Sirve dos tazas y deja el teléfono junto a la máquina de coser. Andrés, su hijo menor, se lo pide prestado. Desde que cerraron colegios, se la pasa cosido al aparato. Diego, el mayor, está en cama. Perdió el empleo. No es el único. Yo también.

Por / Iván Corzo

No son pocas las mujeres cabeza de hogar que viven el día a día. Ni son pocas las que ejercen como costureras en nuestro descosido país. La tía Clemencia es una de tantas. Una de tantas que se las arreglan para llegar a fin de mes arreglando y arreglando ropa. A $6.000 las botas de pantalón, $7.000 por voltear un cuello y $12.000 la reducción de talla. En estos días, precisamente, se han reducido sus ingresos. Ella no tiene problema con quedarse en la casa. Sin embargo, los pocos clientes que tenía, no han vuelto, o la dejan en visto. Y los que no:

—¡Doña Clemencia por Dios, la plata que tengo es pa mercar! No son momentos de pensar en chiros.

—Pero yo también necesito comer, pagar servicios, arrien… Jueputa vida, dicen que cuidar los viejitos. Pero será la madre de quien sabe quien.

No es la primera vez que le cuelgan el teléfono, tampoco la primera que se ve colgada. En el último momento siempre se asoma un cliente, por un roto, reclamando una bolsita de $100.000. Con lo que termina de remendar el arriendo. Como don Willy, quien mandó reducir doce pantalones desde hace meses.

Salimos un momentico hasta donde don Juan, el dueño de la papelería del barrio, para preguntarle por el número del tal Willy. No. No lo tiene. Aunque le aconseja ponerse a fabricar tapabocas. Él mismo se los ayuda a vender. Recorremos a pie todo El Vergel. Nos responden por el tapabocas en una modesta droguería: $2.000. Un retoque más que la bolsa de leche en Justo y Bueno. El hueco está en que ya se agotó. Eso afirma una empleada, que es a nivel nacional, que no se sabe cuándo vuelvan a traer.

Apenas regresamos a la casa, dejamos los zapatos en el tapete y nos lavamos las manos. Ella prende el fogón, prende el televisor. —Lo mismo de siempre— se dice. Le pasa un trapo al celular y busca en Google mientras está la aguapanela. Se lo comenta por WhatsApp a su amiga, la de toda la vida, a la que recién le cancelaron un viaje a Dubai, la que tuvo mejor suerte y pasa, hoy por hoy, cuarentena en su finca con el marido.

—Pero Clemencia. Para eso se necesita un permiso de salud.

Sirve dos tazas y deja el teléfono junto a la máquina de coser. Andrés, su hijo menor, se lo pide prestado. Desde que cerraron colegios, se la pasa cosido al aparato. Diego, el mayor, está en cama. Perdió el empleo. No es el único. Yo también. Por eso estoy aquí, sin nada más que hacer, acompañando la tía Clemencia. Y por eso en las noticias prometen ayudas, subsidios y otros programas para los más pobres. Pero la tía Clemencia dice que somos tan desgraciados que ni Sisbén tenemos. Vuelve a buscar el número. Agendas, una por una. Quizá en las otras bolsas de entregar. Nada.

—Andrés, tráigame el celular… ¿Y ora qué vamos hacer, ah?.. Bueno, pero mi Dios nunca nos ha faltado… Dios, ilumíname… ¡Ya sé! Ya sé quién va a tener el teléfono.

—Mamá, cierre la puerta que se nos meten los ladrones —le dice Diego, al salir de la pieza.

—¡Deje abierto! ¿No escucha por televisión que hay que ventilar las casas?… ¿Sí?, aló. Hola, Jhoncito… Jhoncito…, ¿de casualidad usted tiene el nuevo número de Willy?, el de los contratos de Acevedo… Sí, Jhoncito…. No sé qué camino voy a coger: no está llegando nada de costura… A este paso me va matar el hambre y no el virus… Gracias, Jhoncito….

-Doña Clemencia, estoy hospitalizado. Tan pronto pueda, paso.

—¿Y eso, Willy? ¿Qué le pasó? Eeesto, mañana le digo cuánto es. Ahí los tengo doblados pero ni le he sacado la cuenta, ve. De toas maneras, pues primero mejórese porque magínese. ¡Cuénteme! ¿Qué fue lo que le pasó? ¡También oritica cómo viene! Ora que no dejan salir. Estoy más asustada. Asustada porque yo no tengo pensión, no tengo de qué vivir. Bueno, Willy. Cualquier cosa me cuenta.

—No, pues… se me rebotó el apéndice. Y me operaron el martes. Estoy desde el lunes aquí en el Hospital de Neiva. Estoy todavía acá por un temita de cálculos… No pues aquí, aguantando. Complicado ese tema de no poder hacer nada. Yo estoy pensándola cuando salga de aquí.

—Ah, bueno, mi Willy. Voy orar por usted pa que salga bien… Con esa vaina del coronavirus… No tenía ni idea que estuviera en el hospital. Lo siento mucho de toas maneras. Pero oremos mucho. Bueno, mi Willy. Dios lo bendiga y que se mejore.

—Amén. Sí. Toca cuidarme. Ahorita me entero que en la habitación de enfrente tienen una persona aislada. Y… parece ser… que es con el tema del Covid-19, me dijo la persona que me contó… Yo sí había notado que los médicos entraban y cerraban la puerta: los médicos entran y cierran la puerta…

Al terminar de escuchar el mensaje de voz, la tía Clemencia vuelve a prestarle el teléfono a Andrés. De un sorbo se acaba la aguapanela y se apresura a decirle a Diego que tranque bien la puerta, que ese señor no vaya venir por acá, así no haiga… con qué pagar arriendo.