Al encuentro con lo ausente

 Finalista Segundo Concurso de Cuento Joven TLCDLR

Por: Hayber Alberto Parra Arias

Ilustración: Daniel Román

al encuentro conAsí pues, la incertidumbre me habría acechado poco después de llegar a casa golpeado por el cansancio. Tras haber deambulado por la alcoba sin comprender el «por qué», sudoroso me dirigía a la cama; pero luego de recostarme solo unos segundos me levanté por algún sonido que me llevó a asomarme a la ventana.

Afuera, en el andén, se escuchaba el ladrido de unos perros; la verdad no tengo ni la menor idea de qué raza se trataba, pero por ningún lado se trataba de perros pequeños. Estos ladridos se iban alejando pausados en una misma dirección a medida que se acercaba otro sonido poco definido que poco a poco comprendería. A pesar de lo sofocante que estaba la noche quise arroparme de pies a cabeza. Mientras, los perros seguían ladrando.

En esa noche de desvelos me daba vueltas y vueltas entre las sábanas. De ninguna manera podría contenerlo. Algo me invadía de forma suspensiva, como si en esas circunstancias estuviese aguardando algo. O era algún presentimiento sujeto a lo incontenible, que se manifestaría en cualquier momento y en el momento menos pensado. Intentaba conciliar mi sueño… al parecer lo estaba logrando; cuando… ¡Un estrépito! Me sentí estremecido por lo que aconteció en aquel momento. Una carga enorme, la verdad se oía bastante grande, cayó desde las bases del altillo, sobre el piso de la habitación.

Los inquilinos del cuarto del lado al parecer no lo escucharon, nadie más se percató de lo sucedido.

Y mientras cerraba los ojos, empezaba a ver todo de una forma más clara, buscando encerrarme en ese mágico mundo de total quietud, en el que asechan sospechosamente los visitantes que nos hablan en silencio. “Ahora dime, amigo silencioso, quién me habla cuando tú callas, y quién me escucha cuando nada digo”.

Al haberme encontrado acostado, meditabundo, percibía un tenue sonido, a lo lejos; se escuchaba algo similar a un tránsito de cascos, o a los pasos de algún ser ungulado o incluso alguna especie de perisodáctilo (podríase tratar de un equino, caprino, bóvido u otro animal similar). Entonces, empezaba a sentir que se acercarían en asecho, pausadamente, lento y sutil… hasta tener la suficiente cercanía. Hasta tal punto que aquel perturbador sonido desaparecería. ¡Sí! Aquel sonido de un momento a otro dejó de escucharse. Inmediatamente todo cuanto acontecía llegaba tan silencioso. Un silencio al extremo, tácito por doquier – ¡Qué vendría!

En ese preciso instante continuó algo aún más extraño, e invadía mi ansia como la niebla al bosque frío y paramoso. Esta vez, aquellos cascos o pezuñas, o lo que parecía eran pasos de estos, interrrumpieron aquel silencio. Allí estaban, solo que mucho más cerca de lo anterior. No comprendía nada, de cualquier modo lo estaba viviendo allí en aquel escenario.

Con la zozobra de que pude hacer acopio noté que aquellos pasos, si a eso se le podría llamar así, ya no se escuchaban en el exterior de la casa. Después de concentrarme fijamente en aquellas translaciones desde el exterior de la casa, con lobreguez, hasta tener la espeluznante sensación de certeza, que algo trepaba por el respaldo de la casa y se adentraba en el patio; seguían siendo pasos, que tropezaban y habían venido tropezando a cada movimiento torpe de lo que se creería eran sus extremidades.

Lo que sucedió a partir de allí fue que “Algo”, posterior a haber saltado desde el borde del muro, conducía a un instante crucial para tomar alguna determinación que podría tener un final desolador. Tenía la alternativa de quedarme allí, meticulosamente, esperando que fuese lo que fuese, aquel ser llegaría en cualquier momento hasta mí; o me llenaría de carácter acorazado, como si fuese el mismo hemifracto, y me resolvería impetuoso a salir en busca de quien me había arrebatado la tranquilidad para mi desventura.

Culminante me precipité a abordarle y cuando abrí la puerta, algo realmente inesperado para mí… nada había.