Cuando la filosofía es radicalmente vital

La individualidad tiene que ver más con la aceptación del mundo como nos ha sido dado y no con mundos subyacentes e idealistas; es una invitación a vivir la vida tal cual es y no como debería ser, a asumir vigorosamente el sentido mortal, pasajero, trágico y, aunque parezca contradictorio, placentero de la existencia.

Por: Jaime Flórez Meza

 

Imagen tomada de: http://etienne.chouard.free.fr/Europe/forum/index.php?2009/12/06/103-monsieur-le-president-devenez-camusien-par-michel-onfray
Michel Onfray. Imagen tomada de: http://etienne.chouard.free.fr

Hay escritores, libros, músicas, películas o amigos que cambian nuestras vidas para siempre, o que podrían potencialmente hacerlo. Yo nunca olvidaré un momento entrañable de mi pubertad cuando escuché por primera vez a los Beatles y su álbum Sargento Pimienta, que fue mi puerta de acceso a la contracultura. O cuando vi El Diálogo del rebusque de La Candelaria y sentí una profunda revelación del mundo del teatro. O después de ver Busco mi destino (Easy Rider), la memorable película que hicieran Dennis Hopper, Peter Fonda y Jack Nicholson, que me reveló un poco mi destino nómada, o de escuchar a Duke Ellington y sentirme subyugado por la música que acaso más me ha impactado: el jazz. Los escritores, desde luego, ocupan un lugar especial. De Rulfo a Hesse, de Sábato a Saramago, de Cortázar a Joyce, de Cervantes a Eco, de Wilde a Miller, de Caicedo (Andrés) a Vargas Llosa, de Vallejo (Fernando) a Kerouac… los estremecimientos han sido distintos pero enormemente vitales. O de Las flores del mal, de Baudelaire, que me sacudió como ningún otro poeta lo había hecho hasta entonces, hasta Huidobro, que empecé a leer por obligación y terminé leyendo por placer y pasión de vida, que es como se deben hacer las cosas.

Hace cinco años, en una biblioteca pública de Medellín, descubrí al filósofo francés Michel Onfray, y debo decir que desde entonces mi vida no ha sido la misma. La filosofía -tan menospreciada por unos como inaccesible para tantos por culpa de un amplio sector académico que se empeña en volverla un objeto hermético destinado a un selecto grupo capaz de descifrarla, comprenderla y enseñarla- ha sido otro de mis intereses vitales, y escribo esta palabra con toda la convicción que entraña todo lo vital para la naturaleza, a la cual estamos indisolublemente unidos. Onfray me convenció, o terminó de hacerlo, de que la filosofía tiene que ser algo útil y práctico, vivible y experimentable en el día a día. Había buscado filósofos que me mostraran ese sentido de la indagación filosófica. Nietzsche siempre había estado ahí, pero las malas ediciones que conservo de algunas de sus obras, empezando por el papel y las portadas, no me resultaban atractivas, por lo tanto la culpa no era del filósofo alemán sino… mía. Tampoco me había atrevido a leerlo (hace falta una buena dosis de valentía para leer a Nietzsche) hasta que Onfray me enseñó a hacerlo. Con él he ido descubriendo, libro a libro, lo que es una vida filosófica: cómo la vida de un pensador se funde con su obra de tal manera que hay una continuidad y coherencia entre lo que se vive, se piensa y se escribe y entre lo que se piensa, se escribe y se vive. Buena parte de los pensadores materialistas de distintas vertientes y épocas son una muestra de este vitalismo filosófico que asume lo real en todos los sentidos y evita las elucubraciones metafísicas e idealistas que distraen de la urgente tarea de vivir y gozar cada día en este mundo como ha sido dado.

Onfray (Argentan, 1959) ha escrito y publicado una cincuentena de libros, de los cuales aproximadamente la mitad han sido traducidos al castellano. Habida cuenta de la marginación a la que fueron confinados los pensadores hedonistas, materialistas y libertarios de todos los tiempos para satisfacer los fines de dominación de las corrientes idealistas, que desde el platonismo hasta el capitalismo y su versión global conocida como liberalismo -de todo orden, en contraposición a la liberación y emancipación del individuo, a las que teme enormemente-, este filósofo de las periferias filosóficas acometió la empresa solitaria de reivindicarlos, denominándola Contrahistoria de la Filosofía. Compuesta por varios volúmenes, por sus páginas desfilan las vidas de sabios rebeldes que enarbolaron el cuerpo, la razón corporal, el placer y la libertad en medio de sociedades que desde la antigüedad han estado obsesionadas por el poder, el control, el disciplinamiento social y corporal, el trabajo, la familia, la patria y la fuerza de las armas. Una humanidad individualista que sofoca las individualidades –que no es lo mismo- para disciplinar y marcar los cuerpos sumisos que habrán de producir la riqueza de otros mientras reproducen su propia descendencia en los hogares que la sociedad manda a formar. Así, Onfray ha escrito sobre cínicos, hedonistas y epicúreos de la antigüedad, sobre cristianos hedonistas que lograron conciliar su visión metafísica con su praxis vitalista y epicúrea -como harán seguramente muchos en la actualidad-, sobre librepensadores del siglo XVII que él llama libertinos barrocos -en ese siglo empezó a florecer lo que se conoce como barroco-, sobre olvidados sabios materialistas de la Ilustración eclipsados por Voltaire, Rousseau y los enciclopedistas franceses, o sobre los radicales existencialistas del XIX.

No obstante, para profundizar en las ideas materiales y reales de estos pensadores que razonaban y vivían a contracorriente de lo que ordenaba su tiempo, Onfray ha escrito paralelamente obras específicas sobre varios de ellos, como Cinismos. Retrato de los filósofos llamados perros, que indaga en esa singular escuela de pensamiento griego precursora de la desobediencia civil, el anarquismo y la individualidad, que no es lo mismo, insisto, que el individualismo liberal, esto es, el predominio del egotismo, la alienación y el racionalismo instrumental tan caros al liberalismo dominante en el mundo contemporáneo. La individualidad tiene que ver más con la aceptación del mundo como nos ha sido dado y no con mundos subyacentes e idealistas; es una invitación a vivir la vida tal cual es y no como debería ser, a asumir vigorosamente el sentido mortal, pasajero, trágico y, aunque parezca contradictorio, placentero de la existencia. La inocencia del devenir es otra carga de dinamita que, en este caso, reflexiona sobre las taras del cine -según Onfray, el solipsismo, el elitismo, el intelectualismo, el revisionismo estético y el pillaje comercial- para exponer luego los fundamentos de un guión cinematográfico sobre la vida filosófica de Nietzsche que evite caer en aquellas; el autor presenta así, en la última parte del libro, su guion que, por cierto, aún no ha sido llevado al cine y en contraste fue convertido en cómic unitario por el dibujante francés Maximilien Le Roy en 2012. Freud. El crepúsculo de un ídolo, es, en cambio, un desmontaje del psicoanálisis y su figura más relevante, el controvertido pensador austríaco que nunca se asumió como lo que en verdad era: un filósofo y no un científico. Esta obra provocó, como era de esperarse, odios y polémicas, empezando por la Francia de Onfray: virulentos comentarios, ataques personales, reacción en cadena de la corporación psicoanalítica, así como antes la corporación filosófica lo desacreditara por no difundir, y en cambio demoler, una sabiduría oficial, institucional y cómplice del poder.

Su Tratado de ateología es, como el subtítulo lo sugiere, una física de la metafísica monoteísta que termina por plantear la necesidad de una ética postcristiana en un mundo marcado por el nihilismo, de un lado, y el desprecio de la existencia material, del inocente devenir, del cuerpo, en beneficio de un mundo idealista, mítico y eterno -reconfortante sin duda para aliviar lo brutal, efímero y angustiante de la condición humana-, pero extremadamente manipulador y negador del individuo, la razón corporal, los placeres y la finitud de la vida, encandilado por la culpa, el castigo, la ley del más fuerte, la represión a todo nivel y la inmortalidad. La política del rebelde es una exégesis y celebración del anarquismo como otra forma de superar los aparatos ideológicos (la familia, la escuela, la religión, el trabajo, el Estado). “En Francia y en Colombia se cuentan probablemente por centenares las personas que obran en silencio para hacer resistencia al mundo tal como va. Estas acciones no parecen heroicas porque no encarnan el heroísmo estruendoso de antes”,[1] dice Onfray.

Pero es La fuerza de existir, su manifiesto hedonista, una de sus obras más reveladoras e incisivas, en mi opinión. Desde la biografía personal que parte de su atroz y forzoso ingreso en un internado salesiano a los diez años, decidido y obligado por su madre, Onfray plantea lo que es su proyecto de vida filosófica hedonista, realizable en todos los individuos y no sólo en un puñado de escogidos. En consecuencia propone un método alternativo, una ética, una estética, una erótica y una política que ofrecen herramientas para vivir en el mundo como ha sido dado, de un modo existencial, inmanente y real, y no como lo predican las verdades trascendentes, metafísicas, irreales y absolutas impuestas por toda suerte de totalitarismos (patriarcado, metafísica, monoteísmo, nacionalismo, liberalismo, misoginia, belicismo…).  ¿Suficiente para liberarse de la historiografía filosófica dominante, la moral, el culto al trabajo, al dinero, el poder y el sexo reproductivo? ¿Es muy pretencioso o utópico el proyecto hedonista? Pues no. Es humano, real, natural y corporal, por lo tanto realizable. Pascal decía que el corazón tiene razones que la misma razón desconoce. Yo digo que el cuerpo las tiene ¿Glorificación del cuerpo? Prefiero celebración, que el cuerpo no será odiado ni condenado sino celebrado, como dijera Eduardo Galeano. Al fin y al cabo solo contamos con nuestro cuerpo para vivir cada día. En otras palabras: aceptación y celebración de nuestra naturaleza humana. Buscar los placeres y evitar los displaceres o, sencillamente, hacer a los demás lo que uno quisiera para sí mismo, una forma de decir y hacer en positivo lo que pregonaba la máxima cristiana en negativo: no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti.

El hedonismo ha sido frecuentemente malentendido como libertinaje, depravación, inmoralidad, irresponsabilidad, perversión, vulgaridad. Asimismo se confunde cinismo filosófico con cinismo vulgar (Onfray marca la diferencia en su libro Cinismos…), del mismo modo que puede haber un anarquismo vulgar que quiere pasar por revolucionario y lo que hace es triturar las individualidades, destruir la vida y generar más odio (el terrorismo es quizás su peor aberración). No, el hedonismo supone una ética del placer, la libertad, el anarquismo, la individualidad y, claro, del cuerpo, en función de ser uno mismo su propio amo, un individuo autónomo, soberano y libertario. No casarse puede ser el primer acto de anarquismo individual. Ello no niega ni impide, desde luego, la relación de pareja, la convivencia amorosa; al contrario, la celebra, la libera y expande. Hedonismo no significa misantropía. Tener descendencia es una opción, no un deber. ¿Qué mejor deber que gozar y hacer gozar? ¿No es acaso un gesto de responsabilidad la no procreación voluntaria en un mundo superpoblado, con recursos naturales en disminución, con una distribución exageradamente desigual de la riqueza?

Celebrar la individualidad no significa aislamiento y egoísmo. El hedonista no es reacio a la comunidad, sí a la homogeneización. Cree en la formación de comunidades, efímeras o duraderas, como una reunión de individualidades que construyen su soberanía y su felicidad. El exilio voluntario, cuando ya no se cree en la Nación, el nacionalismo y la familia tradicional es otro acto anarquista y hedonista. Hacer del mundo el hogar, la realización individual de la utopía de una ciudadanía universal, sin esperar a que la decreten los gobiernos, es un gesto profundamente hedonista. Por eso una ética hedonista siempre está acompañada de una estética de sí, de una constante construcción de uno mismo día a día mientras dure la vida. Consciente entonces del papel que tiene que desarrollar la educación en la construcción de ciudadanos plácidos y soberanos, Onfray abandona el magisterio después de veinte años y funda la Universidad Popular de Caen en 2002, recuperando en el siglo XXI el sentido de la enseñanza alternativa que practicaban cínicos y epicúreos hace más de veinte siglos. Diógenes de Sínope enseñaba con sus acciones y palabras en el espacio público, no en la Academia y el Liceo, Epicuro lo hacía en el patio de su casa, de ahí que su comunidad fuera conocida como El Jardín. Onfray y un pequeño grupo de profesores que comparten con él una educación desde una perspectiva hedonista lo hacen en un teatro de Caen, en la Baja Normandía francesa, gratuitamente, desarrollando los distintos cursos sin seguir programas oficiales. Los módulos están dirigidos a todo público: empleados, obreros, estudiantes, profesionales, jubilados… No hay exámenes, no se entregan diplomas, no hay jerarquías. Se comparte libre, reflexiva y críticamente el conocimiento. Ha dado pie a la formación de seis universidades populares en otras ciudades de Francia y Bélgica.

Sí, hay escritores, artistas o amistades que nos cambian la vida, que cambiaron la mía, aunque probablemente nunca pretendieran hacerlo, salvo consigo mismos. De eso se trata, de inspirar a otros, no de cambiarlos. Pienso seguir escribiendo sobre Onfray; por ahora quiero cerrar haciendo un paralelismo entre las palabras iniciales de dos prefacios: el de Vicente Huidobro en su poema Altazor y el de Onfray en su autorretrato de La fuerza de existir.

Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.

Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata.

Mi padre era ciego y sus manos eran más admirables que la noche.

Amo la noche, sombrero de todos los días.

La noche, la noche del día, del día al día siguiente.

Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos. (Huidobro) [2]

Fallecí a la edad de diez años, una bella tarde de otoño, bajo una luz que daba ganas de vivir eternamente. Hermoso septiembre, nubes de ensueño, luminosidades de las mañanas del mundo, dulzura del aire, perfumes de hojas y sol amarillo pálido. Septiembre de 1969-noviembre de 2005. Vuelco por fin sobre el papel aquel momento de mi vida, después de una treintena de libros que han sido el pretexto para no tener que escribir las páginas siguientes. Texto dejado para más tarde, demasiado dolor al volver a esos cuatro años de orfanato con los padres salesianos, entre los diez y los catorce…, antes de tres años de internado, en otra parte. Siete en total. A los diecisiete, me hice a la mar, muerto viviente, y partí a la aventura que me condujo, aquel día, a la hoja de papel donde voy a revelar una parte de las claves de mi ser… (Onfray) [3]

 CITAS

 [1] Michel Onfray en Asbel López, Onfray, rebelde con éxito, en http://m.eltiempo.com/lecturas-dominicales/onfray-rebelde-con-exito-/9063977.

[2] Vicente Huidobro, Altazor, en http://www.hylandmadrid.com/libros/00-libros_altazor.php.

[3] Michel Onfray, La fuerza de existir. Manifiesto hedonista, Barcelona, Anagrama, 2007, p. 5.