Concurso de CUENTO JOVEN TRAS LA COLA DE LA RATA, 2015

Antonio

Por Nicolás Rodríguez Sanabria

Ilustración: Daniel Román

Verónica no encuentra el rostro de Antonio y yo no reconozco el de ella: antes ruboroso, terso y alegre, ahora arrugado, estirado y pálido, casi se desvanece. Estoy aliviada, ligerísima: si no es por la mano de Verónica me lleva el viento lejos de este jardín. Ella, en cambio, pesada como un ancla, su memoria estropeada la hunde en una decepción abismal.

Tenemos al frente doce posibles antonios —todos con la misma pinta— en fila, el resto ha sido apartado al fondo del jardín. Yo evito mirarlos, Verónica pregunta:

—¿Seguro que estos son todos?

—Sí: pantalón verde, chaqueta azul y cinturón café. Menos mal me dice que es café y no negro, cinturón negro tienen casi todos —le responde el viejo con entusiasmo.

Verónica empieza a llorar y yo combato las ganas de abrazarla.

Yo tampoco recuerdo el rostro de Antonio, solo una vez lo mire a la cara y jamás lo volví a hacer. Fue cuando mi padre lo trajo a nuestra vieja casa y nos lo presentó, las dos lo miramos y aquella vez fui yo la que lloré: sentí, cuando lo miré a los ojos, que su rostro de piedra mentía, que él era el que me observaba, no al revés, como si no hubiera forma de que lo viera en realidad y en cambio me exponía ante él.

Verónica lo amó desde el primer momento. Después del colegio, luego de la universidad, llegaba a hablar con él; a mí me dejó de contar cosas y jamás me enteraba de nada, entonces me iba a la cocina y la escuchaba hablarle mientras fingía buscar en la nevera qué comer. Se despedía de él antes de ir a dormir, le daba un beso en la frente y le agradecía. Según ella Antonio le daba suerte.

A veces creía verlo dentro de la casa a la sombra de una pared o en el colegio asomándose detrás de algún arbusto; yo lo ignoraba tanto como podía: si lo dejaba en paz él me dejaría en paz a mí. Pero un día Verónica me dijo:

—Antonio te vio fumando detrás del colegio —a mí se me cayó el estómago al piso—. Yo no voy a decir nada, pero no sé Antonio.

Me asustó tanto que olvidé negarlo:

—De qué hablas, Verónica, si tú no dices nadie va a decir.

—Si le pusieras atención no pasaría nada. Yo también tengo secretos pero él guarda los míos.

***

Por mucho tiempo no tuve estómago, en su lugar quedó una opresión tentacular que no paraba de revolverse. Sabía que Verónica no me querría si echaban a Antonio por mi culpa. Jamás entendí cómo Verónica podía quererlo tanto. Antonio parecía saberlo todo sobre nosotros y nosotros nada sobre él, era una desproporción que por más cálculos que hacía no lograba comprender.

Aguanté varios años así, ignorándolo aun cuando sentía su mirada encima al intentar dormir o escuchaba el repicar de sus pasos en los pasillos de la universidad. Fue peor cuando empezó la mala racha de mi padre y mi madre enfermó: ambos empezaron a hablar más a menudo con Antonio, casi tanto como Verónica. Le pedían suerte y nunca olvidaban despedirse de él; la suerte nunca llegó.

A pesar de mis esfuerzos, descubrí que algo de Antonio se me había metido por debajo de la piel, algo aparte de los tentáculos asfixiantes que habitaban mi estómago, algo más atractivo que repulsivo, eso mismo que había encantado primero a Verónica y luego a mis padres. Lo supe cuando escuché desde la cocina a Verónica darle las gracias a Antonio y dije:

—Qué gracias le das si no ha hecho nada todavía.

No tuve tiempo para arrepentirme, ella respondió de inmediato sin dejar de sonreirle a Antonio:

—Quizá no lo merecemos.

***

Por fin llegó un día en el que mis padres anunciaron que Antonio se marcharía: el mismo viejo que ahora nos atiende en su casa les ofreció entonces una recompensa si dejaban que se fuera con él. Verónica lloró lo que pudo pero pareció no culpar a nadie, todos sabíamos lo mucho que necesitábamos el dinero: mi madre cada vez estaba peor y mi padre no conseguía un buen chance. Antonio se fue y yo recuperé mi estómago.

Verónica calló, parecía que por siempre. Por mucho tiempo no supe si había sido por la partida de Antonio o por la muerte de mis padres semanas después. No quería enterarme. Pero alguna vez, en un desliz, pregunté:

—¿Los extrañas mucho?

—Extraño a Antonio —respondió y dejé de hablarle.

Estaba enfurecida pero no la odiaba, no hasta que me llamó hace una semana y me pidió ayuda para buscar a Antonio. La quise lejos, lejos donde estaban mis padres, y al mismo tiempo sentí una urgencia absurda de cuidarla que me hizo odiarla un poco más: ella como hermana mayor tenía ese deber, no yo. No logré disuadirla. Luego me dijo:

—Ayúdame, no quiero estar sola, hazlo por mamá y papá —y confirmé mi odio. Accedí, colgué y volvió el ahogo de antes. Pensé que ya adulta sería capaz de mantener todo en su sitio pero sentí que se me caía todo por dentro.

***

El viejo nos esperaba con una larga sonrisa. Nos condujo a su inmenso jardín y noté la razón de su felicidad: este era su mundo entero, su edén, y alguien por fin parecía interesado en él. Los tenía a todos muy ordenados, ya separados: los doce antonios en fila y el resto al fondo. Verónica revisó uno por uno, yo rogué porque ninguno fuera. Luego me tomó de la mano y supe que no lo hallaba.

Cuando Verónica, con todo el amor que le tenía, no supo reconocer su rostro, cuando buscó y buscó y no encontró en su memoria la imagen de Antonio, entendí que yo siempre había estado en lo cierto: que al verlo él no revelaba su verdadero rostro, que era más que un simple gnomo de cerámica.