AMSTERDAM

Sí, en un teibol; quiero implementar uno de estos, pero en Bogotá. Es absurdo, ¿el téibol?, pregunté yo. No, el amor. Respondió ella.

 

Por / Camilo Villegas

Encontré unos pantis en la habitación de un hotel en Amsterdam. Me pareció, por la talla y el color, que pertenecían a una mujer joven, eran negros y con encaje. Di con ellos en el cajón del clóset, al sacar la guía turística de aquella ciudad. Dada su calidad, deduje que eran costosos, y los guardé en el bolsillo como uno de esos fetiches que se acarician a escondidas.

A veces, tratando de imaginar a su dueña, aparecía dentro de mi cabeza una mujer sofisticada que iba abandonando por los hoteles: pantis y también medias veladas. De vez en cuando sacaba los pantis del bolsillo y los observaba detalladamente. Me gustaba fantasear que pertenecían a una fémina lista y con clase, aunque ello me creaba algún dilema, pues las mujeres elegantes no van olvidando su ropa interior en la habitación de un hotel.

Un día en la cafetería, al ir a cancelar el desayuno, aparecieron los pantis entre un montón de monedas, y la chica que se hospedaba justo arriba de mi habitación preguntó: ¿qué rayos es eso? No sé, dije, déjame ver. Cómo que te deje ver, replicó ella, son unos pantis, ya me dirás de quién.

Le conté entonces la verdad, que me los había encontrado en el cajón del clóset, y ella dijo que qué casualidad, porque parecían los mismos que se le habían desaparecido de una de sus colecciones. La más cara, pues eran de Victoria’s Secret. Comprendí que ella creía que se los había robado yo, pero no encontré la manera de defenderme y quedé como un perverso, o como un idiota. Ella se los guardó y no volvimos a hablar de un asunto que me dejaba muy mal parado.

Al otro día regresando del museo del Rijks, en la recepción del hotel, la misma chica me regaló un extraño cigarro que me mantuvo relajado por un par de horas. Ya en la noche y antes de salir a cenar, fui a sacar el pasaporte, entonces los vi brillar en el cajón del closet. Eran otros pantis, de la misma calidad, pero esta vez blancos y sin encaje. Tras observarlos detenidamente, preferí dejarlos en su sitio y hacer como que no los había visto. En esto sonó el celular. Era ella, la chica de la habitación, preguntándome por los pantis blancos sin encaje que acababa de echar de menos. ¿No me los habrás cogido tú también?, preguntó. Iba a decirle que no, pero las evidencias me hicieron dudar y contesté que sí, que los tenía en el cajón del clóset. Se hizo un silencio y colgó. Entonces, saqué unos billetes, tomé el tranvía y salí rumbo al Red Light District.

Al rato volvió a llamar: ¿Qué estás haciendo?, estoy en un teibol, dije yo, cerca de Mouling Rouge. ¿Teibol?, preguntó ella. Sí, en un teibol; quiero implementar uno de estos, pero en Bogotá. Es absurdo, ¿el teibol?, pregunté yo. No, el amor. Respondió ella.