Un texto sobre Lazzaro Felice

Me gusta el cine. Alguna vez dije que me atemorizaba porque sabía que podía transformarme. Sigo sintiéndolo así, cada film lo hace un poco. Me gusta tejer, la arquitectura, las ruinas, la inmensidad de los edificios, las caminatas por la ciudad, Bogotá, las cortinas amarillas, las 5:30 de la tarde, las flores, el viento entre los árboles, … pero, sobre todo, el cine.

 

 Por: Débora Hernández

 

Título: Lazzaro Felice

Directora: Alice Rohrwacher

Guion: Alice Rohrwacher

Directora de fotografía: Hélène Louvart

Montaje: Nelly Quettier

Música: Piero Crucitti

 

Por momentos me sentí perdida viendo este film. Sentí que no sabía qué estaba pasando. Supongo que de esa manera se sentía –o siente– Lazzaro ante la vida; perdido y a la vez feliz, feliz de estar en ella, de asombrarse, de servir. “El retrato de la bondad”, leí por ahí.

Contándole a un amigo que la había visto, me hablaba de la necesidad del surrealismo en el cine. Le dije que lo llamaría realismo mágico –si a esas vamos–, quizá porque soy latinoamericana lo llamo así. Al final no importa el nombre que se le dé, sino, la fuerza que contiene. Pero, pensándolo bien, sí, quizá es imperativo que se siga haciendo, poetizar la realidad, la crueldad, la identidad, todo eso. No lo sé. Quizá de esa manera necesiten enfrentarla algunos, para darle un nombre, una forma, para que exista del todo.

La cámara sigue a Lazzaro siempre, está con él, aun cuando no lo vemos, es quien lo conoce, quien lo ve de verdad, es su voz. Fotografías / Tempesta / Amka Films Productions / Ad Vitam Production.

 

Lazzaro Felice se cuenta desde afuera, o al menos eso parece –y nos hacen creer–. La cámara sigue a Lazzaro siempre, está con él, aun cuando no lo vemos, es quien lo conoce, quien lo ve de verdad, es su voz. Me parece increíble cómo esto sucede, cómo una cámara puede darle la voz a un personaje, cómo se logra ese lenguaje. Las secuencias nos cuentan de su bondad, de su corazón casi imposible, del mundo en el que habita y del que abruptamente ya no queda nada.

Al terminarla no pude evitar sentir un poco de desasosiego. Quise comentarle a alguien que al fin la había visto, me preguntó cómo me había parecido y sólo pude decir “Lazzaro es hermoso”, no supe qué más podía decir en ese momento.

Aquí, como en tantas otras películas, se relata de algún modo esa destrucción y creación de la que es capaz el ser humano, y el perdón que tiene que encontrar, la pérdida, el olvido como forma de rehacerse.

Escribiendo esto pienso en su mirada, y en ese recuerdo me hallo pesada, adolorida, tal vez por el estado en el que la sociedad es –y ha sido–, cómo se educa, o por algún otro sentimentalismo. Y ahí deseo que el cine sea esto, una manera de salvarnos.