EL TOPO: EL WESTERN MÁS EXTRAÑO

¿Entonces cuál es la esencia del arte?, pregunté. “Mostrar a los demás cuán bella es su alma. La belleza de los otros. Abrir la conciencia”. 50 años de un escándalo que no cesa.

 

Por / Larushka Ivan-Zadeh*

Nueva York, 1971. Es alrededor de la una de la mañana y John Lennon, junto a Yoko Ono, en The Elgin Theatre de la Octava Avenida, verán por tercera vez El Topo. La sala de cine desbordada; las filas abrazan la manzana. La original “midnight movie” ha sido vendida durante semanas, gracias a los devotos que la han visto un promedio de once veces. Una chica va por la ocasión veintiuna. Es el evento más alucinante de la ciudad.

Una gran nube de marihuana oscurece la pantalla, donde Lennon ve o, mejor, experimenta, algunas de las imágenes más raras puestas en celuloide. Un jinete de negro, con un pequeño niño desnudo asido a su espalda, a través del desierto cumple la misión de enterrar, ritualísticamente, un osito de peluche. Un hombre sin manos carga a un hombre sin piernas hacia el nirvana. Un hombre, el protector, es enterrado bajo sus blancos conejos muertos. Un canoso cowboy extáticamente se chupa la punta de los tacones.

“Quise crear una imagen imposible de olvidar”, el director Alejandro Jodorowsky explica. “Crear cambios mentales. Buscar un estado de iluminación. Es LSD sin LSD”.

La película, para emplear la expresión de época, voló la mente de John Lennon, como de otros visionarios revolucionarios, desde Bob Dylan, David Lynch hasta Erykah Badu, Roger Waters, The Mars Volta, Nicolas Winding Refn y Kanye West (éste, claro, mucho más tarde). “Fui muy afortunado, porque Yoko y John estaban muy interesados en la trascendencia y el conocimiento”, señaló Jodorowsky en la entrevista que le hice en 2007 debido al lanzamiento para DVD de El Topo. “John Lennon le dijo a su manager [Allen Klein] que me diera un millón de dólares para hacer lo que quisiera en la próxima película”. Lennon también persuadió a Klein, entonces jefe de Apple Records, para comprar los derechos de distribución de la aclamada película.

 

 

Apogeo y caída

El mecenazgo de Lennon, o incluso, la coerción contra Klein, fue un momento particular en la carrera de Jodorowsky. El autor chileno usó el dinero para La montaña sagrada, psicodélica obra maestra de 1973, que iba a ser protagonizada por George Harrison, hasta que, dice el director, el Beatle rehusó desnudar su ano mientras andaba de chapuzón con un hipopótamo. Pero cuando Klein le sugirió al director que adaptara The Story Of O, una novela francesa de BDSM, Jodorowsky renegó alegando “sexismo”. El productor, de todas formas, supo vengarse. Saboteó todos sus trabajos para que no fueran presentados durante tres décadas, hecho que, irónicamente, propició la demanda continua una vez los espectadores los consideraron como clásicos de culto underground.

Desde entonces Jodorowsky, ahora un vital hombre de 91 años (dice con insistencia que espera llegar a los 120), se convirtió en un famoso director cuyas películas no se vieron. Después de La montaña sagrada, intentó con Dune, adaptación de una novela de ciencia ficción de 1965 escrita por Frank Herbert. Gastó todo el dinero del presupuesto antes incluso de iniciar la filmación, concebida para durar catorce horas. La elección de Salvador Dalí como un emperador galáctico no ayudó mucho. Un documental de Frank Pavich, Jodorowsky’s Dune, es sobre la película no lograda.

Un sangriento spaghetti western, poseído de espiritualismo oriental. Fotografía / Cortesía

El Topo, por comparación, es el trabajo más accesible del director chileno. Deliberadamente concebido. Su primera obra, Fando y Lis (1968), es un romance postapocalíptico entre el misterioso Fando y su parapléjica novia, Lis. Ocasionó protestas durante el lanzamiento, era 1968; prohibida en México y sólo llegó a enseñarse durante tres días en Latinoamericana. Evento doloroso, declara el director: “La próxima será sobre un cowboy. Todos vendrán a verlo”. El Topo es la película.

Un sangriento spaghetti western, poseído de espiritualismo oriental, centrado en un héroe (interpretado por el mismo Jodorowsky), que es arquetípico héroe del género: un hombre de negro. Conocido solamente como El Topo, su piel es armazón de cuero, cabina para almacenar armas, es un ser enigmático, viajero con un niño desnudo de siete años (Brontis: hijo real). En la escena inicial, padre e hijo encuentran una sangrienta masacre. El pueblo fue devastado. Buscan al malvado Coronel detrás de los hechos y lo castran; rescatan a la bella Mara, exprisionera del séquito del jefe. El Topo, después, y abruptamente, abandona a su hijo para emprender la misión con Mara. Acaba con toda suerte de asesinos, bye-bye gun masters!, y parece que solo llega a morir por los disparos de otra bellísima mujer. La segunda parte es el despertar del pesado sueño; está pálido y con una abundante cabellera eléctrica. Fraggle en pañales. Ahora vive en una cueva, la de los desposeídos, personas amputadas, que se arrastran, enjutos, como desfiguraciones del sueño racional. Es venerado: lo escuchan porque es la esperanza. Todo ocurre antes de iluminarse hacia la transmigración de las abejas.

Creó un subgénero, el acid western. La película puede llegar a ser extravagante, en algunos momentos insoportable, una mezcla de budismo zen, astrología, sufismo, surrealismo (¿es menester decir europeo?), la Cábala y, sobre todo, el Tarot, una larga pasión del director, prueba son sus libros sobre el asunto y la creación de la baraja propia. En la sofocante mezcla alegórica justo es decir que la prioridad no es la historia ni el complot, sino más bien cómo nos disponemos (o no) para ella, tal como haríamos ante los intuitivos significados del tarot.

Que por qué ha sido una película de culto, en Nueva York, desde 1971, tiene como respuesta al momento justo, el lugar correcto. No es difícil oler el ambiente de la contemporánea contracultura, y Lennon es un ejemplo, buscando caminos en las ideas y filosofías orientales. Sin embargo, las personas aparentemente más rebeldes de entonces chocaron con Jodorowsky, como se observa en una graciosa entrevista del mismo año: ante un balbuciente periodista insiste que “un pedazo de queso puede ser Cristo”.

 

 

Jodorowsky es molesto como showman. Sólo puedes imaginarte si tan extrañas situaciones corresponden a un acto. Cuando lo entrevisté en el 2007, un señor exaltado de felicidad tenía a su guardaespaldas atento “¡en caso de que me ataques!”. Insiste que es un asunto con el que debe lidiar regularmente durante las sesiones de tarot. Como queriendo aliviar la tensión le pregunté si estaba de acuerdo con la opinión que sentencia a El Topo como la mejor película de la historia. Intensa carcajada. “Me hace muy feliz cuando dicen eso. Mi ego crece. Debo ser cuidadoso o si no explotaré pronto. No tengo idea por qué debo decir esto, a menos que sea porque mi hígado es el mejor hígado de la creación”. ¿Tu hígado?: “Sí. Mi trabajo no proviene del pensamiento crítico, sino de mis entrañas. Hice El Topo con toda la honestidad artística imaginable. No busqué el dinero, no quería trabajar con las celebridades. No quería nada, excepto expresarme. ¿Entonces cuál es la esencia del arte?, pregunté. “Mostrar a los demás cuán bella es su alma. La belleza de los otros. Abrir la conciencia”.

La odisea de su arte sin concesiones comenzó cuando dejó Chile, su país, dirigiéndose a Paris para estudiar con Marcel Marceau. Pronto sus cortos, sus pantomímicas grabaciones, llamaron la atención de Jean Cocteau. Alternando entre Paris y el Distrito Federal, perteneció al Movimiento Pánico, un grupo experimentalmente caótico de teatro que en 1962 reconoció el desgaste del surrealismo moderno. Crearon más de cien obras, o happenings, como Sacramental Melodrama, de cuatro horas, que involucran a Jodorowsky despellejando gansos, serpientes balanceándose contra su pecho, mujeres desnudas cubiertas de miel, un pollo crucificado, una vagina gigante y una lata de albaricoques (y yo diría que todos estos entes, infinitamente entrelazados, son variaciones cuyas explosiones de la posibilidad harían de la enumeración categórica una tarea infructuosa).

Lo artístico y lo espiritual pertenecen al mismo espíritu. Un showman que también se venera como chamán –oficializó la boda de Marilyn Manson con Dita Von Teese en el 2005–, Jodorowsky pasó décadas desarrollando su propio sistema terapéutico, la “psicomagia”. Su principal creencia sostiene que la representación de los momentos traumáticos ayuda a solucionar los problemas psicológicos. Sus películas también funcionan como melodramas freudianos. Literalmente hijo del trauma, pues su padre violó a su madre; indeseado y no querido, Jodorowsky nace en 1929 en las costas de Tocopilla. Crecía y era burlado por su ascendencia judía; los padres migraron de lo que hoy llamamos Ucrania.

A los 23 se deshereda, pero no olvida las complejidades que le crearon. Hizo dos películas autobiográficas, La danza de la realidad (2013) y Poesía sin fin (2016), donde ahora aparece Brontis, hijo mayor, como su progenitor. En El Topo el padre probó su trauma con el hijo. En el principio, El Topo le dice: “Tienes siete años. Eres un hombre. Entierra tu primer juguete y la fotografía de tu madre”. El acto enardeció tanto a Brontis que, después, Jodorowsky dejó que su hijo desenterrara al oso, concediéndole: “ahora puedes ser un niño”. Expresó culpabilidad del hecho, aunque en su momento resultó normal.

“Las personas cambian, todo el tiempo”, dijo en Vulture en el 2014. “La conciencia se transforma. Cuando comencé El Topo, era una persona. Cuando terminé, otra. En el rodaje le pedí a Brontis que matara algunos conejos, ¡en ese momento creí que todo se lo debíamos al arte! Pero terminé y era más humano, pedí perdón a mi hijo. Nunca volveré a matar un animal. Fui consciente. ¿Cómo puedes llegar a ser consciente si no cometes errores?”.

Su obra continúa deslumbrando artistas cincuenta años después. Fotografía / Cortesía

La explotación de los niños, y la crudeza, desigualdad e indiferencia hacia las personas y los animales –Jodorowsky ha llevado una larga vida de vegetariano– es lo que identifica hoy sus películas. Eso y la sofocante misoginia. En El Topo hay una violación ejecutada por el protagonista contra Mara. En 1972 el director confesó que fue real. Comentario que en el 2019 lo llevó a decir que se trató de “publicidad surrealista” de la que se “arrepiente”.

A pesar de estos inquietantes elementos, El Topo y el resto de su filmografía es única, opaca; fascinante universo, increíblemente raro. Su obra continúa deslumbrando artistas cincuenta años después.

Hace unos cinco años, por ejemplo, se le pidió un encuentro con Kanye West. “Fue muy surrealista”, dijo ante un auditorio en la British Library, “porque no sabía nada de Kanye West. Me dijeron es un rapero que piensa que eres un genio. Lo inspiraste para hacer un show sobre Jesús”. Al principio, continúa diciendo, fue muy extraño, “¿qué hago ahí?”. Para romper el hielo le ofreció su lectura del tarot. El rapero tomó “El Bufón” para representarse a sí mismo, y “El Mundo” para el destino. “West es un hombre de enormes ambiciones. Busca el signo. Tal vez por esto vino hacia mí. Le dije tienes el sol en las manos, puedes hacer lo que quieras. Fue una fabulosa, genial lectura, de la cual quedó muy sensible. Me levantó con sus brazos, y luego se lanzó al suelo y continuó como si nada hubiera pasado. Era un niño. Muy simpático. Me agradó al instante”.

El detalle que más impresionó a Jodorowsky, sin embargo, fue que Kanye y su círculo bebían agua, solamente. Quizás por esto necesitó romper el hielo. Aun si tampoco es mentira cuando dice: “Nunca consumí para hacer películas. Mis experiencias son las de la sobriedad”.

*Texto original de la bbc.com, publicado el 23 de julio de 2020. Traducción de Kevin Marín Pimienta (@_Sobreeldolmen_).