…la versión 2015 de El principito no es una representación literal del libro, es una visita desde otro lenguaje y una reinterpretación que se ciñe, decididamente al espíritu de la obra, mas no la sigue en literalidad.

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Por: Luis Carlos Ramírez Lascarro

El principito, esa pequeña obra difícil de aprehender desde la definición de su género (novela corta, cuento poético, literatura infantil o filosófico discursiva), hasta en la simpleza de sus planteamientos en contraste con la abigarrada y pesada ceremoniosidad de la sociedad obsesiva y esquizoide que hemos construido y en la que se ha producido, es uno de esos libros que todos debemos leer y re – leer en diferentes momentos de nuestra existencia, principalmente en la adultez para, definitivamente, no olvidar cómo es ser niño. Como ser humano.

Esta obra, publicada originalmente en abril de 1943, y que ha permitido a su autor Antoine de Saint – Exupéry pasar a la posteridad más que como un “héroe” de guerra, fallecido en medio de una misión de espionaje durante la segunda guerra mundial, como uno de los raros y pocos autores que logran estar tan íntimamente unidos con su o sus personajes, enredados de tal forma que se puede decir que el Principito, el Aviador, el Narrador y el Autor de la historia, son una misma persona, ha sido adaptada de diversas formas a lo largo del tiempo, de las cuales conozco las dos películas: La fantasía musical  angloestadounidense de 1974 y la versión animada de 2015 que combina animación cuadro por cuadro para las secciones del cuento original y animación por computadora para la narración adicional que termina de configurar la alegoría crítica social que con el artificio de “los adultos” muestra la constante oposición entre la creatividad y el racionalismo, la producción industrial y la producción artística, sin ser un discurso político.

La adaptación del principito estrenada recientemente en Colombia y dirigida por Mark Osborne, también director de Kung Fu Panda, cuenta la historia a través de los ojos de una niña que sufre la intromisión de su madre obsesiva en todos los aspectos de su vida y la relación refrescante y salvífica que entabla con el Aviador, el único personaje finalmente sensato aunque discordante en medio de la sociedad distópica en la que se desarrolla la historia que, al final, se imbrica con la narración original desdibujando una vez más los niveles narrativos, permitiendo que sea el mismo Principito redimido por la Niña que ya antes había sido redimida por el Aviador a quien antes el Principito había redimido y ayudado a salvar de la muerte casi segura luego del accidente de avión en el Sahara .

En ambas películas se han tomado muchas licencias al aproximarse a la obra original, siendo, sin embargo, respetuosos con ese romanticismo fuera del tiempo e paradójicamente inmune al tiempo que la caracteriza. Sobre todo la versión 2015 de El principito no es una representación literal del libro, es una visita desde otro lenguaje y una reinterpretación que se ciñe, decididamente al espíritu de la obra, mas no la sigue en literalidad.

El libro, uno de los más leídos de todos los tiempos y el más en lengua francesa, llega a conmover con la presencia constante del amor, la amistad, el engaño, la infidelidad, la trascendencia, la experiencia del viaje y el desprendimiento y la permanente presencia de la muerte. El filme recién estrenado, apegado a este espíritu, nos lleva, nos invita a volver a leerlo con la mirada renovada del ser que va cambiado de manera inexorable con el paso del tiempo. Aunque el libro sea el mismo, quizá cambien nuestras percepciones.

Esta es una muestra, clara, de que en la vida moderna aún hay poesía y el gran esfuerzo por re –  crear este clásico en estos tiempos tan duros y convulsos es una apuesta por la hermosura de las cosas simples, por la búsqueda de la felicidad; lo esencial de no renunciar a los sueños por el afán de ser productivo, a recordar en medio de la incredulidad y el empirismo reinantes que lo esencial es invisible a los ojos…