Me he convertido en alguien agradable pues estoy muerto y los muertos no hablan, no se quejan, no tiene ego y los más bello de todo: no piensan.

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Texto: Mateo Ortiz Giraldo

 Ilustraciones: Conrado Barrera

Un eco interpretativo me lleva a cuestionarme si mi ceguera es directamente un efecto, mi onírico terror de sucumbir bajo la gélida mano de la muerte. Sé que solo soy una porción mínima del gigantesco, pútrido y nostálgico conjunto de masas tibias que, desde la distancia de textos científicos, se llaman a sí mismos “humanidad”. Puedo decir, sin ningún reparo, que este término es exclusivo de los demás, de aquellos seres diurnos que se ocultan tras sábanas limpias; éstos se vanaglorian de su supremacía genética. Mientras yo, desde mi sitio periférico, río con altivas carcajadas, pues no puedo denominarle “humanidad” a esa piara que diviso desde mi oscuridad, grupo de cerdos que disfrutan revolcándose en su inmundicia; a pesar de usar miles de esencias de flores, y aguas perfumadas, se les puede oler su dolor y angustia tras ese maquillaje. Estos seres pasan día tras día al frente mío; ellos me ofrecen compasión, yo les doy muerte. Pero… ¿yo no he muerto aún o sí lo he hecho?

Como agradecimiento a la vida, le doy un beso en su mejilla izquierda, puedo sentir esa piel tersa y fría contraerse en convulsiones causadas por el desagrado que en ella despierto. Un simple roce de mis labios sobre su cutis, un movimiento malicioso, mal intencionado, pero sólo uno: tal y como haría la fracción frívola y dura, grupo maleante que se reúne en las noches a contar los cadáveres que carga en el valijero de su automóvil. Debo imitar ese estilo pues mi pobre grado de teatralidad no alcanza para imitar al titiritero con acento italiano que se viste con telas translúcidas, usa maquillaje blanco sobre todo su rostro, y así sale a la calle para presentarse en sociedad y ser llamado: destino.

Todos en algún momento somos presas perfectas para codicia, somos jóvenes con pieles sin tostar al sol, con miradas virginales vamos por los andenes contando florecillas, buscando algún lugar para depositar nuestras  ilusiones, cuando de repente nos topamos con un árbol que posee frutos de color muy llamativo, que produce un caleidoscopio refulgente sobre el pasto, y nosotros, con esa expresión típica de cuando se es un proyecto de adulto, nos quedamos observándole hasta que esa luz nos absorbe y nos transforma. Yo, por ejemplo, seré presa eterna de ese fruto idílico, no podría correr lejos de ella pues ¿quién desea alejarse de su progenitora?

Sí, estoy sumergido en el cuarto anillo del infierno de Dante, y esto no puede ser por una acción benévola: mordí de esa dichosa germinación del árbol sembrado con una semilla de  tristeza y abonado con el alquitrán puro del poder.

Sé que el estar clavado de cabeza en un hoyo húmedo y maloliente, con mis piernas paralizadas y mis ropas incineradas, se debe a un castigo. Pero esto no llegará sólo hasta aquí, tengo claro que más allá de la densa bruma espera por mí una retaliación por parte de un Hades aún más vengativo, más visceral. Un demonio con tres cráneos cónicos está al final del embudo que contiene mi vida. Esa bestia espera por mí, aguarda agazapado con sus fauces abiertas para destrozarme, resquebrajarme, quemarme, hundirme, procesarme, escupirme y, como ocurriría una vez con Prometeo, atarme a una roca bañada con el dolor propio y ajeno, bendecir mi carne con la inmortalidad y condenar mi vida a alimentar a las aves rapaces: los hijos predilectos de quienes ostentan el poder, los cuervos que son más que eso, ellos dejaron su plumaje alquitranado para volar calvos, para ser murciélagos que consumen sin parar; y yo, con mi consciencia plena y mis facultades completas, pero con mi memoria afectada por innumerables enfermedades sociales, les daré de comer de mi carne y beber de mi sangre hasta que la eternidad se haga vieja.

En medio de la vasta luz e infinita oscuridad estará un demonio custodiando que cumpla mi condena, él hará que mi cerebro se sienta vivo, él labrará mi presidio tal y como lo solían hacer los animales bípedos, desnaturalizados e inseguros que reinaban las calles del laberinto circular, las entradas del palacio altísimo que se erguía en la cima de mi luna brillante y mi decadente sol. Este enviado de la corona  de los dioses, hará todo como en mis mejores tiempos (si digo que esa época pasada de maltratos, que observo a la distancia con cierta melancolía, fue la mejor de mi vida, no es porque dentro de mi abanico de imperfecciones se encuentre el sadismo, sino que para aquel entonces aún conservaba algunos trozos brillantes del tesoro más preciado: la ingenuidad)

Ahora sé lo que espero: Muerte, muerte, muerte… Pero yo estoy muerto ¿no? ¡Maldita incertidumbre!

Siento como si fuese una caricatura mal lograda de Gregor Samsa, no el personaje, sino el Kafka que se oculta tras él, ese insecto amorfo pero evolucionado, convexo en su vientre, ignorado y sobre todo: Muerto.

Pongo la punta fría del arma justo en la fosa fétida donde se ubica mi boca… iré al infierno. No, mejor sigo en esta oscuridad divinamente eterna. Siento tanto temor halar el gatillo y caer de inmediato en el túnel de mi alma, un lugar donde soy invisible, donde nadie extiende una mano enguantada en telas de seda para sacarme y llevarme flotando en sus brazos, allí nadie oye mis gritos. Tal vez sí les oigan, pero prefieren ignorarles -¡Púdranse! – vocifero; pero sé, sin necesidad de meditarlo mucho, que por más que sus carnes se descompongan, dada la maravillosa oportunidad de expirar, sus cuerpos no llegarán a estar tan putrefactos como lo estoy yo. En esta parte no hago referencia al caparazón hueco que anda (¿o andaba?) bajo la abrazadora luz del sol, no, yo hablo de la esencia, del interior, es decir, ese yo sin máscaras, ésas que hacen borrosa la faz real del gusano que en mí habita y que en últimas soy yo.

Sigo sin saber en qué tiempo debo conjugar si existencia: quizá pueda hablar sobre mí en presente, parado sobre tierra fecunda, y visible a los ojos de todos, expuesto como si estuviese bajo el foco atento de un reflector; o, por otra parte, ponerme en pasado, hacer estas quejas internas (aunque también pueden ser externas, es posible que me encuentre en un auditorio de infinita capacidad, clamando a voces frente a un auditorio silencioso y sin vida. No sé. No0 sé). Tal vez si hablo en pasado se me otorgue la labor de hacer una crónica mortuoria sobre mí, una autobiografía escrita desde el más allá, ese lugar indeterminado que resulta estar más cerca que la vida misma, donde, después de asesinarme a la antigua, milagrosamente mi cuerpo bastardo y mis ideales de mierda, mutarán alquímicamente en el líquido dorado del mártir amado por todos, pues ¿quién no ama a las víctimas de las catástrofes humanas? Se lavan conciencias con poco cloro.

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¿Estoy muerto? ¿Lo hice yo?… Ellos lo hicieron. Si no fuese por sus cositas metálicas, botones de oro…

Mis padres están vivos ¿no?, los asesiné ¡No! Morfeo lo hizo. Su dinero es mío ahora ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¿Por fin?

¿Alguien ahí?

Pues sí, el eco de mi voz, la crónica de mi muerte, un tabloide, una imagen y un escrito nostálgico estructurado por un periodista felizmente triste; una historia en cual me dibujan como un buen ser humano, donde soy un héroe martirizado, allí me dan todo su inservible perdón, no lo quiero. Pero ellos, pese a mis negativas, siguen destilando venenosa hipocresía por los poros de sus condolencias escritas, ellos me exaltan simplemente porque he muerto, le resulta reconfortante el hecho de que ya no tendrán que ver mi rostro, ni oír mis periódicas sesiones de vanaglorio sin autoestima, así que se permiten mentirse con una congoja mal actuada. Me he convertido en alguien agradable pues estoy muerto y los muertos no hablan, no se quejan, no tiene ego y los más bello de todo: no piensan. Pero… yo no estoy bajo toneladas de tierra recién removida ¿Aún respiro? … no sé, bueno sé que no sé, al menos tengo certeza de algo.

Ropas secas, humedad, el crujir de las llamas consumiendo la madera enmohecida, los leños de mi ser vacío. Veo una chispa que hace crispar mis pupilas, el fuego embebe mis pestañas.

¿Esto lo estoy sintiendo?

No, es sólo mi imaginación.

Me encuentro en llamas…

¿Estoy? ¿No estoy? Me interpelan miles de voces agudas, palabras en medio de signos de pregunta que se filtran dolorosamente por mis oídos. En el fondo se oyen gritos amortiguados, como si una mordaza anudara una exclamación. ¿Son mis propios gritos los que salen guturales?

¿Dónde estoy?

A veces nos abrazamos a la realidad, en algunas otras ocasiones bebemos largos tragos de la cicuta o inhalamos monóxido de carbono, grandes bocanadas contaminadas del aroma metálico que sale de un calentador a gas; hacemos esto para morir como griegos justicieros, amanuenses que tejen verdades molestas. Nos gusta pensar que nuestro deceso es una muestra fehaciente de lo que somos, “Ha muestro en su ley”, diría mi anciana abuela, una vieja con el cabello cano y arrugas como zanjas entre el ayer y el hoy. Las canas son más que telarañas en la memoria, son trofeos que no deseo ganar, son una medalla de vida.

Al fin de cuentas la muerte no ocupa lugar y por tanto está en todas partes y después de tanto laborar nos damos cuenta que vivimos como el reflejo de lo que irremediablemente fuimos o hicimos, así que nadamos en las brumosas e inconsistentes imágenes de lo que queríamos ser. Yo, por mi parte, añoraba conocerme, por lo menos al tipo, ese escuálido humanoide, extraño en su tierra natal, que escrutaba el espejo e interrogaba al cristal pulido… esos mismos cristales que rompí – cortes, sangre- 

¿Mamá? ¿Papá?

Silencio. Fuego. Calor. Y al final… sólo el frío nocturno.

¿Logré librarme del infierno? ¿Estoy?, y si estoy ¿Dónde estoy?

¡Ya he hecho mis oraciones madre!, es hora de dormir en paz. Ya sé que no me darás más dinero. Es mío ¿sabes? ¡MÍO!. Ora mamá, no vaya a ser que un cerdo descarriado salga de la piara o de la oficina, se escape de su cochera para robarte. ¡Corre vieja, corre! , no quiero que papá se salpique con tu sangre. Es mi dinero…

Papá, papaíto, hombre, viejo. Eres devoto ¿no es así?, crees en tu vida y también en la de tus porcelanas de ángeles y vírgenes. Ojalá tus amigos de alta sociedad te estuvieran observando ahora ¡Das asco! ¡Qué viva la mierda! ¿Estás muerto? ¿Lo estoy yo? Padre, levántate, ven te coso una sonrisa, mamá pronto llegará y no deseo que te vea triste; si tú no sonríes ellas no me dará más dinero, se alejarán mis propios botoncitos de oro. A pesar que son tuyos los tomaré. Diez, quince, doscientos, ya son muchos, mis bolsillos pesan. Atado estoy a esta tierra, pegado al suelo por el peso de las monedas.

Papá, di algo…

Soy muy tonto, los muertos no hablan ¿O sí? ¿Entonces sin respuestas es porque soy sordo a las palabras de los muertos y, por tanto, yo aún vivo.

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Siete calles corro. Ya tengo dinero, es finalmente mío. Mamá está atada, pegada a papá. – Hasta que la muerte los separe- pero ni la parca lo logró. Soy un emisario de la muerte, de la dama con vestido negro, gigantesco, tan grande es su manto que nos cubre a todos, ella sostiene en sus manos  famélicas una guadaña, su propio cetro de reina, esta hoz se hace más filosa a medida que ultima más vidas.

Honré a todos los muertos. Dar muerte a lo que vida da, lleva a lo sensible a un estado de trance, un éxtasis puro. Mi acción ayuda a dar cuerda al ciclo de la vida.

Los cerdos no son condescendientes cuando ven a un puerco correr libre por la calles. ¿Estoy yo loco? ¿Por qué corro? ¡Sí, estoy vivo, pues corro!, los muertos no corren más que para huirle a la vida.

Ya hice que mis papaítos ganaran el cielo, que miraran a la divinidad a los ojos y allí, a su mismo nivel, poderle escupir sobre su glorioso rostro. Ellos serán enviados al purgatorio. Cada cual con lo que merezca.

Yo sé que siente ser Prometeo, di vida inerte a la muerte, di oscuridad a la luz y sople todas las llamas que alumbraban al mundo. Fui un dios ¿y qué recibo?…  coches de policía. Bellos, hermosos, relucientes de limpieza; seguramente los cerdos babearon los metales de sus autos y les pulieron un poco.

Mis botones de oro brillantes desparramados sobre el asfalto gris, parecen una noche estrellada, un firmamento personal que brillan sin objeto alguno.

Muerte, oscuridad, sangre dulce corre fuera de mis venas. ¿Estoy ciego, muerto; a puertas del averno, sin Virgilio ni barca? No sé, no sé, ¿vivo, muero?

¿Esto es el cielo?

No, esto no es nada.

Debería estar acostumbrado al encierro, llevo años practicando en una oficina gris, cargada de problemas negros e insolubles, y puercos tratando de no mancharse con ese color de la desesperanza.  Oficinas dentro de un edificio barato, una construcción que se yergue sobre toda la mierda del mundo podrido. Cadáveres. En esta empresa sólo le temo a algo: a mi jefa, la muerte, ésa sí es inclemente y sabia.

¡Luz! No estoy ciego, no estoy muerto. Ataduras ¿qué es esto?

-Joven, no se resista- grita alguien con un tono de voz áspero. Le oigo lejano, como si yo estuviera a millas de distancia, esa mágica lejanía entre la utopía y la plena vigilia.

¿Joven yo? Pero si soy un anciano, nací con el alma vieja, ya alguien, en un tiempo remoto, la había usado.

Una mujer se acerca rápidamente, tengo su rostro frente al mío, pero a pesar de la cercanía su rostro se me hace indescifrable, veo fragmentos solamente, mi mente no logra crear un rostro, organizarle como dicen los textos de anatomía. Esa mujer inyecta algo en mi antebrazo izquierdo. Siento un líquido caliente recorrer mis venas, de nuevo me enciendo en llamas ¡Quema!

Antes de sucumbir ante el letargo, antes de dejarme hundir de nuevo en medio del humo espeso, alcanzo a descifrar algunas letras talladas sobre una placa plateada que pende de su camisa, y así logro hilar una consigna que reza sobre como un epitafio:

Hospital psiquiátrico para enfermos mentales

Y de nuevo caigo ciego y muerto.