Sin estar en total desacuerdo, agrego una conclusión personal: hemos retornado a la ‘edad de la displicencia’ con nuestros autores.  Digo retornado, porque fue algo que ya vimos y vivimos antes, especialmente en manos de ciertos políticos y de ciertas instituciones culturales.

 

Por / Jairo Hernán Uribe Márquez

En Colombia la homonimia es común, inevitable, casi una tragedia.  Se sostiene que la razón para ello estuvo en que, antes y durante el nacimiento de la República, la endogamia fue el surtidor natural de nombres y apellidos comunes.  A esto se suma una tradición, primero cristiana y luego cultural, de usar los nombres o apellidos para mantener el patriarcado y rotular y destacar la descendencia.

Mis primeros nombres tienen esa raíz. Aunque son mis apellidos los que en realidad hacen patente el fenómeno. Desde luego que nadie es culpable de que sus nombres y apellidos se repitan en otros. O de que, en el peor de los casos, constituyan el estandarte farandulero de criminales, canallas y sinvergüenzas. Por eso es que, en los últimos años, cuesta mucho llevar los apellidos ancestrales, como si fueran una carga o una marca ominosa.

Todo este prefacio para referirme a un caso de homonimia que, durante muchos años, no tuvo consecuencias notables ni deplorables, pero que hoy amenaza con convertirse en un infortunio.

Tengo el honor y el orgullo de atesorar la amistad de dos grandes leones, escritores y poetas colombianos. Aunque ambos son naturales de Antioquia, uno de ellos se integró desde muy niño a nuestra comarca (y en consecuencia es caldense) y el otro ha vivido allí desde siempre (y por lo tanto es paisa). El primero de ellos es León Darío Gil Ramírez, poeta manizalita, quien dispone y acomoda sus nombres completos tanto en su vida privada como en la pública. Y el segundo es León Gil, poeta antioqueño, quien se vale de su seudónimo literario en los dos ámbitos.

Es claro que estos dos poetas tienen una homonimia parcial. Pero también es evidente que no parece destinada a nada extravagante y que no debería prestarse a confusiones de ningún tipo.

Ambos escritores tienen una obra poderosa y reconocida, cuyos méritos no necesito confirmar ni realzar en esta nota. Se trata, además, de obras y escritos que se diferencian ampliamente en cuanto a contenidos, carácter, estilos y propósitos.

Pudiera agregar que lo que en verdad los asemeja es el oficio.  Sin embargo, aún en este campo, ejercen actividades y mantienen opiniones tan diversas como disímiles.

Curiosamente fui yo quien advirtió, años atrás, la homonimia de estos amigos y sus posibles riesgos. Siendo viejo camarada del escritor caldense, tuve la suerte de conocer al paisa a través de internet. Y por esas coincidencias de los encuentros literarios nos conocimos personalmente y tuvimos la oportunidad de que los homónimos se saludaran y acercaran un poco.

Hasta ahí todo fue muy bien y podría ser tema de una amistosa anécdota.

No obstante, en 2019, la Secretaría de Cultura del departamento, con ocasión del bicentenario del país, hizo una convocatoria pública para compilar y publicar una antología con lo mejor de la poesía caldense contemporánea.  El esfuerzo, por sí solo meritorio y necesario, culminó con una lujosa colección que incluyó a León Darío Gil Ramírez entre los poetas seleccionados. Desafortunadamente la antología incurrió en un gigantesco gazapo, pues en vez de ofrecer los poemas del autor caldense presentó los del autor paisa, junto con una reseña biográfica equivocada.

¿Qué quedó entonces, en la antología caldense, de nuestro poeta local?  Únicamente el nombre completo y el título de su poemario más conocido.

No me corresponde a mí (ni este es el espacio adecuado para ello) valorar o juzgar la razón del yerro o los responsables de esta estruendosa equivocación y, mucho menos, especular sobre sus consecuencias.

Sin embargo, considero indispensable y urgente llamar la atención sobre una especie de síndrome (o de ‘maldición’, para los esotéricos) que afecta con frecuencia –en los últimos tiempos– las publicaciones literarias y culturales de nuestra ciudad. No es la primera vez que gazapos o errores como los mencionados perjudican la seriedad y credibilidad de nuestros escritores y de sus trabajos. En libros, revistas y periódicos editados recientemente en Manizales, es bastante común hallar –a pesar de los avances tecnológicos– toda suerte de inexactitudes, erratas, equívocos, recortes, vacíos, anacronismos, distorsiones, equivocaciones, incoherencias y hasta falsedades.

Lo que desencadenó esta nota vindicatoria fue la publicación, en el periódico Quehacer Cultural de Manizales, edición de febrero de 2020, de una separata que contiene un ensayo del escritor Jaime Eduardo Jaramillo sobre la Antología de papel de León Darío Gil Ramírez. Hubiera sido una ocasión propicia para saldar agravios, indiferencias y olvidos para con su obra, si no fuera porque al final del ensayo –como secuela grotesca del gazapo mencionado–  se coló de nuevo el duende tipográfico y en vez de la reseña biográfica del León caldense apareció la del homónimo paisa.

Quien lea esto podrá razonar que es un problema de índole editorial y que la falta de profesionales en el tema (los correctores son una especie en vías de extinción) provocan estos descalabros.

Sin estar en total desacuerdo, agrego una conclusión personal: hemos retornado a la ‘edad de la displicencia’ con nuestros autores.  Digo retornado, porque fue algo que ya vimos y vivimos antes, especialmente en manos de ciertos políticos y de ciertas instituciones culturales. Y digo displicencia para conjugar en una sola palabra los efectos de muchas otras: la desidia, la incuria, la apatía, el abandono y el desinterés.

Me atrevo pues a concluir que la negligencia con los escritores nuestros ha pasado, tristemente, de las instituciones a las personas. Y es un contagio imparable, como los que testificamos en estos tiempos.

De modo parecido a lo que ocurrió en México con el malinchismo, las estructuras culturales de nuestra ciudad vuelven (y tienden) a rechazar lo propio y a exaltar lo ajeno.

En nuestro medio se privilegian, cuidan y examinan en detalle, las personas, libros y trabajos de la farándula nacional o internacional. Cuando se trata de producciones domésticas, de autor local, la vigilancia y dedicación son mínimas. Y, como corolario previsible, suele decirse que en nuestra región se revisa y se corrige más fácil un documento económico que uno cultural o social.

Dado que es imposible, a estas alturas, la elaboración de la odiosa fe de erratas y que los 200 ejemplares del volumen corrupto sean recogidos y vueltos a imprimir, resta esperar y sugerir que al León paisa le envíen –siquiera– un ejemplar de su trabajo y que el León caldense olvide pronto la frustración y el desencanto.

Como coletilla final de este relato, lamento la ausencia absoluta de León Darío en el florilegio del bicentenario. Y para remendar otras posibles afrentas, ofrezco a propios y extraños una sinopsis (bien corregida) de la biografía de nuestro León caldense:

 

León Darío Gil Ramírez

Poeta y escritor. Nació en Caramanta (Antioquia), pero ha vivido la mayor parte de su vida en Manizales. Estudió sociología en Bogotá. Es investigador y experto en temas sociales y culturales. Está incluido en la Segunda Antología del cuento corto colombiano (Universidad Pedagógica, 2007). En 2016 publicó, con el apoyo de sus amistades, el libro de poemas Antología de papel 1986-2016. Ese mismo año hizo parte de la Colección Cumanday de Narrativa con el cuadernillo de relatos titulado Besos. En 2019 fue seleccionado para conformar la antología de cuento Narrar a Caldas editada por la Secretaría de Cultura.