Hay cuatro Sodomas de las cuales tengo conocimiento: Sodoma como ciudad bíblica; Sodoma como la novela de Curzio Malaparte; Sodoma como obra  capital del Marqués de Sade y Sodoma como el excéntrico pintor italiano renacentista. Inicialmente, el descubrimiento de cuatro cosas de un mismo concepto, fue para mí una entera revelación porque supuso una investigación breve y concisa sobre cada lugar, objeto y sujeto de esa brutal y violenta palabra. Por eso, y como este escrito es de carácter rizomático, puede leerse en cualquier orden sin que se altere el resultado.

 

Por: Diego Firmiano

Gebel Usdum

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Sodoma y Gomorra (20th Century Fox, 1963). Tomado de  https://dcinehd.com/es/movie/43011/Sodoma+y+Gomorra-1962

Agua, fuego, ceniza, no se sabe qué, pero algo llovió sobre Sodoma y Gomorra que destruyó por completo éstas ciudades. Hasta no hace mucho, la NASA afirmaba que estos lugares fueron arrasados por un bombardeo cósmico, es decir, por  meteoritos que cayeron en los lagos de betún (asfalto) que habían allí,  incendiándolas hasta la extinción. Incluso, para reforzar el asunto, se cree que Bera, rey de Sodoma, y Birsa, rey de Gomorra, al huir de la ciudad ante la eminente catástrofe, cayeron en estos lagos y murieron. Es evidente que ésta es una explicación científica y no se desestima, pero en el asunto hay temas más complejos que una simple combustión que arrasó y desapareció cinco ciudades, según el relato original bíblico.

Voltaire dice erróneamente que estas tierras históricas eran tan pobres que no producían trigo, ni frutas, ni legumbres y que carecían de agua potable[1]. Pero no hay duda de la extrema riqueza de los habitantes de Sodoma y Gomorra, que les permitió sumergirse en las delicias del vicio y en los placeres disolutos, últimos refinamientos de la lubricidad propia de las naciones ricas y decadentes. Esto lo certifica Lot, el sobrino de Abraham, que fue prosperado con bienes, pero no pudo disfrutar de ellos como lo hicieron libertinamente los lugareños, sino antes bien, perdió a su esposa Edith, al convertirse en estatua de sal por desobedecer el mandato de los ángeles. Y respecto a esta estatua, hay un cierto punto de semejanza con la historia griega de Orfeo y Eurídice, que por su indiscreción de mirar hacia atrás, quedó atrapada en los infiernos. Pero avancemos.

Hoy, la colina más representativa de Sodoma, o la polvareda que queda de ella y de su hermana Gomorra, se llama Gebel Usdum,  o monte de sal, que no es nada más que la propia estatua de Edith, mujer de Lot, como ya dijimos.  Flavio Josefo dice en el libro primero de las Antigüedades que vio ésta estatua, pero Voltaire en su diccionario insiste en afirmar que el testimonio del historiador es una leyenda sin sentido. Incluso hay un poema de Sodoma que se le atribuye a Tertuliano y que dice: “Dicitur, et vivens alio sub corpore, sexus  mirifice solito dispungere sanguine menses” y cuya traducción es: “La mujer de Lot, aunque se volvió estatua de sal, sigue siendo mujer y menstrúa”.

A propósito, el término sodomita (del cual muchos desinformados se guardan la espalda y se persignan), aplicado a las personas con inclinaciones sexuales heterogéneas, es erróneo, porque la misma biblia dice que el pecado de los habitantes de Sodoma y Gomorra fue la soberbia, la saciedad de pan, abundancia y ociosidad. Lo del sexo “contra-natura”, anal, homosexual, fifty-fifty, o como quiera llamarse, no fue nada más que un gusto sibarita, entre muchos otros, que los habitantes de aquellas ciudades se procuraron y que no es necesario traer a mención.  Como dijo Curzio Malaparte: Porque todos sabemos ya qué era lo que pasaba en Sodoma, pero… ¿en Gomorra? ¿Qué hacían los de Gomorra?[2]

Quienes turísticamente visitan Jerusalén no les interesa investigar sobre la existencia de esta ciudad. Quizá por su mala e infundada fama. Hoy, el lugar donde antes se emplazaba la ciudad de Sodoma, es un desierto infestado de árabes nómadas que lo recorren hasta Damasco. Con tristeza, la ciudad fue reducida a un campo de ortigas, minas de sal, asfalto, azufre y se encuentra actualmente en un asolamiento perpetuo a las riberas del mar Muerto.

 

Curzio Malparte, el fascista

  Malaparte junto con su perro Febo y el hijo de un pescador. Imagen tomada en la isla de Lipari durante su exilio en 1933. http://bookanista.com/wp-content/uploads/2013/11/Malaparte_640.jpg

Malaparte junto con su perro Febo y el hijo de un pescador. Imagen tomada en la isla de Lipari durante su exilio en 1933.
http://bookanista.com/wp-content/uploads/2013/11/Malaparte_640.jpg

Curzio Malaparte, que en realidad se llamaba Kurt Erick Suckert (nombre sospechoso para ser un italiano), fue, desde mi percepción, la versión europea de Ernest Hemingway: Periodista, mujeriego, aventurero, corresponsal de guerra, escritor político comprometido con una agitada vida intelectual y literaria, católico a su manera y metrosexual. Y entiéndase por metrosexual aquel narcisista engominado, dandi  y seductor que cuando vino por primera vez a América en 1952 enamoró a Rebeca, la sobrina del escritor chileno José Donoso y a Victoria Sacheri, la mujer argentina del escritor ecuatoriano Marcelo Chiriboga[3], y que como siempre, abandonaba a sus mujeres para evitar dependencias amorosas. Pero dejemos los fisgoneos personales del buen autor y entremos en materia de la obra que nos atañe.

Exiliado dos años en París y Londres, Curzio Malaparte (el autor adoptó este seudónimo porque decía: “Bonaparte ya hubo uno”),  escribe una serie de historias cortas y elegantes que fueron luego recogidas y publicadas bajo el nombre de Sodoma e Gomorra (1931). El autor, que en apartes de la obra se presenta como narrador y en otros como personaje, realiza un viaje imaginario, junto a nada más y nada menos que el propio Voltaire, por tierras palestinas, desde Jerusalén hasta Sodoma, pasando por el Mar Muerto y Jericó. Un viaje que lleva al autor y al lector a reflexionar sobre la existencia y el sexo de los ángeles, el amor entreguerras, la traición nacionalista, la religión, el comunismo soviético, el judaísmo, el deporte, el arte  y la contra-lectura del tema del trágico fin del héroe épico. Todos, temas, que apasionaban en gran manera al escritor italiano.

La “poderosa” personalidad de Malaparte se deja ver en este libro desde la primera hoja hasta la última. Además de narrar con una gran fuerza descriptiva que, junto a un marcado sentido de lo trágico y la ironía, la humanidad y la vanidad, deja rastros biográficos por doquier. Pero no hay que perder de vista que la centralidad de esta obra es revivir los episodios oscuros acaecidos en las dos ciudades hermanas y por eso sorprende específicamente que Voltaire salga de su época y ciudad original y se inserte en una tierra tan violenta como lo fueron Sodoma o Gomorra y hable con los ángeles. Eso, diría un crítico, es una entera provocación, porque el mundo puede ser algo, menos volteriano. Y esta obra, indudablemente, fue (y es) un grito a la actitud de un mundo que hace apología de la guerra, la xenofobia y el antisemitismo. De ahí que sus críticos lo acusaran en algunas ocasiones de panfletario. Pero si algo amaba Curzio era contar historias, ya que poseía una fantástica imaginación.

Podría hacer un inventario y me quedaría corto, de todos esos personajes históricos de los cuales Malaparte echa mano para hilar su narrativa en Sodoma y Gomorra: Henry Ford, Voltaire, Artajerjes, Gozzoli, Moisés, Trotsky, Hércules, Livingstone,  Rousseau, Garibaldi, Magnolfi, Cleopatra, Chejov, Pedro el Grande, Chopin, Miguel Ángel, etc.

Y por último, no puedo dejar de mencionar los títulos que componen tan bella recopilación de historias de este  clásico de la narrativa italiana: La Magdalena de Carlsbourg, La hija del pastor de Born, La mujer roja, Historia del caballero del Árbol, El negro de Comacchio, El “martillador” de la vieja Inglaterra y La Madonna de los patriotas. Relatos ambientados en lugares tan diversos como África, Bélgica, Escandinavia, Jerusalén, Rusia, Italia y Polonia.

Maurizio Serra en la biografía que publica en Tusquets, dice: “Toscano maldito, artista y mártir, es el perfecto ejemplo del buen escritor que paga su talento con los defectos y aun los vicios del ser humano: mitómano, exhibicionista, persona ávida de dinero y de placeres, camaleón dispuesto a servir a todos los poderes y a servirse de ellos, una especia de Clagiostro de las letras modernas[4].

 

Referencias

 

[1] Voltaire. Diccionario Filosófico. Librodot. Pág 703.

[2] Malaparte, Curzio. Sodoma y Gomorra. Plaza & Janes. En la traducción de Eduardo Bittini. Pág 16.

[3] Ruiz, Barrera, José Luis. “La noche que Curzio Malaparte le robó la novia a Marcelo Chiriboga”. Internet. http://www.ovejabienegra.wordpress.com/2015/04/13/la-noche-que-curzio-malaparte-le-robo-la-novia-a-marcelo-chiriboga/ Acceso: 13 de Abril 2015.

[4] Serra, Maurizio. Malaparte, vidas y leyendas. Tusquets Ediciones. España.2002. 560 Págs.