Esta ciudad triste y agotada que vive bajo las sombras es el hogar de las mayores industrias, de las más grandes fuentes de contaminación. Aquí ya no se sabe qué es aire puro, aguas limpias, ni un ambiente fresco. Los niños no conocieron a los animales que un día se consideraron inextinguibles. Muchos árboles solo los pudieron ver en fotografías.

Tomado de http://freakelitex.com

Por: Jesús Antonio Yarce Zárate

Todo empezó aquella noche cuando me visitó por primera vez la bella dama de vestido rojo. Apareció venida de su mítico mundo a fascinarme con sus ojos de fuego y la voz melodiosa, como el canto de las sirenas, a contarme el presagio del fin que se acercaba.

No me dijo de qué forma llegaría, solo me dijo que llegaría y serían pocos los soles que verían las personas a las que no les ofrecía esta oportunidad. Su trato era darme el beneficio de sobrevivir a una gran tragedia que destruiría todo lo que conocía y, si yo aceptaba, tendría el derecho de pedir cualquier cosa que deseara sin importar lo que fuese.

—No lo pienses —dijo, estirando sutilmente el brazo—. Solo debes decir que aceptas y besar el anillo de mi anular izquierdo.

— ¡Jamás! —repliqué.

—Ja, ja, ja. Regresaré, sé que lo harás. Tú lo necesitas, no yo —dijo ella, mientras fruncía el ceño—. Cuando requieras de mí sin duda atenderé a tu llamado, únicamente debes apagar y encender las luces tres veces, y estaré aquí con seguridad—, insistió la intrigante mujer antes de desaparecer en una cortina de humo.

No creo que los milagros ocurran por arte de magia, por razones inexplicables. Creo que es solo estar en el lugar indicado y en el momento correcto para que suceda un hecho natural que nos favorezca. Igualmente, las tragedias pueden afectar a alguien por el simple hecho de estar en el lugar que no le convenía a una hora inadecuada. Pero en mi caso, tenía dos realidades que iban más allá de lo que pudiese creer. Tenía la posibilidad de escoger si quería sobrevivir y obtener todo lo que quisiera en un mundo vacío o acabar junto a los demás en el temeroso y sigiloso fin…

Esta ciudad triste y agotada que vive bajo las sombras es el hogar de las mayores industrias, de las más grandes fuentes de contaminación. Aquí ya no se sabe qué es aire puro, aguas limpias, ni un ambiente fresco. Los niños no conocieron a los animales que un día se consideraron inextinguibles. Muchos árboles solo los pudieron ver en fotografías. Así quedaba el mundo; destruido, devastado y hundido en una vida miserable. Ya no existía prácticamente nada, el hombre ya había acabado con todo, solo faltaba que lo hiciera con él mismo.

Esta mañana —tres días después de la extraña vista—, como siempre a las seis estaba asomado en la ventana viendo la simplicidad de la gente que caminaba. Pero ya comenzaba a pasar lo indeseable: las personas se desmayaban o eso creía. Los que iban en carros se chocaban unos con otros y algunos se estrellaban contra los edificios. Nadie corría, solo caían y caían en la carretera como gotas de lluvia. Eso estaba sucediendo en todos los lugares.

Asustado, plano de desconcierto, hice algo de lo cual me arrepentí casi de inmediato: presioné el interruptor tres veces y llegó ella con su sonrisa malévola.

—¿Qué pasa?—, gritó.

—Te lo dije, ¿o no? —respondió—. La gente se ha encargado de destruir algo que incluso yo vi nacer: el mundo. Poco a poco lo acaban, no piensan en el futuro de los demás, únicamente buscan beneficio propio con algo tan insignificante como el dinero. Desean el poder destruyendo a los otros, sin saber que el poder es solo para los seres como yo, y sí, yo decido también si los destruyo o no.

— ¿Qué has hecho? —volví a preguntar.

—Hice lo que ustedes, los humanos, han estado haciendo, pero más rápido y efectivo.

— ¿Qué? —insistí

—En este momento, todas las empresas que se han encargado durante tanto tiempo en destruir y contaminar este minúsculo planeta, están emitiendo un gas venenoso y aniquilador. Un gas que acabará con todos y todo lo que aún existe. Aparentemente se caen y mueren sin dolor, pero no. Su sufrimiento es tanto que desearan sentir dolor —respondió la escalofriante dama de otro mundo—. Recuerda que tú decides si quieres terminar así.

— ¡No, no quiero!

— ¿Aceptas? —preguntó.

—Sí, acepto —dije mientras besaba el anillo en su mano

—Magnífico, cuando veas todo el sufrimiento de los demás, cuando ya no quede nada en este mundo, yo regresaré y si eres valiente aceptarás tu nueva vida y todo lo que poseerás —dijo antes de despedirse con una fuerte carcajada de satisfacción

El tiempo era eterno, no se oía absolutamente nada. El cielo estaba gris y triste, y las carreteras llenas de cadáveres. Estaba solo yo en el mundo, un mundo vacío y sin vida, sin significado, sin nada que hacer ni creer.

¿Acaso valía la pena estar en un mundo así? No lo creo. Y creo que nunca lo sabré. Decidí invocar a la dama de prendas escarlatas, pero no volvió a aparecer. De tantas veces inválidas que presioné el interruptor de las luces ocasioné un incendio, así que ahora estoy rodeado por el fuego, el sufrimiento y el dolor. Nunca sabré si vale la pena estar en este mundo, si los deseos que hubiese pedido se cumplirían y me harían feliz. De nada me sirvió hacer un pacto con ese ser despreciable por muchos, pues con el lápiz que ahora escribo esta historia, con este mismo lápiz, cuando termine de escribir las últimas líneas, infelizmente me cruzaré el cuello para sellar un pacto que nunca debí acordar.