“Contra la fugacidad, la letra. Contra la muerte, el relato.”

Tomás Eloy Martínez

 

Por: David Antonio Rincón Santa

 Como si fuera tan fácil decir que el lenguaje crea la realidad[1], como si por el mero hecho de yo contar lo que sigue comenzara a existir, como si no fuera posible imaginar y desvariar para narrar una realidad que en el día a día no existe, que sólo puede ser vivida en esa expresión olvidada, y no por eso menos real: en el noche a noche. Ése que disfrutamos teniendo sexo, despilfarrando el sueldo mísero de pequeño-burgueses de nuestros progenitores, caminando sin rumbo, manejando a más de 100 km/h para encontrarle un sentido a la vida que desde que nace no tiene otro rumbo más fijo e inevitable que la muerte.

Es como si toda tu vida no fuera la realidad, sino un gran sueño lleno de lujos, comodidades, problemas más matemáticos que existenciales; dinero a la mano y comida caliente; juguetes que luchan por no ser desbancados de su “cuarto de hora” y enviados al exilio de una habitación donde ya no hay suficiente espacio para tanta basura; una vida y un amor, el primer amor, esa bella mujer que se te acerca lentamente con plena intención de hablarte de amor besándote, ya casi puedes sentir su dulce aliento y la proximidad húmeda de sus labios… y te pellizca la atrocidad para despertarte del sueño y caer de lleno en la realidad, enfrentarte al monstruo que dentro de ti yace reprimido.

Esos monstruos que la sociedad se ha dado el lujo de marginar izando la bandera de un tipo de vida que promulga libertades y paradójicamente reprime cualquier intento por tratar de liberarse de tal estilo de vida. Ése que nos gusta a todos, ése que vemos tan común y corriente. Despertarnos con una alta probabilidad de no querer vivir, con la pereza y el tedio que trae consigo la monotonía de la vida. Bañarnos con abundante agua, jabón y champú, para que nuestra piel respire y nuestro cuerpo se cubra del aura propia de la salud[2]. Según como el tiempo, el devenir y el azar nos permitan, podríamos tener una fugaz introducción de vitaminas, o un paciente desayuno calentado por la tibieza hogareña y familiar. Luego ir a estudiar o a trabajar, encontrar las mismas caras, presionar las mismas teclas, realizar las inmutables llamadas, saludar a la misma secretaria y agachar la cabeza ante el mismo jefe, repetir como gallinas lo que dice el profesor y no tomarnos la molestia de pensar. Más tarde la noche…la noche en que la luna ha decidido por fin salir de su oscuridad y vestirse de un cuarto creciente para acompañarme…

El sol se rinde ante una ciudad que lo ahuyenta con un festival insoportable de pitos y conductores desesperados, silencios escondidos y desconocidos, gritos que los vendedores pronuncian como Grenouille’s bebés aferrándose a la vida, caravanas fúnebres que rinden culto a la muerte, y zonas de neonatos que pregonan el nacimiento a punta de palmadas y sollozos permanentes. La luna diligente se alista tras las montañas, se ajusta sus pecas y decide abrirse camino entre tristes nubarrones que pregonan llantos e inundaciones.

Hoy asciendo por la misma escalera de la estación del metro por la que descendí esa noche cuando todo, para mí por lo menos, estaba consumado. Hoy asciendo de la mano de esa multitud errante, que no huye de la violencia como lo contaba Laura Restrepo, sino que huye de sí misma, le huye a su sentido o tal vez lo busca en vano. Esa noche no había multitud, y por mucho que lo intentara esclarecer, el sentido estaba desdibujado por un aparato sensorial atónito, impresionado, anonadado, embebido de una miel que se debate constantemente entre la amargura y la dulzura, entre lo humano y lo animal, entre una felicidad absurda y una tristeza cada vez más real, la miel viscosa que nos cubre desde que nacemos y poco a poco se nos va escapando de la piel hasta terminar convertida en un vaho sin sabor, la miel de la vida. Y la sensación de soledad estuvo tan presente esa noche que no había nadie, como lo está hoy mientras camino junto a la multitud; razón tenía Goethe al afirmar que “…en ningún sitio se puede estar más solo que en medio de una gran multitud en la que uno se abre camino”[3].

Miro hacia atrás y ahí está la luna, la compañera de mi viaje, la observadora incansable, la espectadora que admirada derrama sobre las calles una luz gris y límpida que inunda poco a poco cada sucio rincón, pero que se olvida de ese rincón… Y ahora ya no está blanca, está un poco más grande y amarillenta, un tanto descolorida, como la foto en sepia de una luna milenaria y astral que no se ha cansado de acudir noche a noche a esta realidad itinerante y contingente, que no se ha cansado de velar hombres y mujeres. “¿Un poco más grande y amarillenta?”, me repito para mis adentros mientras escribo y reflexiono. ¿Se habrá fumado un bazuco o seré yo quien deformo mi realidad por los vestigios de la droga que me saludó esa noche de reojo, o quizás ambos, la luna y yo, entramos juntos al carnaval que se celebraba esa noche en ese rincón…?

Desde la calle diviso la promesa de luz al fondo del corredor, ese corredor de repente desaparece y la promesa de luz se convierte en un enorme y sofocante palacio. A mi alrededor voy encontrando seres de otro mundo, seres que en la noche pueden realmente vivir, que en esta “olla” pueden disfrutar de la libertad que la marihuana les negocia a cambio de su sueldo, la droga que un día compraron y que, sin darse cuenta, le vendieron su alma al diablo. Un piso que no conoce la limpieza ni en sueños, paredes de ladrillo labradas por las sombras y manchadas de pasado, habitaciones más oscuras que el ser, sin memoria y sin recuerdos. El gran laberinto de la vida y la muerte, donde se mezcla la razón y la ilusión, donde la realidad se atomiza en millones, o simplemente se mezcla con la ficción, un laberinto que se expande a lo ancho y a lo alto. Cruzo a la izquierda, luego a la derecha, más tarde a un lado, luego al otro, subo y bajo escaleras de dos o muchos peldaños, asciendo y desciendo, toco el cielo invisible con la mirada y empuño la mano para agarrar el infierno que se vive en este mundo, y no después de la muerte como muchos se atreven a evangelizar.

Salgo de allí y dejo tras de mí la nube que me acarició, o creo dejarla porque el olor persiste. Una nube más de bazuco que de marihuana, una nube que intento descifrar, determinar con mi olfato su composición, y lo poco que logro recordar es que huele fuertemente a orina con chocolate. Sí, orina de hace muchos años encerrada en un sanitario sin vida, chocolate en su más dulce y puro sabor. Salgo de nuevo a la calle y respiro un aire un poco más puro, más saludable para mis fosas nasales, el aire límpido y frío de la noche. Salgo y entiendo un poco más el porqué les llaman “ollas”: son los lugares donde a una temperatura muy elevada se cocina la vida, se hierve la muerte, se mezcla con libertad, se le agrega una cucharadita de vivir la propia vida y no mirar a nadie, se revuelve con unos dedos negros de fumar, se tritura todo con mucho cuidado añadiendo un par de no-me-importas; y se inserta en el tubo verde que tenía el jugador de cartas del último piso, se aspira con fuerza para que el cerebro logre respirar y se exhala el humo que, tan efímero como la vida, desaparece en la nada.

Allí, en ese rincón, me encontré a mí, te encontré a ti, encontré a todos los que leen esto e incluso a quienes nunca en su vida leerán estas palabra, seres como tú o como yo; pero a la vez, no vi a ninguno: porque esos rostros no eran similares a los suyos, su aspecto físico poco podría parecerse con el de alguno que permanezca sentado en su cubículo repasando estas líneas. Lo que encontré fue sus –nuestros– miedos más profundos, sus deseos más ocultos, sus fueros netamente internos y tal vez desconocidos o reprimidos, hallé una cantidad casi infinita de monstruos, aquellos que al observarlos “…se nos revela una parte de nosotros mismos que desconocemos”[4].

Porque la ciudad no vive una sola vida, no somos sólo aquéllos que andan en sus autos o motocicletas, aquéllos que ignoramos el paisaje y dejamos de sentir atendiendo al ánimo de movimiento que nos obliga a separarnos de la realidad, a enajenarnos en una burbuja de frágil cristal que rara vez es penetrada. Somos también lo que no queremos ser, lo que evitamos a toda costa porque nos revela el lado opaco de la moneda, el loco, el asesino, la oveja negra que todo ser humano lleva adentro, la oscuridad en la que rara vez entra luz, la supuesta mentira que no queremos aceptar por estar en una búsqueda interminable de una verdad prometida que se destruye a sí misma en tanto inalcanzable.

[1] “La realidad crea el lenguaje”: tomado de los planteamientos de Wittgenstein

[2] Ideas desarrolladas por Richard Sennett en su libro Carne y piedra

[3] SENNETT, Richard. Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occiedental. Alianza editorial. Madrid. 2002. p. 293

[4] CORTÉS, José Miguel. Orden y caos. Editorial Anagrama. Barcelona. 2003. p. 26