La banda de los hermanos Odenkirk

Tercer puesto en el Concurso de Cuento Joven TRAS LA COLA DE LA RATA, 2015.

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Por Jeisson G. Ospina*

Ilustración: Daniel Román

El domingo es para la familia. Salir al parque. Ver a los niños correr en el pasto. Chupar helado. Oír los pájaros. Echar chisme. Descansar a la sombra de un árbol. Pero esto dura poco.

Ya es lunes y los hermanos Odenkirk deben empezar la búsqueda del nuevo integrante de la banda. Para ello pegan anuncios en todos los postes de luz y en las fachadas de los parqueaderos de la capital del país más pequeño del mundo. También los pegan bajo los aleros y en las bases de los puentes de hierro y de cemento. Ayuda a llamar la atención el nombre de la banda. También ayuda que la ciudad es pequeña. Contestan llamadas. Apuntan datos. Programan audiciones.

El martes, en el ensayadero, reciben por turnos a los aspirantes enlistados. Durante las audiciones cada uno de los solicitantes se acerca al micrófono y frente a los Odenkirk y a la mánager de la banda, una gorda que siempre usa un collar de patas de pollo, explica por qué desea ser/hacer parte del proyecto. Al término de dicha presentación, uno de los hermanos reproduce una pista sin voz y el candidato (o la candidata, pues también se inscriben mujeres) se prepara para chillar como un marrano acuchillado. Antes de las nueve de la noche ya hay un veredicto, pero los Odenkirk no lo comunicarán hasta el día siguiente.

El miércoles almuerzan juntos. La mujer gorda tiene listo un asado de chatas y chunchullo en la terraza de su casa. También ha salado unas papas y preparado el guacamole. Lo va sirviendo todo junto, en exageradas proporciones. Un enano que dice ser su marido le colabora despachando los platos y espantando a patadas las palomas que aparecen en busca de comida. Mientras tanto, los Odenkirk beben cerveza y hablan de sus influencias, de los conciertos más memorables, de los lugares y de las personas que han conocido a lo largo de los años. El nuevo integrante escucha atentamente. Al anochecer regresan al ensayadero. El repertorio de la banda alcanza el centenar de canciones. Eligen y preparan solo nueve, aunque esta vez quizás interpreten algún cover: Bathory, Behemoth, Burzum. Es solo una posibilidad, aclara el mayor de los Odenkirk. Y tocando una y otra vez los riffs de Negra homilía, de Hijos de Sodoma, de Ofuscación en el Edén, se dan cuenta de que otra vez oscurece afuera. Durante uno de los descansos, justo antes de la medianoche, aparece la mánager anunciando dónde será la próxima presentación. La gorda ha traído además una Coca-Cola grande y pan con salchichón.

El viernes se relajan. Nunca ensayan el día antes del toque. Es de mala suerte, aseguran los Odenkirk. En la sala de la casa de la mánager los cuatro integrantes toman cerveza y ven televisión. Hablan de todo menos del futuro. Saben que el futuro no existe. Al rato se despiden. Tres abrazos. Se recuerdan por última vez el programa para el día siguiente.

El sábado desde temprano las nubes grises y cargadas se han amontonado ensombreciendo aún más el cielo de la capital. Solo hasta la noche se suelta la lluvia: gotas pesadas como escupitajos. Y es así, en medio del aguacero, como se presenta ante las puertas del bar Mala Muerte la banda de los hermanos Odenkirk.

A pesar de ser locales la gente los recibe como a extranjeros. Alguien incluso se corta la piel de los brazos. Sin perder tiempo, los cuatro se enfilan al callejón del respaldo. Pasadizo. Basura. Gatos. Una puerta oxidada conecta a la bodega del bar, donde regularmente hay decenas de canastas de cerveza apiladas y una vitrina rota. Allí se encierran. Se preparan. Se maquillan. Esperan a que los anuncien.

Finalmente aparecen en tarima. Estallan las ovaciones. Tocan una, dos, tres canciones sin intervalos. Suenan simples y similares, las canciones, aunque en realidad son todo lo contrario. Un sonido estridente que no se detiene hasta que debe hacerlo. La guitarra y el bajo parecen caballos endemoniados al galope. La batería es como un tren que pasa por un pueblo y hace estremecer sus cimientos. Otra es la voz pero no desentona. Sin embargo, el verdadero show empieza entre las dos últimas canciones, cuando las antorchas se apagan y los pentagramas y demás símbolos desaparecen.

El vocalista permanece de pie al borde de la tarima. La mirada, unos profundos y espesos ojos negros, poco a poco se le va llenando de orgullo. A su espalda, una cruz desciende lentamente desde el techo del bar. Huele a sangre, la cruz. El hombre sonríe, da un paso, dos pasos atrás y apoya su espalda en la unión de los travesaños. Presenta la última canción de la noche, nada menos que Estirpes de Judas, el himno de la banda. La gente enloquece. Ahora el vocalista extiende los brazos a los lados y suelta el micrófono, que al caer suena como un niño dándose de cabeza contra el suelo. Los ojos negros ya no ven nada. Los Odenkirk crucifican el cuerpo. Largas puntillas de acero atraviesan fácilmente la piel y penetran la madera vieja. Una vez comprueban que está bien clavado, alguno convoca al técnico de la banda.

El marido de la gorda aparece y de una patada pone la cruz de cabeza. Le instala al vocalista un micrófono de diadema inalámbrico. Agarra el otro del suelo. Por un hueco diseñado exclusivamente para enanos se mete debajo de la tarima. Enciende el motor. En el escenario la cruz gira como un molino de viento. Todos piden la última canción. Suena un desgarramiento.

Durante el coro, mientras el baterista descarga su ira en tambores y platillos y el vocalista, crucificado, da vueltas y gruñe Hoooooosaaaaaannaaaaaa, los otros dos hermanos agarran cada uno un cuchillo y empiezan el apuñalamiento. La sangre y el vómito del hombre se riegan por todas partes: en los instrumentos, en las paredes, en los espectadores que no caben de la dicha.

Pero esto también dura poco.

*Participó con el seudónimo Archibaldo Archibáldovich.