se manifiesta en la voluntad de persistir y de tener en sí a quienes ama.

Fernando, no te he visto bailar, pero creo en lo que has escrito. Gracias por tu desnudez. Esa de permitirle a cualquier curioso asomarse a los espacios íntimos de la familia, del ensayo, de la dificultad. Por eso he dicho antes que eres una esperanza contundente, tus piernas no son metáfora, son un hecho concreto, modelado a la medida de tus sueños.

Se puede uno sentir triste en un país que amanece amenazado, pero contigo, en la cabecera de la almohada, no se siente uno derrotado. ¡Imposible! Tanta voluntad de vida que has testimoniado en cada posición, en cada movimiento, no son otra cosa más que la obligación de renunciar a la mordaza, a la cadena con que nos atamos a nosotros mismos.

Sin que sea tu propósito, cuestionas a quienes han tenido una posición privilegiada en la vida y se quedan con los brazos cruzados cuando podrían atender a la mujer que lleva horas esperando por una cita para que su hijo pueda viajar al extranjero en búsqueda de su realización como artista. Pero no sólo a ellos, sino a cada hombre y mujer que no ha hecho lo suficiente por sí mismo, que ha dejado claudicar su sueño.

Una batalla que no se podría haber librado sin la gozosa experiencia de la solidaridad. Foto / Cortesía

He pensado que tu libro merece muchos lectores, de ahí que esté escribiéndote esta carta. No se necesita ser bailarín ni coreógrafo para entender que este es un testimonio desde el campo de batalla. La de un hombre por su sueño. La de un negro que tiene que ser diez veces el mejor para ser tenido en cuenta.

Una batalla que no se podría haber librado sin la gozosa experiencia de la solidaridad y es aquí donde me obliga de nuevo la gratitud por que dejas que tu madre nos ampare, que tu padre crea en nosotros, que tu abuela en Cuba nos alimente, que Venus sea nuestra cómplice en Italia o Inglaterra, que Vivienne nos vista.

Lo que han hecho contigo, lo han hecho con nosotros tus lectores. Si para un simple curioso tu libro puede ser de gran provecho, cuánto más puede ser en los jóvenes que aman bailar. Tu libro debe estar en las bibliotecas de los colegios, en los salones de clase.

En Quinchía, donde vive el profesor que te escribe, se celebran las fiestas tradicionales cada año, con un día folclórico en la programación, en el que las calles se llenan de color y ritmo en la mañana. La tarde es un duelo: cada grupo se presenta con lo mejor que trae, lo que ha preparado por meses. Cuando cae la noche ya no hay piedad: cada grupo ha traído una pareja que debe bailar una primera tanda en la que cada minuto cambia el ritmo tradicional. Van saliendo las parejas que no coordinaron a tiempo música y movimiento hasta que quedan tres y de esas la ganadora. Sabes bien de lo que te hablo.

Hace unos años, el profesor que te escribe debía guardar el registro de las parejas concursantes. La sonrisa de uno de los muchachos se le quedó grabada por su fuerza y decisión. Al año siguiente, en el mismo ritual, pudo reconocerlo. Pero esta vez, la foto que memorizó no fue la de la sonrisa sino la del reproche. Cuando el jurado los eliminó, el bailarín se retiró y tras el escenario con la vista fija en el suelo, meditando el porqué, su rostro reflejó una forma de la impotencia que motivó al profesor a hablarle. Al tercer año, volvieron a verse en el coliseo. El bailarín entregó toda su fuerza y ese año se coronó junto con su pareja como vencedores. En el cuarto año, no sólo se vieron en la entrega de la corona, sino también en una de sus presentaciones del ballet Michua. El profesor no ha podido verlo ahora que está en el folclórico de Antioquia. Sabe que hace un año estuvo en Europa.

Fer, tenemos mucha fuerza y energía para invertir con zapatillas y máscaras, antes que en camuflados y granadas. Gracias, querido y admirado, Fernando Montaño.