Es incierto hasta qué punto la frase “el pueblo que no sabe su historia está condenado a repetirla” pueda encerrar la sabiduría que se le adjudica. En realidad, tarde o temprano, todo pueblo repite su historia de una u otra manera, y ni siquiera la literatura puede alejarse del ciclón de temas que la rondan desde sus inicios.

 

Por Gustavo Osorio

La más obvio al abordar una obra es buscar las comparaciones que tiene con el presente. La historia nos ha demostrado que las similitudes entre las épocas no son del todo un desfase, y que entre más se lee sobre nuestro paso por el mundo, más cercanos nos vemos a nuestros ancestros.

Aún bajo las distancias marcadas que existen entre una población y otra, ciertas figuras de gobierno se repiten con demasiada insistencia, y más aún las formas en las que se controla a la población.

El inicio de cualquier revolución, por ejemplo, necesita de una inconformidad marcada del pueblo para con su gobierno, de voces que resaltan para nutrir los ánimos y de hechos insólitos.

La francesa, por ejemplo, contó con personajes como Danton y Robespierre, dos hombres de gran influencia en la instauración de la República. Se podría decir que más el primero que el segundo, aunque Danton haya sido el condenado por el mismo tribunal que fundó.

Georg Büchner. Imagen / Archivo

Georg Büchner, por su parte, en Alemania apoyaba el movimiento democrático que buscaba abolir a un caído imperio alemán que seguía en funcionamiento. La influencia de los movimientos franceses tuvo gran impacto en los alemanes, lo que llevó a la persecución interna de toda persona afiliada a las tendencias liberales.

Büchner, a diferencia de Danton, no gozó de un buen recibimiento por parte del pueblo, y pronto fue acusado de haber fundado una sociedad secreta, lo que le valió una citación al tribunal, de la cual tuvo que escapar.

En el exilio escribió La muerte de Danton, quizá el hombre que influenció sus tendencias políticas, porque las religiosas ya las había adquirido de su padre.

El radicalismo en las posturas del joven alemán se deja ver fácilmente en este drama, aunque su escrito más panfletario y por el cual se buscó encerrarlo haya sido uno anterior: El mensajero rural de Hessen.

En su drama Georg Büchner nos muestra, casi de manera paralela con lo que está sucediendo en su vida, los últimos días de George Jacques Danton.

Danton, participante de la fundación de “La sociedad de los Amigos de los Derechos del Hombre”, orador decisivo en la recolección de firmas para derrocar al rey, y posterior derrota del mismo, también fue creador del Tribunal de la Revolución y contribuyó de manera decisiva en la constitución del Comité de la Salud Pública; estos dos últimos los aparatos utilizados por Robespierre para condenarlo a muerte.

 

Un triunfo que es derrota

Tras el supuesto triunfo de la revolución en Francia, como es de esperarse, no mucho cambió: el pueblo seguía sufriendo hambrunas, altos impuestos, largas jornadas de trabajo y enfermedad.

Sensaciones todas que desencadenaron un movimiento ciudadano que buscaba matar, a toda costa, los burgueses que habían apoyado la constitución de la República, de los cuales el primero en la lista fue “l’Incorruptible” (Robespierre), como nos muestra Büchner en su drama.

Danton se oponía a derramar más sangre en nombre de la constitución de un nuevo pueblo; sin embargo, tampoco era dado a proponer soluciones.

Tras el triunfo del que hizo parte como orador, había dedicado la mayor parte de sus días al disfrute de placeres: se acostaba con las mujeres del pueblo, se emborrachaba con frecuencia y comía con desenfreno.

Maximilien Robespierre, al contrario de su contemporáneo, sabía que los ánimos del pueblo no respetaban las acciones del pasado y que para mantener el poder había que tomar medidas drásticas.

Georges Jacques Danton

La historia ya es conocida: Robespierre tomó el puesto que una vez le perteneció a Danton, trató de fundar un régimen dictatorial, al cual Danton se opuso; sin embargo, debido a la mala imagen que dejó Georges Jacques tras la muerte de su primera esposa, Maximilien pudo llevarlo a juicio junto con varios de sus amigos, y una semana después todos fueron ejecutados con la guillotina.

Georg Büchner se adentra en los sentimientos del momento, en las marcadas referencias romanas que había en la época y sobre todo en el sensacionalismo popular.

Las masas son tan susceptibles al cambio como una hoja a las inclemencias del viento, cambian de rumbo según sea el flujo que se les imponga, y poco conocen del rostro de quien los guía.

En las páginas finales de La muerte de Danton se demuestra la facilidad con la que los ciudadanos pasan de querer cortar la cabeza de un hombre a la del otro, lo poco que les importan sus derechos y el no entendimiento de que con sangre no mejorarán sus vidas.

El siglo XVIII conoció la muerte en muchas de sus formas. Sin embargo, estas muertes públicas se alejan mucho de lo que significaba la muerte heredada del positivismo adoptado por el cristianismo.

El luto, las pompas fúnebres, el culto al muerto, no existían en la efervescencia de razones que encontraba el pueblo para suponer que las cabezas en el fondo de la canasta iban a cambiar el rumbo de las cosas.

La Libertad guiando al pueblo (La Liberté guidant le peuple), de Eugène Delacroix (1830).

Destinos repetidos

Y entonces llegamos al punto de encuentro. ¿Qué podría tener de relación un drama sobre la revolución francesa escrito por un alemán con la realidad política de un país como Colombia?

Las similitudes son varias, salvadas las proporciones de la imaginación. Sin embargo, llama la atención aquella actitud que se ha referenciado hasta el momento: un pueblo que pide sangre en lugar de derechos. No sólo pasó con Danton, Robespierre también fue ejecutado poco tiempo después, aunque se podría alegar que con razón de causa.

En Colombia se ha vivido el equivalente con los gobiernos de la extrema derecha. Mientras se recortan los beneficios a los ciudadanos, la inconformidad se mitiga con la idea de un avance en la guerra exponiendo los cadáveres de miles de colombianos.

Maximilien Robespierre.

Se inundan los medios con noticias sobre la maldad de los grupos al margen de la ley y se esconden, como lo hizo Robespierre, las políticas dictatoriales de un aparato de poder que pasa por democrático.

Basta con pensar en la orden de captura que tuvo Gabriel García Márquez para entender las similitudes marcadas de la persecución a los liberales.

Lo cierto es que las referencias romanas de la obra de Georg son tan vastas que es fácil perder el sentido de lo dicho; sin embargo, la mayoría hacen alusión a los gobernantes y las prácticas de censura ejercidas antaño.

Es incierto hasta qué punto la frase “el pueblo que no sabe su historia está condenado a repetirla” pueda encerrar la sabiduría que se le adjudica. En realidad, tarde o temprano, todo pueblo repite su historia de una u otra manera, y ni siquiera la literatura puede alejarse del ciclón de temas que la rondan desde sus inicios.

La mal llamada condena de nuestro trasegar en el tiempo no es otra que la vida misma, ese cansancio de la muerte, tan característico del siglo XXI, ya tenía sus inicios en la burocracia del XVIII. Danton y sus amigos lo advierten.

Inclusive, ante la premura de la muerte los trámites son tan molestos que no queda más que resignar el alma, igual que se resigna el ciudadano común y corriente frente a las inconsistencias de un país con un rumbo cada vez más elitista.

Por otra parte, también existe un clima de insatisfacción, impuestos altos y corrupción que tarde o temprano habrá de encontrar un orador.