EL VICIO DE LA ESCRITURA

Este es tal vez el mayor aporte de esta antología, fijar la radiografía social, cultural y humana de una generación del país que se refleja, como en escala, en el eje cafetero.

 

Escribe / Cristian Cárdenas Berrío – Ilustra / Stella Maris

“Las palabras constituyen la droga más potente que haya inventado la Humanidad.”

R. Kipling.

Toda antología es un acto arbitrario, pero toda arbitrariedad no comporta una crueldad. Algunas arbitrariedades, como la lengua materna, unen, condensan nuestro pensamiento y lotean esa parcela enorme que solemos llamar realidad. Pero la mayor arbitrariedad que ejerce un antologista suele ser contra él mismo, compilar es un acto complicado y complejo, por más que haga equilibrismo entre su deseo y su razón siempre sentirá que muchos quedaron fuera, las preguntas sobre ¿cómo ser exhaustivo sin llegar al colapso? o la de ¿cómo mostrar el panorama sin ser empalagoso? y aquella de ¿dónde poner el límite sin omitir lo fundamental, dónde introducir el bisturí sin comprometer un órgano vital? No dejarán conciliar un sueño tranquilo al compilador, además, algún inconforme siempre juzgará que al proyecto le faltó justicia y al antologista le sobraron ceguera o ignorancia.

Frente a estas inquietudes, algún temeroso dirá que antologar es sobre todo un acto de irresponsabilidad, y puede que lo sea, sin embargo, como las arbitrariedades, existen irresponsabilidades francamente luminosas, como Diez años son nada, antología del medio investigativo, periodístico y cultural La Cola de Rata. En medio de las celebraciones por su primera década La Cola –como le decimos en confianza– decidió de manera menos paradójica de lo que se puede pensar saltar de los pixeles a la tinta y el papel, determinación que muchos celebramos con alborozo, y nos alegra por una razón sencilla; aunque ya es un lugar común decir que las escritura periodística o en publicaciones periódicas es un ejercicio para el instante, fugaz si se quiere, lo que no alcanzan a ver quienes esto piensan es que en las publicaciones periódicas, más que en los textos manufacturados para la desatinada posteridad, podemos tomar el pulso de una coyuntura histórica y social, así como al pensamiento de ese momento. Este es tal vez el mayor aporte de esta antología, fijar la radiografía social, cultural y humana de una generación del país que se refleja, como en escala, en el eje cafetero.

Pero no es la única virtud. La antología en su primera parte nos entrega 22 textos periodísticos, entre los que encontramos investigaciones, crónicas, perfiles, reportajes y fotografías del maestro Rodrigo Grajales. En esta sección el lector hallará, entre otros, la investigación Kontacto, la APP que capta votos en la alcaldía de Pereira, denuncia que le valió un reconocimiento nacional a La Cola y una suspensión al entonces mandatario de “la capital del eje”; un acercamiento a la oblicua persona de Ramón Illán Bacca, asistiremos al claroscuro del sonero peruano Alfredito Linares, conoceremos al mejor reciclador del país y pasaremos una semana con Felipe Chica metido a raspachín. Después encontraremos algunas reseñas, otra virtud, género hoy casi olvidado, poco ejecutado y menos publicado. No lo digo porque este escrito transite por esos terrenos, sino por que bajo la excusa de la ausencia de público lector se ha olvidado la necesidad de crear y formar a ese público, que aunque pequeño, no es inexistente; la inmensa minoría de los cultivados aun leen reseñas y recomendaciones literarias.

Finalmente el lector encontrará una tercera parte de textos literarios, en la cual podrá leer los relatos ganadores de los cuatro concursos de cuento joven, narraciones que atestiguan lo saludable que este género se encuentra entre nosotros, así como las nuevas voces que se abren camino en la selva, no siempre amable, de la letras. En este sección de textos literarios encontramos también algunos ensayos, otro género en desuso, no tanto por falta de cultores como por la ausencia de una masa crítica que esté acostumbrada a dudar de sus propias categorías. Este es otra de las virtudes de esta antología, no son ensayos literarios a la manera de Montaigne, sino ensayos de crítica literaria, La Cola con este gesto hace una gran apuesta en el eje cafetero y en un país donde la crítica se confunde con la corrección de estilo o con la anécdota de cóctel.

Pero esta antología es también la presentación sociedad de una nueva editorial que aparece en el eje cafetero, El Editor; bajo la mira atenta de Sebastián Castañeda este nuevo sello editorial promete oxigenar nuestras letras con un catálogo novedoso y de alta calidad en muchos de los géneros y clases de texto que hoy se ejercen entre nosotros. Frente al panorama editorial de nuestra región es un deber saludar con alegría este nuevo proyecto. En el prólogo de esta antología la periodista Ginna Morelo se pregunta sobre la escritura como adicción y luego de pasar algunas horas acompañado por la selección hecha por Abelardo Gómez, el director de La Cola, no queda más que responder que sí, que la escritura es también un vicio al que acuden asiduos los ratones deseosos de pisarle la cola a las ratas grandes de nuestra sociedad.