El gozque moribundo

Uno de ellos tras corta observación se agacha  a coger polvo humedecido y se lo tira por manotadas en los ojos y entre la boca abierta a la bestia moribunda; el otro sin preliminares ningunos contraviene las leyes de policía y salubridad derramando sobre la piel del enemigo indefenso un líquido transparente, color de oro que se evapora a medida que va cayendo.

perro

Por José Asunción Silva  

          Está el cielo de un color blanco sucio. Cae con ligeras intermitencias una lluvia finísima que no moja pero que irrita la piel en los puntos en la toca, ni más ni menos que un  pinchazo de agua sutilísima. En medio de la calle sobre el polvo ligeramente humedecido está un perro gris en las convulsiones que padecen y determinan la muerte de un organismo envenenado con nuez vómica. El animal no se queja. La poca vida que le resta parece concentrada en los ojos sobre los cuales no pasa la sombra de la muerte sino el brillo siniestro de la tortura. Las piernas se encogen y se estiran sin ritmo, y a veces vibran como un trozo de madera fijo por una extremidad. El jadeo es rápido, los movimientos del pecho revelan ansiedad suprema.
           La gente va pasando, sin mirar al moribundo. Solo dos chicos se paran a contemplar la escena como si fueran artistas. Uno de ellos tras corta observación se agacha  a coger polvo humedecido y se lo tira por manotadas en los ojos y entre la boca abierta a la bestia moribunda; el otro sin preliminares ningunos contraviene las leyes de policía y salubridad derramando sobre la piel del enemigo indefenso un líquido transparente, color de oro que se evapora a medida que va cayendo. En los ojos de estas criatura s se ve el gusto cruel del animal inerte que encontrará un enemigo formidable en incapacidad de hacer daño. El odio recogido por la lucha de la niñez merodeadora contra los guardianes de la propiedad, se ve en aquellas figuritas mugrientas medio desnudas.
        Un struggleforlífero recostado en la verja de hierro bronceado de un chalet delicioso, contempla la escena con serenidad de emperador romano. El vestido gris se destaca sobre el color de la verja, y por entre los barrotes de esta se alcanzan a ver las palmas de Australia, los helechos arborescentes  las parásitas de palidez enfermiza  que oscilan en sus tiestos suspendidos de alambres delgados  ya las ramas aterciopeladas de la capuchina que van escalando los muros color ladrillo, y matizando lo verde con lenguas de fuego. Pasa un coche rápidamente y unas señoritas que están cerca dan gritos de espanto porque van a despedazar al perro y les va a mostrar sangre. Se cubren el rostro, buscan donde esconderse, siquiera sea las unas detrás de las otras, confundidas, piadosas, llenas de lástima para con el que sufre. El coche para y suben en él ára asistir a las  corridas de toros.
El Telegrama, en 1891