Concurso de Cuento Joven TRAS LA COLA DE LA RATA, 2015

Si los rostros cambian de aspecto, según les diese la luz desde arriba o desde abajo, ¿qué era en realidad un rostro? ¿Qué eran las cosas?

         (El señor de las moscas)

El caballero de la noche

Por: Julián David Cangrejo Patarroyo

Ilustración: Daniel Román

No aseguraste las puertas del auto. Ni siquiera las cerraste bien, pues demostrabas tal seguridad que no te permitías hacerlo. Mientras caminabas por la entrada del centro comercial, varios niños te presenciaban con los rostros inmaculados de sonrisas y los dedos índices apuntándote.

Luego de que te practicaron aquel procedimiento psicológico para recuperar memorias de la infancia, recordaste en sus rostros ese momento en el que Oswald, tu niñero, te acariciaba las piernas y te bajaba los pantalones mientras te resistías y forcejeabas. Te susurraba promesas falaces al oído. Recordaste el aberrante dolor que sentiste cuando Oswald se puso detrás tuyo e introdujo su miembro. Las lágrimas corrían por tus mejillas mientras él mordía tus orejas. Tu padre golpeó fuertemente a Oswald y a ambos los encarcelaron.

Mientras caminabas en dirección a las escaleras eléctricas, te cerciorabas de que del bolsillo trasero del pantalón no se hubiera caído nada y lo cubriste con la capa.

Al llegar a la taquilla notaste que no eras el único vestido diferente. Una mujer portaba traje negro ajustado, de un material similar a la goma brillante, que le cubría todo el cuerpo y la cabeza, dejando ver solamente los ojos por unas breves ranuras y la sonrisa descubierta. Del traje le salían un par de minúsculas orejas en la parte superior. Recordaste en esa mujer a Melissa, la chica que te gustaba en la escuela, a Bob y su grupo de amigos del equipo de rugby que no te permitían acercarte a ella. Te acordaste de ese momento en que le hablaste para saludarla a la entrada de su salón. A la salida, Bob te siguió con su grupo para darte una lección. En su mirada femenina también recordaste a tu madre, la única mujer con la que viviste tu adolescencia, pues, después de lo ocurrido con Melissa y Bob, tuviste miedo de acercarte a las mujeres. Anhelabas esos momentos en los que ella te consentía con meriendas en las tardes y helados de cena; pero no olvidaste aquellas escenas en las que la veías llorar en el cuarto, llanto causado por lo ocurrido con tu padre, quien los abandonó, luego de que perdiera el trabajo por procedencia criminal. Te encerrabas en el cuarto tratando de olvidar su llanto y te perdías en las revistas comic de tu súper héroe favorito que comprabas con la mesada semanal; siempre deseaste ser como él.

Extendiste la mano con cinco dólares a la joven que te atendió; cinco dólares procedentes del cambio que te dieron en esa tienda clandestina de tu barrio. La memoria te transportó a las ocasiones en las que te viste obligado a robar para comer o comprar droga. Tu madre murió y quedaste solo. Trajinaste como un vagabundo por las calles de la fría ciudad. Te acomodaste con un empleo de medio tiempo y, luego de vender tus fantásticas revistas comics, conseguiste una pequeña habitación en un barrio donde diariamente había asesinatos y robos.

 La joven te miró con una sonrisa que lograste percibir entre los pequeños agujeros de la incómoda máscara que portabas. Trataste de devolverle la sonrisa, pero, después de haberle hecho una absurda mueca, te abstuviste a sonreír y solo dijiste con gruesa voz “gracias”.

Te cercioraste de nuevo del bolsillo trasero y lo cubriste nuevamente con la capa. Entraste a la sala 6, en donde estaba en cartelera el estreno de la película que tanto ansiaste ver, aquella película por la que gastaste los ahorros en el traje que vestías, en el tiempo que dedicaste adquiriendo la actitud de aquel superhéroe, quien sería el estelar.

Caminaste lentamente, subiste por las escaleras y te detuviste a observar el público asistente. Notaste que la mayoría eran niños. Buscaste tu puesto y esperaste a que finalizaran los trailers iniciales. Empezó la película. La persona contigua a ti te observaba, quizá por tu traje o porque no compraste nada para comer. Lo miraste y le dijiste: “después de esta película no habrá ninguna otra”.

La película finalizaba y en la pantalla gigante proyectaban los créditos finales. Al encenderse las luces te levantaste y gritaste fuertemente a los espectadores que no se retiraran de la sala. La gente obedeció, pues te vieron vestido de tal forma que pensaron que harías alguna muestra teatral. Mandaste la mano hacia el bolsillo trasero del pantalón, levantando la capa negra que lo cubría, gritaste fuerte “¡yo soy el caballero de la noche!” y desenfundaste una pistola calibre 40, cargado el tambor completamente. Disparaste sin fijarte donde caían las balas. Soltaste suspiros con la cara pálida, disfrazados de carcajadas vacías. Te excitaban los gritos de las personas que corrían buscando la salida.

Cuando te viste solo en la sala observaste los cadáveres. Notaste que uno de ellos era la chica del traje ajustado que viste en la taquilla. De nuevo te atacó en la mente el recuerdo de tu madre. Viste su rostro grabado en el de aquella chica. Derramaste lágrimas y te sentiste arruinado. Disparaste con furia buscando el centro de la pantalla gigante y, sin más, apretaste los dientes, cerraste tus ojos con fuerza y te conferiste un disparo sobre la sien derecha.