BRISA, NO TE LA LLEVES…

Me disponía a levantarme de la banca y despedirme de mi “amigo”, hasta que sentí un perfume angelical que se sentaba junto a mí.

 

Por / José David Chalarca Suescum

Los barcos arribaron a Puerto Corazón tras un largo viaje por el Mar Mediterráneo. Las sirenas del pueblo retumbaron desde altamar hasta el parque –donde me encontraba sentado– y los ciudadanos les dieron la llegada a los valientes navegantes. Poco a poco, el parque se fue quedando vacío. Los agradecidos marineros les regalaron una cuarta parte de su mercancía a aquellos curiosos de la gran expedición. Descargaban barriles llenos de pólvora y peces atrapados por una gran red. La brisa se los llevó a todos.

Cada noche del domingo siempre visito la escultura de mi amigo Jean Paul Sartre para pasar el tiempo. Es el único momento de la semana donde mi sentido de aventura sale a flote. Quizá la diferencia más notoria entre él y yo, es que mi existencia no tiene memoria; nadie recuerda a los desaparecidos, y mucho menos si no tienen amigos. Es probable que haya más diferencias, pero me vanagloriaba de solo nombrar esta. Tengo un cigarrillo en mi mano izquierda y la derecha en mi bolsillo.

Estaba muy tarde y mi pequeña aventura llegaba a su fin. El tiempo recobraba su pesadez habitual y me exigía regresar a casa. Me disponía a levantarme de la banca y despedirme de mi “amigo”, hasta que sentí un perfume angelical que se sentaba junto a mí. No sabría describir ese momento fugaz, privilegiado. La mujer de pelo rubio observaba a Sartre con lujo de detalle y se convertía en el centro de atención para los dos.

Bastaron unos segundos para que se hospedara en mi memoria. ¡Qué frágil y conmovedor es este momento! Nada puede compararlo y todo puede terminarlo. En un momento cruzamos la mirada pero ninguno se atrevió a quebrar el silencio. Siempre he vivido de los impulsos; sabía que era el momento. No sabía qué decirle pero algo tenía que hacer. La brisa del puerto me golpeó y todo se puso negro. Sartre y la mujer desaparecieron. Me desperté, y con un par de lágrimas en los ojos, acaricié a Akira que me levantó de un maullido. Desde ese día, no volví a ir al parque.

@JoseDavidChala1