Cuarto puesto en el Concurso de Cuento Joven TRAS LA COLA DE LA RATA, 2015
Por Denis Valeria Acevedo
Ilustración: Daniel Román
La abuela de Ángeles dijo que el cáncer daba por dos razones: una que no recuerdo, la otra por llorar de noche y no decirle a nadie. Con todo respeto a la anciana con el hígado destruido, dudo en la veracidad de su teoría porque mi madre estaría calva y fatal, pero ahí la ves, moviéndose del trabajo a la casa todos los días, sin más enfermedad que la amargura o la gripe. Bueno, hablando de cáncer, debo secarme las pequeñas y tímidas lágrimas, es lo único que tengo de tímida. En cambio lo “pequeña” me caracteriza del pelo al sentimiento. Mi capacidad de amar es reducida y la culpa del sufrimiento ajeno se vuelve una mochila diaria pero chiquita; también es pequeño mi conducto vaginal, mi prima decía que era un tortocho de gata, claro, porque la de ella sí es tremenda abertura. En fin, debo ir al baño a aplicarme los óvulos, los labios me pican con miles de pellizcos simultáneos allá dentro.
Me levanto de la cama, voy al baño, prendo la luz y la primera tortura que veo es mi reflejo incapaz de definirlo como bonito o feo. Ya es tarde, no quiero perder tiempo frente al espejo. Abro la gaveta bajo el lavamanos, revuelco el desorden como si fuera mi cerebro, encuentro la caja de clotrimazol 100 ml, en mi cabeza no encuentro lo que busco, tan solo dejo un revuelto.
Abro la caja y son pastillas. En las indicaciones dice: blablablabla via de administración vaginal blablablablabla mantener alejado de ojos, nariz y boca blablablabla. Ojalá tuviera la cremita pero ya la acabé. ¿En serio, follar da infecciones o tengo un problema? En fin, supongo que debo introducirla dentro de mi cuquita (le digo así cuando quiero consentirla), la ginecóloga hace meses dijo que limpiarían el conducto porque debía realizarme exámenes de blablabla, intento recordar cómo dijo que las usara pero solo recuerdo a mi madre llorando fuera del consultorio porque se enteró que no era virgen, ya lo sabía, pero la confirmación de que soy una perra le cuesta. Es mi vagina, no la de ella, son mis orgasmos. Me da risa que proclamo mi discurso feminista de adolescente “liberada” pero estoy momificada en el baño porque me da miedo meterme una pastilla. Es más pequeña que un tampón, es suave, no va a doler, no sé por qué estoy dudando cuando ni siquiera me aterró que él metiera sus dedos sucios para masturbarme en la carpa, estábamos de campamento, acabábamos de llegar del río y las ganas ya se estaban desbordando; nunca había sentido tanto placer con la penetración. Paula dijo que solo el 10% de la mujeres podían sentirlo y orgullosamente fui parte de esa cifra. Los gemidos eran muy altos, sobre todo cuando lo metía duro y profundo. Me excita un poquito acordarme, es momento de introducir la pastilla. Me bajo la pantaloneta de la pijama y los cucos al tiempo, abro las pierna, me agacho un poco para abrir el orificio y aquí vamos.
¿Ya? jaja ni siquiera la siento, no sé qué tan profunda debe ir, me da miedo dejarla muy adentro pero tampoco servirá de mucho si la mitad está por fuera. Ok, la hundiré un poco más, solo un poco. Listo. Ahora voy a dormir.
Mientras camino del baño a la habitación oigo los movimientos de mi madre en su cama, espero que esta noche pueda descansar de verdad.
Ya acostada con el mundo apagado pienso en la imagen de mamá llorando mientras me gritaba “me estás enloqueciendo”, ojalá se refiriese a una expresión, cuanto me gustaría que no sufriera así porque en realidad la amo, la amo por agradecimiento a todo lo que me ha dado y por la condena de todo lo que la he hecho sufrir. Que amor tan inválido.
Cierro los ojos.
A las 10:00 am me despierto, miro la hora, es tarde, tengo clase. Me levanto de la cama mientras pienso en la ropa que usaré ese día, secretamente es sumamente importante estar con ropa que me haga sentir cómoda, no que sea cómoda, sino que vaya con mi personalidad: blusa corta, leggins altos, botas. Voy al baño, hago chichi y popo, me desnudo de espaldas al espejo porque no tengo tiempo que perder en estereotipos de belleza fallidos. Entro a la ducha, abro la llave mientras reviso si la pastilla se deshizo. Aún la siento, pero no puedo sacarla porque está muy adentro, mierda, mierda, mierda. Meto el dedo del corazón en el orificio vaginal e intento sacar un poco de clotrimazol con la uña, sin lastimarme. En fin, salió un poquito, de todas maneras hoy no voy a tener sexo, mañana sí. Pongo mi vagina con los vellos creciditos en el chorro de agua, entre más humedad más se diluye. Humedad, que exquisita palabra, mi mamá es húmeda de llanto, yo soy húmeda de excitación y también de llanto, los genes siguen al heredero. Espero nunca madurar, ser adolescente hasta morir, porque no quiero hundirme en conformismo ni tener cáncer de tanto llorar en la oscuridad. A la luz del día la verdad se filtra y llega a medias.
Pájaro.



