Lo conocí en uno de esos lugares que muchas personas a veces no se atreven a mencionar por miedo a los cuestionamientos. Pensaría cualquiera que, en una sociedad como esta, donde uno pierda su tiempo y consume la vida no ha de causar tanto escándalo; pero no, sitios como ese siguen estando dentro de los tabúes.

 

Por Martín Eghaspinger*

Durante días había tratado, infructuosamente, de encontrar en algún recoveco de su memoria una imagen suya en tiempos pasados que, seguramente, fueron mejores y de los que ya no quedaba nada ni siquiera un recuerdo claro. Todo era tan confuso que abandonaba la búsqueda y trataba de acomodarse a la actual situación. Pensó, eso sí, que no siempre fue todo tan malo y se reconfortó un poco, aunque en este preciso momento estuviera casi en las puertas de la muerte, la sola idea de haber vivido de otra forma y en otras circunstancias era para él maravillosa.

Julio Mendoza es un tipo con la simpatía necesaria como para conseguir algunos amigos, muy a pesar de los comentarios en el billar. En todas partes hay alguien en desacuerdo constante con uno y, además, entregado a la labor de desprestigiarnos. Eso le importaba poco o nada; su vida estuvo siempre llena de altibajos, es posible, pero vivida a su manera, cosa que lo enorgullecía en extremo y tenía sus razones.

Siempre, incluso en sus más de 25 años de matrimonio, tenía momentos largos de soledad; casi que aislado del mundo, de su mundo, el contexto azaroso en el que se vive hoy día no afectaba sus finanzas, por ende, lo que pasara allí no era de su incumbencia. Y después de la trágica muerte de su hijo, menos. El mundo y lo que había en él, dejaron de importarle en absoluto.

A decir verdad, digamos, haciendo juicios basados en el contacto visual –las apariencias– Mendoza no era tan viejo como para no recordar aquellos días idos y bien vividos, pero tampoco era demasiado joven como para tenerlos a la mano en su memoria.

En definitiva, estamos en este mundo de paso, nada nos pertenece, ni siquiera los buenos recuerdos, pensaba de vez en cuando y se decía para sus adentros, con el orgullo y la prepotencia que lo caracterizan siempre que tiene la razón; su reflexión sobre la estadía de la raza humana en la tierra estaba tan bien argumentada que no admitía discusión.

El asunto de la argumentación le interesó mucho en los primeros años de ejercicio penal, bueno, eso dice y nadie se atreve a refutar, no, más bien nadie quiere hacerlo, no les importa en lo absoluto si dice la verdad y es lógico, la gente no tiene por qué estar  pendiente de las vidas ajenas, habrían de tener suficiente con las suyas. Al fin y al cabo toda esta cuestión viene a colación por su memoria, está tan averiada que de vez en cuando olvida hasta su nombre. Cuando eso sucede, se interna en ese laberinto sin fin que es la mente del hombre, del cual no sale sino en varias semanas, incluso meses, en los cuales luce más irritable y tosco que de costumbre.

Ya me he ido acostumbrando. Julio Mendoza, como él mismo dice cuando recupera la cordura, es un loco inofensivo, cuando mucho puede quitarte cinco horas escuchando su disertación sobre la caída de Wall Street y la crisis económica. En realidad, él lo dice en tono pesimista, pero al contrario, las citas textuales y los modelos macroeconómicos que menciona en su retahíla de ideas bien hilvanadas, son en verdad aplicables y válidos para unas afirmaciones de ese tipo, solo permitidas para expertos y estudiosos del tema, según dijeron algunos que las escucharon hace un tiempo. Sí, fue precisamente la última vez que tuvimos que volverlo a llamar Madman.

Lo conocí en uno de esos lugares que muchas personas a veces no se atreven a mencionar por miedo a los cuestionamientos. Pensaría cualquiera que, en una sociedad como esta, donde uno pierda su tiempo y consume la vida no ha de causar tanto escándalo; pero no, sitios como ese siguen estando dentro de los tabúes. No obstante, deben reconocer muchos de esos puritanos que en la mayoría de ellos se respira un ambiente de intelectualidad, envidiable incluso por cualquier cafetería universitaria hoy día. Se atreve uno a apostar que en los centros educativos de más renombre son cada vez más escasas las discusiones sobre la fluctuación del dólar y las falencias que hay en la comisión arbitral que rige el fútbol local. Este segundo tema, en cualquier contexto que se presente, siempre llega a la misma conclusión: la Federación vende los partidos, contra eso nada qué hacer, son sapos que el país se acostumbró a tragar.

Hoy es viernes y la mañana no ha sido muy agradable, a Mendoza se le ha dado por hablar de su presidio. Trata de aprovechar el rato de cordura para hacerme caer en su juego de charlatanería. No siempre estoy de ánimos para aguantarlo, pero esta vez su relato parece convincente. Además, no ha de extrañarme algo así, de todas maneras la mayoría de las personas con las que hoy día interactúo han estado en la cárcel. Aquí cualquier cosa puede pasar, en este país nadie está exento de ir a la cárcel. Hubo tiempos, cuenta también Mendoza, en que el régimen encarcelaba a cualquiera que estuviera en contravía de sus planes, ideas y reglas.

En estos tiempos en los que estamos –tiempos de supuesta evolución social y de cientos  de tratados antropológicos que sitúan a esta sociedad consumista en la escala máxima de intelecto del planeta– el Estado, ese monstruo invisible que nos agrupa a todos los habitantes de este territorio y al cual tributamos vitaliciamente, sigue abusando de su poder dominante; cuando el régimen, las ejecuciones masivas, desapariciones y seguimientos ilegales podrían estar dentro de la lógica del contexto social, pero hoy día no, hoy es imperdonable. Cuestionable en extremo desde el punto de vista que quiera mirársele.

Ilustración / Pixabay

Ese tipo de cosas han dejado de importarme, tengo más en qué pensar. Ayer Ángela se fue, han pasado solo algunas horas y la casa está fuera de control, si es que alguna vez lo tuvo. Tiene suerte de que aún note su ausencia. Suelo olvidar a las mujeres al instante que cruzan la puerta y se marchan, después de eso, mi vida sigue como si nada, absolutamente nada hubiera pasado. Todas dicen que las recuerde, pero por más que trato, no puedo, no es que sea desagradecido ni mucho menos, es solo que no me gusta vivir atado a recuerdos, al pasado.

Los recuerdos de tiempos idos y mejores solo sirven para atormentar la cabeza, son una automasacre psicológica. Soy de los pocos que tiene una visión pesimista de las cosas pasadas, no me interesa en lo absoluto volver a ellas. Es simple lógica y de eso sí que sé, o al menos creo saber. No obstante, respeto a quienes anhelan volver a otros tiempos, otros contextos, otros lugares y estar junto a otra gente, cada quien es libre de hacer lo que quiera. Mendoza vive atado a sus recuerdos, a él sí lo entiendo, si no los habla e incrusta a diario en las paredes de su cerebro se le escaparán, se irán como humo.

Con ella vivimos muchas cosas, incluso Mendoza, él era parte importante de todos los planes, parecía a veces que a ella le importaba más la presencia del viejo que la mía. Esas eran solo ideas mías, nunca llegué a exteriorizarlas, habría sido bastante ridículo, era suficiente con pensarlo. Se fue porque quiso, nadie la obligó y ahora que no pretenda que salga a buscarla, no estoy para eso, si se fue, se fue, no hay vuelta atrás; tampoco quiero que regrese, si hay algo en la vida bien aprendido es a ser radical y el asunto de Ángela, como todos los de este tipo, llevan implícitos ese halo fatalista que no deja volver.

Por otro lado, hoy amanecí bastante irritable y no tengo la más mínima intención de ser o parecer agradable. Las personas son libres de creer y pensar lo que quieran de mi o de cualquiera, que puedes ser incluso tu y es apenas normal. El ideario y las imágenes mentales que ellas, las personas, se hacen y las que uno mismo se hace, están dentro de esas facultades ordinarias que Dios concedió a la humanidad y que a lo largo de la historia han sido distorsionadas a priori para beneficio de unos, yendo en detrimento de otros, así funciona desde épocas inmemoriales, desde que el hombre es bípedo, razona y se asocia con otros hombres.

Sinceramente he dejado de pensar en el qué dirán. Las cosas han cambiado, hoy en día no se puede vivir de apariencias. No te puedes confiar de nada ni de nadie. Por eso Mendoza sigue siendo un hombre escéptico y solitario. Hasta cierto punto yo he venido siguiendo sus pasos, cada vez más solo, cada vez más escéptico. De todos modos, cada quien es libre de ser y parecer quien quiera, en nada debe afectarle a uno, que otra vez puede ser cualquiera, los comentarios, el ruido, la distorsión. Hoy te halagan, mañana hacen lo posible por hacerte caer, así es como funciona.

Muchos me siguen preguntando por Ángela. No entiendo sinceramente ese afán repentino en interesarse por ella, antes les era casi que indiferente, hoy está en casi todas las conversaciones, parece el centro. Ella hace ya un tiempo, largo o corto, no sé ni me importa, que empacó sus cosas y, a petición mía, se aseguró de no dejar nada que pudiera traerla de vuelta. No queda ningún rastro de ella en la casa ni en ninguna otra parte, incluso, olvidé su voz, su rostro y todo lo que pueda hacer alusión a ella, salió, se fue, ya no hace parte de mí ni de mi vida. Me la habré encontrado en la calle algún día, me lo pregunto a veces, pero no me importa en lo absoluto, a decir verdad, ha sido ella la que me ha encontrado, porque para mí no existe, no la reconozco. Pensará que soy un idiota, es libre de hacerlo, pero no me afecta ni mucho menos me importa. Yo pienso muchas cosas sobre ella y puedo apostar que tampoco le importan y no quiere escucharlas. Estamos a mano.

Estoy tratando de aplicar al máximo en mi vida el escepticismo ‘mendoziano’, he dejado de creer en las bondades de las fórmulas que los gurús de las relaciones interpersonales y la autosuperación disparan a diestra y siniestra en sus aburridos libros. No hay ni la más remota posibilidad que esa sarta de mentiras pueda impactar de manera significativa tu vida ni mucho menos se convierta en ley universal. Todo esto, claro está, lo digo apoyado en la volatilidad de la conducta humana, esa facilidad pasmosa con la que pasamos de un estado anímico a otro sin el mayor reparo ni remordimiento. El hombre, hablando en general de toda la raza humana, no es un número estático, vacío e imaginario ni tampoco la vida es una simple operación matemática que se resuelve con el libro de Baldor. En efecto, habrá quienes defiendan este pensamiento, pero no me interesa en lo absoluto polemizar. Somos libres de pensar, no cobran por eso.

Aunque suene contradictorio, he decidido vivir mi vida bajo la premisa ensayo-error. Ahora me dirán que debe uno ser consecuente con lo que piensa, dice y hace. Dirán también, que ensayo-error es una fórmula, sí, tal vez lo sea, pero no la saqué de ningún libro barato de esos que escriben psicólogos sin oficio, y gerentes venidos de menos a más y sin empleo. Mi accionar no se basa en echarme la culpa de todo lo malo que me pasa, no hago el ejercicio mental de abstraer ciertos factores que inciden de manera directa en el éxito o fracaso. Los eventos infortunados y afortunados están sujetos a muchas variables de las cuales no tenemos control.

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Ángela, por ejemplo, hace parte de esa prueba piloto. Ensayé con ella la vida en pareja, aunque estuviera Mendoza con nosotros o nosotros con él, como quiera que se le mire, creo que definitivamente fue un error grave irme o venirme a vivir con ella. Es más, si lo miro de manera objetiva, estando juntos éramos prácticamente dos extraños fingiendo conocernos de hace años.

Ahora tengo claro que vivir con alguien, como pareja, claro está, es algo que va más allá de un momento impetuoso. Es una decisión que se toma con cabeza fría y después de un largo y prudencial tiempo de estudio mutuo. A la ligera es, sin dudas, un error que nunca más cometeré. Trataré de ahora en adelante ser más selectivo, no puede uno estarse metiendo con cualquiera. Aunque Mendoza cuestione la forma como acabó todo con Ángela, sabe que tengo razón. Ayer me lo dijo, trata tal vez de bajarle, según él, a mi desesperanza. Piensa que soy un desdichado, pero no es cierto, aunque traiga a colación los casos de Tatiana, Andrea, Julia, Liliana, Natalia y todas esas que se han ido sin pena ni gloria de mi vida. Estoy tranquilo, calmado y, hasta cierto punto, con un peso menos encima, libre al final de cuentas, que es lo importante hoy día.

Cometer errores es algo normal. Tener problemas significa indudablemente estar vivo. A pesar de todo, hoy ha sido un gran día. Mendoza parece haber recobrado la cordura, lo siento más sobrio y humano que ayer o la semana pasada, por ejemplo, que estaba totalmente fuera de control. El sol ha salido como siempre a las seis, el sonido del despertador y la luz en mi ventana son una prueba irrefutable de ello. El amanecer es la promesa cumplida de un nuevo día, que la oscuridad y yo firmamos la noche anterior. O si lo prefieres así: se ha cumplido uno más de esos ciclos de rotación de la Tierra sobre su propio eje. Como quiera que se le mire, hoy tengo nuevamente que enfrentarme a los vigorosos y a veces molestos rayos del astro rey, allá afuera parece que todo se quema, parece que cae del cielo un líquido corrosivo que acaba todo, pensaría uno, pero sin sol no hay vida.

A la gente de estos tiempos todo le parece normal. El cambio climático, la polución, el cáncer, el sida, las drogas, esas cosas hacen parte del todo que hace girar el mundo, diría algunos que eso es evolución, hacia allá está caminando la humanidad. La sociedad deja cada día más de ser una verdadera sociedad, para convertirse en la unión de individuos sin ninguna clase de conexión entre sí, que les permita preocuparse y, de cierto modo, cuidarse los unos a los otros. Esa pérdida de conexiones, la mística real de lo social, nos hace vulnerables día a día a más y más cosas.

El sistema, eso del que muchos hablan, pero nadie conoce ni puede definir, nos ha convertido en conejillos de indias, caminamos a ciegas por ese enorme laboratorio que otros crearon y del que no podemos escapar. Tal vez estoy algo paranoico, mas en lo absoluto estoy pidiendo que compartan mi posición. Estoy lanzando un juicio de valor, tratando que se detenga la humanidad un segundo a reflexionar, a pensar seria y decididamente en el camino que estamos tomando y hacia dónde estamos caminando. Solo eso. Hablar con sensatez, reconocer que estamos mal y seguiremos mal, la indiferencia nos está matando. Por decirlo así.

Soy sensato y lúcido de vez en cuando. Hoy lo que le digo le parece una locura, pero sé que lo ha pensado muchas veces. Mendoza trata de hacerme ver las cosas de otra manera, pide menos agresividad al decir las cosas. Dice que tengo razón, pero mis comentarios no se aceptan porque el tono no es el indicado. Tratamos temas que son bastante sensibles, no todo el mundo está dispuesto a escuchar verdades y, mucho menos, si se dicen en ese tono agresivo que utilizo de vez en cuando. Es algo característico de Mendoza, que ha ido calando en mí, antes era yo, ahora es él quien trata de hacerme bajar el tono. Según él es por mi bien. Necesito vivir y tropezar más en la vida para darme cuenta de que él tiene razón.

Él lo ve así. Es uno de esos tantos modelos repetidos, hace parte del grupo de humanos hechos con el mismo molde defectuoso del que salió la mayor parte de la sociedad no tan social de hoy día. Por donde quiera que lo mire, donde sea que camine, diga lo que diga y calle lo que calle, sabe que tengo razón: estamos caminando solos hacia la debacle universal. Y lo peor es que al parecer estamos de acuerdo con eso. Decir que soy el ciudadano ejemplar o más bien, el individuo ejemplar, sería mentir; trato y me esfuerzo al máximo por cumplir las normas básicas de la vida en sociedad. Procuro hacer más placentera y llevadera mi estadía en la tierra. No tengo el poder de cambiar el rumbo de las cosas, pero hago el ejercicio diario de mitigar la culpa. De ninguna manera esto significa absolución.

Me estoy volviendo monotemático y cansón, no necesitan decírmelo, porque tengo plena conciencia de eso. No me importa. Me estoy cansando de hablar y hablar al viento. No ser escuchado es fastidioso, molesto, grotesco, mucho más cuando se tiene razón en lo que se dice. Tal vez algún día opte por hablarme a mí mismo y sin hacer ningún sonido: mentalmente. Hacer ese ejercicio de ensimismamiento del que Mendoza tanto habla y atribuye facultades de endurecimiento y formación de espíritu. Pero, eso iría en contravía de mi intención de volver sociable a la sociedad. Seguro se ha aburrido de escucharme y no darle chance de opinar, por eso me recomienda hablar solo, así no tendría que soportar mi voz, mis argumentos y tener que tragarse los suyos. En este punto, hace falta alguien. Ángela, por ejemplo, tal vez Tatiana o Isabel, cualquiera de las tres estaría bien. La verdad ya ni siquiera sé por qué las traje a colación.

De hecho, he pensado en esa posición suya respecto a la manipulación de la información, creo que hay mucho de cierto en eso, en gran medida hace parte de ese todo que no nos deja ver más allá ni entender el verdadero camino que estamos recorriendo. Estamos siendo segados por el bombardeo continuo de información a medias, ese ha sido un punto importante en su reflexión, sin duda se nota a leguas que ha estudiado el tema, pero que no trate de convencerme que esas ideas fluyeron de manera espontánea en su cabeza, que no trate de engañarme ni hacerse el interesante conmigo. Tampoco siga diciendo que soy un egocéntrico que no le permite hablar ni tomo en cuenta ni muy en serio sus opiniones y puntos de vista. Ya ve como se cae todo ese ideario que usted tiene al respecto de mí. Quisiera que alguna vez lo hiciera, pensara en eso. Usted tampoco va más allá de lo obvio, se ha quedado en ese punto intermedio donde se quedan todos, por eso estamos así, por eso nos estamos condenando a la extinción.

Todo parece haberse salido de control. No sabe uno qué puede pasar, cada cosa es más extraña que la otra. La cadena de sucesos nos ha llevado a unos niveles impensables. Este sí parece ser el camino que nos llevará de pronto a salir de aquí y explorar, hacer vida en otros lugares. Es una situación inminente, igual seguimos aquí tratando de hacernos creer a nosotros mismos que no pasa nada, que esas previsiones científicas son una locura. Quisiera mirar a otro lado y evadir mi responsabilidad en todo esto y no puedo hacerlo. El solo pensarlo me molesta. Sé que lo que hago no impacta mucho a la problemática, apenas cumplo con las normas mínimas de convivencia sana con el entorno. Mitigo un poco la culpa.

Tarde o temprano tendremos que asumir las consecuencias de nuestros actos. Es una ley, un mandamiento divino presente en todas las creencias religiosas. En este caso mis palabras no provienen de la divinidad, son más bien una sentencia de muerte. Y que no le parezca fatalista lo que digo, para morir solo se necesita estar vivo. La muerte, la catástrofe, están cerca y Dios, cualquiera que sea, no tendrá nada que ver con ello.

A veces mis ideas se tornan un poco turbias. Pero, no me asusta, la maldad es como las células cancerígenas: todos los humanos las tenemos en nuestro cuerpo, pero solo unos cuantos –cada vez más– las desarrollan. La maldad, por su parte, todos la desarrollamos, unos en mayor medida que otros. Cada acción, cada palabra, cada movimiento del ser humano lleva inequívocamente su alto o bajo grado de maldad. Y quien es víctima o padece de ese acto o palabra malintencionada, le imprime a su próxima jugada un grado mayor de mal y así y así… hasta que definitivamente queda como solución a esta bola de nieve la muerte, ese es el punto más alto de violencia.

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He querido volver a Ángela ya que noto a Mendoza muy interesado en la cuestión que originó nuestra separación, si es que alguna vez estuvimos unidos. La conocí un día cualquiera de mayo o de abril, no sé, la verdad no lo recuerdo, y definitivamente el día es irrelevante. Fue por aquel entonces cuando empezaron las peleas con el editor, sabía de antemano que me había convertido en su piedra en el zapato, desde mi llegada al periódico solo había cuestionado sus títulos, editoriales y hasta su posición frente al apoyo que ofreció un lector cualquiera para capacitar como se debe a la gente que cubre los hechos de la ciudad. A quienes escribían cartas al director les parecía que los muchachos eran más bien aprendices y consideraban una falta de respeto las notas plagadas de errores que a diario se publicaban.

No tenía las más mínima intención de estar allí. No seguiría perdiendo mi tiempo y poniendo mi nombre al servicio de alguien a quien los comentarios de sus lectores le parecían poco o nada. Llevaba días haciendo de todo para que me echaran, sabía que algún día lo lograría, pero debía tener calma. Ángela vestía de azul, ese color me gusta, sin que se me asocie a la extrema derecha de este país identificada con ese color; sobresalía, era sin duda una buena elección al vestir, teniendo en cuenta que el clima no había sido el mejor durante mucho tiempo, si bien no llovía, el sol tampoco salía. Eran esos unos días melancólicos y tristes. Me impresionó desde el primer momento, no lo puedo negar y en eso su vestido azul, tan azul como el cielo que esperábamos todos en la ciudad apareciera de repente, tuvo mucho que ver. Ese vestido era la personificación o la imagen mental que había tenido durante semanas de un día perfecto.

En aquel entonces no me importaba vivir con nadie, ya era suficiente tener que soportar a Mendoza día a día, sin decir que su compañía no me agradara, es más, no sé qué habría sido de mí antes ni lo que sería ahora y en el futuro si no pudiera hablar con él a diario, seguramente el pensará lo mismo, por eso no se va ni yo tampoco me voy, vivimos cada uno aprovechándonos de la necesidad social del otro, qué le hacemos, así es la cosa. La cuestión es que Ángela parecía tan distante, tan bien puesta en su sitio, que cuando aceptó mi invitación a un café después de cinco minutos de charla me decepcioné en extremo y supe que de esa librería a mi cama o a la cama de un hotel cualquiera no había casi nada o más bien nada de por medio y así fue. Y luego se quedó una noche, luego dos, luego una semana, luego dos meses, hasta que mi decepción fue tal que así como en el trabajo hacía hasta lo imposible para que me despidieran, evitaba estar en mi casa para que ella se fuera y un día cualquiera se fue  y nunca más volvió. Espero que nunca más vuelva.

Mendoza se niega a entender que la gente va evolucionando y todo eso hace parte del inventario, del estado del arte de la vida. Los cuestionamientos sobre aquella actitud poco social nunca antes vista no se hicieron esperar, le era imposible comprender como yo, un tipo más bien condenado a la soledad, dejaba escapar la oportunidad de hacerme a una familia, de organizar mi vida y visualizarme lleno de hijos en un futuro. Ese era un tema que había dejado claro hace mucho tiempo, pero él insistía y se negaba a creer que yo asumiera un papel poco amable para con ella, si la solución era fácil: para que se fuera solo tenía que pedírselo; pero, como siempre, me fui por la vía difícil y la más dolorosa, para ella, claro está. Todo eso con la intención de que no le quedaran ganas de volver siquiera a llamar y hasta hoy, no sé cuántos días, meses o años de su partida, no he vuelto a saber nada de ella y la verdad, nada de ella me interesa.

 

  • Primer Puesto en el Concurso de Cuento de la Universidad Sergio Arboleda sede Santa Marta año 2017. Jurados: Alfredo Avendaño Pantoja, Nicolás Polo Figueroa y Alba Lucía Bustamante.