Yo no espero nada, no murmuro.
No añoro nada de la que se fue.
Aleksandr Blok 

el retorno a los miedos

 

Por: Andrés F. Yaya

Ilustración: Laura Henao

Al descanso y al nuevo aire ha sucedido una ligerísima paz en los sentidos. Lucecita de tranquilidad. Recuerdo dulce, recogimiento del ánimo. ¡A extrañar lo que dejamos atrás! Ahora vamos, vamos como río desbordado, sin detenerse, vamos envejeciendo, vamos apagándonos.  Las cosas a nuestro lado se deshacen, van quedando atrás, atrás: en el olvido.  El cielo pasa de azul claro a gris, salta de un color a otro, ¡cómo se revuelcan las cosas allá arriba! Queda en gris: gris ceniciento.

Son las primeras horas de tarde, no hay nadie en los potreros, no hay sol; una lloviznita nos empapa. ¿lloviznita?.. a mí las lloviznitas lo único que hacen es refrescarme los pensamientos. Se mojan y florecen; o florecen, se mojan, se pudren y mueren. No queda ni el polvero. Ahorita no quiero recordar porque a mí lo que me pesa no son los recuerdos sino la carga de miedos. ¿Qué hacer con los miedos? No hay humano que no cargue miedo, nadie se salva. Los amantes, sobre todo, cargan los miedos muy sensibles ¡y ni se diga cuando están disgustados! La desazón ocasiona más miedos. ¿En qué lugar no sentimos miedo? ¿Dónde los olvidamos?

Toda existencia debe preocuparse a sí misma de sus miedos. Preocuparse es comenzar a encontrar los lugares donde su espíritu, cansado, se siente mejor. Hay lugares donde los miedos no entran, quedan atrás; hasta ahorita no he encontrado el mío. Si existe, que aparezca. En el dormir sentimos miedo, miedo a no despertar, miedo a dejar los sueños incompletos, miedo a no dormir sosegados. Se vive lleno de miedo. No sabemos por completo de nuestros miedos, no sabemos nada de nosotros, cada uno es su propio extraño.

Cuando sentimos miedo, sin pensar en su dolor, nos regocijamos en miedos desconocidos. Un miedo descubre otro miedo. No estamos hechos de palabras, quién digo eso, estamos hechos de miedos. Toda causa es un miedo, más y más miedos se suman. Y como la comunicación entre humanos va cayendo en saco roto, más soledad, más miedo. Gregorio Samsa tuvo miedo de ser hombre: lo sabía todo. Cuando por la noche cerremos la puerta de nuestra casa, no la volvamos a abrir, dejemos el mundo afuera, que espere, él puede esperar. Quedemos solos con nuestros miedos, solos. No se sabe donde hay más miedos si adentro o afuera, no la abramos.

Mezclados en la multitud, observando a lado y lado, el miedo crece. Toda cosita nos acecha, una mirada, una inclinación de cabeza. Cuando salgamos dejemos los miedos en casa ¿los miedos? Por qué los vamos a dejar si los miedos son cada uno.  La edad en que vivimos es la edad de los miedos. Todo es miedo, miedo a caminar, miedo a querer, miedo a hablar. Miedo, miedo, miedo por el viento, en el agua, en nosotros, que crece como riíto en día lluvioso.

El miedo es arte que comienza a vivir. Y lo peor, los mayores miedos vienen de las palabras, palabras que decimos como salgan, palabras que era preciso callar. ¡Callar, callar a veces nos hace menos miedosa la vida! Palabras sucias, negras, transparentes. Después de las palabras viene el arrepentimiento ¡hubiera callado! Con frecuencia se habla de los miedos con miedo; el asunto será eterno. No hay quién le corte la cabeza. A los viejos el miedo de serlo los hace sentir jóvenes, de los jóvenes ni hablar. El crecer, envejecer, morir, causan  miedo. Lo que pesa en el hombre no es su ropa sino su tremenda carga de miedos. Llevemos los miedos como llevamos la inmunda realidad, no huyamos: los miedos, con hambre, a todos nos traga por igual.