¡Ahora me concierne solamente saber quién dijo angustia

La vez primera y allí estará el secreto y la llave de la historia

Y del hombre y del mito!

Germán Espinosa.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Hay novelas que llenan de esperanza, dan a quienes las leen una leve confianza en el mañana y en el ser humano. Otras, por el contrario, nos recuerdan que el fracaso es el material constitutivo de los hombres, en esta segunda categoría se podría ubicar la novela El magnicidio de Germán Espinosa.

El contexto de la novela es un lugar común para los latinoamericanos: un país sumido en la pobreza y un dictador violento que es derrocado por una fuerza guerrillera que ve el futuro con esperanza. Sin embargo, Espinosa desconfía tanto de los lugares comunes como de los proyectos políticos que proclaman una paz eterna, una concordia entre las clases o un paraíso terrenal.

La obra gira alrededor del magnicidio del caudillo de la revolución, Manuel del Cristo, y el desarrollo de la investigación acerca de su asesinato se develará cómo la revolución que buscó salvar al pueblo terminó por condenar a los hombres.

Ante el magnicidio, la cúpula revolucionaria observa expectante la reacción del pueblo que pasó de la euforia, tras la caída del dictador, al desconcierto y la ira por el asesinato del líder guerrillero. Una masa sometida por siglos a la opresión y la tiranía del poder solo puede observar el cadáver de su líder. La esperanza parece haber desaparecido, porque la figura que se había alzado en contra de la tiranía ha sido asesinada; la relación entre masa y líder queda rota.

En el caudillo abatido, el pueblo creyó ver siempre su propia proyección agigantada, su voz colérica aumentada por los altavoces de la grandeza. Había en él una especie de fuerza biológica, de vis formativa que imprimía en sus ideas y proyecto, de una vez y para siempre, la consistencia de lo real. Sus arengas, sus apariciones ante la muchedumbre, tenían efecto de epifanías, como si en él se concentrara, con la fortaleza de los profetas, el poder de cambiar el universo a su arbitrio y modelar los acontecimientos a su imagen y semejanza.

El pueblo proyectó sobre la figura del caudillo abatido sus más profundos ideales, al tiempo que realizó una identificación con él, veladamente, se firma un pacto trágico: los hombres buscan entregarse a la masa y al líder. La masa se funde con su líder, no hay diferencia, las palabras de éste son acatadas sin la menor duda. Los individuos se pierden en una orgia festiva que marca el rumbo de la sociedad. ¿Qué sucede cuando el líder falta? La confusión reina en este país tropical, porque ya nada es claro y la incertidumbre vuelve.

 

Un líder, un ídolo

Espinosa denuncia, entre líneas, como los seres humanos estamos tentados a ingresar a esa masa anónima que libera a los individuos de la angustia de pensar, decidir y actuar. La política pese a todas las reflexiones teóricas que abogan por la autonomía de los ciudadanos se debe enfrentar a una verdad inapelable: a muchos hombres no les interesa ni la política, ni la vida, ni nada. Así que un líder que se encargue de los problemas, sea de la manera más adecuada o no, es una buena opción.

Por otra parte, el papel de caudillo trae consigo la responsabilidad de guiar un proyecto político que devuelva la dignidad a las masas anónimas que por siglos han sido humilladas. Al enfrentar los intereses de una pequeña clase para darle cabida a un interés general, orientado por la euforia y la razón, este caudillo tropical, sin saberlo, construye el castillo ilusorio donde el pueblo encuentra la paz que por siglos de oprobios le ha sido negada.

Este demiurgo de la política, que lucha y construye a partir de una masa anónima y los nobles ideales socialistas se topa con la idealización que lo despoja de sus rasgos más contradictorios y humanos, convirtiendo al caudillo guerrillero en un dios.

Manuel del Cristo se erige como la antítesis del dictador Zumárregui, a saber, como la luz que ha llegado para marcar el rumbo de la nación; el caudillo se ha convertido en el estandarte de la razón y la revolución. De esta manera nace un nuevo ídolo:

 

En el instante en que el caudillo, que jamás había hablado ante un auditorio de tal magnitud, alzó los brazos en ademán de imponer orden y silencio, se experimentó en la plaza una conmoción de orgasmo, una especie de choque masivo que le ganó, en contados segundos y para siempre, el fervor y la devoción de las gentes. Fue algo más allá de lo humano y lo comprensible: un inasible fragmento de minuto en el cual Manuel del Cristo se supo, de una vez por todas, por las divinidades del mando.

 

Pareciera que Espinosa desde un principio se mofa de las figuras revolucionarias y su gigantesca masa de seguidores. Manuel del Cristo es una cruel ironía literaria, asemeja la figura del salvador de los cristianos, Jesús de Nazaret. Ambos encarnan una esperanza; sin embargo, son traicionados, sacrificados y sólo queda de ellos el recuerdo; la revolución ha devorado a su hijo mayor.

 

Lugares que significan

Otro elemento importante dentro de El magnicidio es la espacialidad, ya que, los lugares que recorren los personajes (palacios, viñas, calles…) se entreteje el pasado y el presente, colonialidad y revolución, razón y locura, vida y muerte. Cada recoveco del palacio tiene una huella, no sólo del pasado dictatorial de Zumárregui, allí persisten las marcas de la colonia y la figura del virrey.

Tal como señala Carolina Niño Pantoja: “El espacio se torna huella, indicio, gesto, lenguaje. El tiempo retorna compulsivamente al momento del crimen, pasado y futuro caen en el agujero negro de ese instante”.

El palacio de gobierno, escena del magnicidio, no es sólo el escenario donde se desenvuelven los actores, éste se constituye como un personaje más, contradictorio y enigmático. Allí habitan imágenes de la Colonia y se materializa el mito del virrey, que por su barbarie se grabó en el imaginario del pueblo, fundiéndose con el recuerdo de Zumárregui y Manuel del Cristo.

La espacialidad del palacio no opera como el simple lugar donde se hallan los objetos que el hombre ha decidido ubicar allí: un florero, un cuadro, el cadáver de un caudillo; el espacio se configura como el medio en el cual coexisten distintos tiempos y en el cual los personajes evocan figuras que pasaron por esos mismos lugares y dan un sentido más profundo a los pasillos.

Las imágenes del virrey, los libros de misticismo de Zumárregui, evocan a los hombres que habitaron el palacio y que ahora alberga a la Revolución. No es extraño que Espinosa considere al palacio como un lugar fantasmagórico.

 

La mole del palacio, que fue en otros tiempos morada de los virreyes, se levantaba, junto a ellos, siniestra a pesar de la iluminación múltiple con la que exornaba la tradición del baile de fantasía. Era un alcázar sin ínfulas de fortaleza, con dobles columnas y capiteles cúbicos en la fachada, y terrazas con jardines que bordeaban la parte superior. Esta noche, su sola presencia, impuesta como un miraje sarraceno sobre las techumbres acanaladas de la ciudad colonial, parecía inspirar sosiego a pesar de los horrores que fatalmente evocaba y, en especial, de la leyenda del arzobispo virrey.

 

El palacio, sede del gobierno revolucionario, se presenta como un lugar desconocido para sus nuevos habitantes, a pesar de que la amenaza dictatorial ya fue derrotada. ¿Por qué un lugar que ha sido ya conquistado sigue siendo inquietante, siniestro, para los hijos de la revolución?

Ya Freud en un bello texto titulado “Lo siniestro”, devela la esencia del temor frente a lugares u objetos conocidos, al decir: “lo siniestro sería aquella suerte de espantoso que afecta las cosas conocidas y familiares desde tiempo atrás…se trata de lo que es familiar, confortable, por un lado; y de lo oculto, disimulado, por el otro”, es decir, el palacio es siniestro porque en sus pasillos y recodos, a pesar de la luz y la fuerza revolucionaria, persisten elementos desconocidos, habitan los fantasmas del virrey y Zumárregui; los símbolos de violencia y opulencia persisten.

La iluminación del palacio siempre será insuficiente porque éste se alza como un símbolo de la fatalidad. Justo cuando la razón revolucionaria llegaba para iluminar y marcar el rumbo, coronando al ídolo de los oprimidos, emerge de uno de los rincones del palacio, una figura desconocida que acaba con Manuel del Cristo y se burla de la seguridad del nuevo régimen.

Una figura que se ha disfrazado de geisha, igual que Ángela Droz, guerrillera y amante de Manuel de Cristo, para ejecutar al caudillo socialista durante un baile de máscaras. Lo siniestro se apodera del palacio virreinal, ya nada es seguro, cada rincón es desconocido, tanto la revolución como la razón temen.

 

Un revolucionario convencional

Otro aspecto importante dentro de la novela lo encarna la figura de Gedeón Núñez, sacerdote de la revolución e ideólogo del partido. Es irónico el papel que da Espinosa a Núñez, ya que éste es el símbolo tradicional de saber comunista, formado en horas y horas de lectura sobre los clásicos del marxismo y las discusiones de café, convencido de que la verdad que posee, es la verdad de todos.

Pero ante la muerte de Manuel del Cristo y la idea de revolución que éste encarnaba, hace que afloren preguntas, dudas; la razón segura de sí misma es la única que está en la capacidad de dudar del proyecto comunista y esto lo expresa con soltura y lucidez Espinosa.

 

¿Fracaso? ¿Torpeza? ¿O quizá la salvación del hombre no podía confiarse a los mecanismos de la política, cualesquiera que fuesen, porque el hombre en un animal metafísico condenado a la derrotada cada que intenta trascender su condición por medios meramente materiales? Procurabas rechazar esta idea con todas tus fuerzas. Con ella veías filtrarse en tu imaginación, como un repugnante intruso, el virus del idealismo. ¡La nauseabunda metafísica! Pero, con todo, era curioso repasar el fracaso y la totalidad de las políticas; las antiguas y modernas y aún las fundadas en arquetipos o escalas espirituales de valores. La sencillez de la conclusión no dejaba ver su complejidad de los mil demonios. A medida que satisfacía sus necesidades, el ser humano propendía a sentir mayor insatisfacción, de suerte que ninguna plenitud sería bastante, jamás, a embriagarlo y acallar sus apetitos de semidiós. Precisaba una plenitud que solo se manifestaba en la contemplación de lo infinito. Y la política no podía prometer ningún género de plenitud, por mediocre que fuese: ni si quiera esa orgía de televisores, refrigeradores, automóviles y viajes de turismo que ciertos países, de este o de aquel lado, parecían ofrecer como una promesa de edén a la persona.

 

El sacerdote duda. La razón histórica ha caído en cuenta de una verdad irrefutable, el ser humano es el único ser que, por “naturaleza”, siempre estará insatisfecho, no hay nada ni nadie que lo colme totalmente, ni una política, una religión, una pareja, siempre habrá un vacío que no se puede llenar a pesar de las ilusiones que crea.

La política entrega la ilusión de bienestar y ese edén terrenal sirve para que los hombres entren en orgías de consumo y apatía, sientan que han conquistado el paraíso en la tierra.

Paraíso mercantil o comunista, ambos son una derrota para el pensamiento. Porque aquel líder, estandarte de la razón, conduce a la masa de hombres sólo a afirmar, gritar o negar, pero nunca a dudar. Muchos líderes, en el ejercicio político, construyen una gran muralla con la cual protegen a la masa de todas aquellas manifestaciones de dolor y angustia que tiene la vida en comunidad.

 

La libertad como opresión

En el fondo, se está ante la angustia del pensamiento y libertad que deben soportar los seres humanos. Sartre dirá que estamos condenados a ser libres, que en todo momento elegimos y ponemos nuestro ser en juego, ya que al no estar determinados por naturaleza es posible elegir entre uno y otro camino.

Puestos frente a una vida abierta de posibilidades, el acto de elegir está unido a la responsabilidad de asumir estas decisiones y sus consecuencias. Sartre no ignora que el ejercicio de la libertad está unido a la angustia, porque al elegir, el hombre pone en cuestión lo que es, su ser se escapa entre los dedos, lo sólido y concreto queda sobre la nada. A esa angustia del pensamiento y la libertad es la que huyen los hombres, por ese motivo se lanzan ante cualquier promesa de seguridad.

¿El ejercicio político salvará al hombre de la angustia? Espinosa utiliza la excusa del magnicidio para dar a entender que el ser humano, es un ser condenado a caer en idealizaciones y que pese al intento por construir un individuo autónomo y seguro de sí mismo, en la mayoría de casos, los seres humanos se entregan a proyectos colectivos irracionales o extremadamente racionales que caen en la locura, con el fin de evadir la angustiosa responsabilidad de ser libres.

Buscan, como lo relataba Dostoievski en ese apartado del Gran Inquisidor (Hermanos Karamasov) a quién entregar su libertad a cualquier precio. Así lo manifiesta Espinosa:

 

¿Redimirá al hombre la política? Lo pensabas mientras marchabas por los corredores, siempre al lado de Ángela, que callaba auguralmente. ¿Hallaría el hombre en la política el consuelo que, en otros tiempos, le dieron la metafísica y las artes o el que, al menos, le deparó la filosofía práctica? En aras de la política, el hombre abjuró de la religión. Creía en intuir, en esta última, sólo un instrumento para forjarle un concepto paternalista del universo y forzarlo a aceptar, como buenas a los ojos de Dios, las diferencias sociales en las cuales se fundaba la institución de la servidumbre. Mas, al repudiar a la religión, al cambiar un opio por otro, la humanidad también renunció a la metafísica. Las artes perdieron su razón de ser, dejaron de considerarse del demiurgo para convertirse en otro sistema de producción a escala industrial. Nadie hallaría hoy, en una sinfonía, en un poema la clave del universo. Se antojaban productos industriales en la medida que lo eran píldoras para dormir, los autos deportivos o las películas de acción.

 

Ni el arte ni la religión ni la política le quedan al hombre moderno para afirmar su existencia, todos se han convertido en medios para borrar del hombre lo que lo hace hombre, a saber, su capacidad de pensar y crear.

Así, Germán Espinosa denuncia desde la literatura los riesgos de la idealización política y personal, las insuficiencias de la política en torno a la idea de bienestar y la “naturaleza” deseante del ser humano.

Quizá, en el fondo de todo proyecto humano se haya la angustia ante su libertad, el sinsentido que el mundo le representa y la facilidad con que, desde luego, puede idealizar a la razón, al hombre, o la política.

En El magnicidio Espinosa revela las contradicciones que tienen, incluso, los hombres de más altos ideales. Nadie puede huir de los laberintos en que habita el hombre, el error está en no querer transitarlos.

@christian1090